COMUNICANDONOS
Año 11 • Nº 148
Noviembre 2013
CONGRESO INTERNACIONAL DE CATEQUESIS

“¡Cote! Viniste…” dijo el papa Francisco al Pbro. José Luis Quijano, apenas lo reconoció entre quienes se acercaban a saludarlo.

 

El Padre Quijano representó al ISCA en el Congreso Internacional de Catequesis, que se desarrolló en Roma entre el 26 y el 28 de septiembre últimos. El Congreso fue uno de los eventos del Año de la Fe, que concluyó el domingo 24 de noviembre, Solemnidad de Cristo Rey. Este encuentro personal con nuestro Papa tuvo algunos momentos de religiosa emoción: la misa concelebrada en Santa Marta, el abrazo afectuoso de Francisco en el salón Pablo VI y la misa de clausura presidida por el Santo Padre en las escalinatas de la Plaza de San Pedro. La delegación argentina fue encabezada por monseñor Nicolás Baisi, obispo auxiliar de La Plata y miembro de la Comisión Episcopal de Catequesis y Pastoral Bíblica.

 

Este Congreso fue, además, oportunidad para otros encuentros. El ISCA se entrevistó con S.E. Mons. Octavio Ruiz Arenas, Secretario del Pontificio Consejo para la promoción de la Nueva Evangelización, Consejo al cual pertenece la catequesis de toda la Iglesia desde hace algunos meses. También fue ocasión para el reencuentro con Mons. Lucio Ruiz, jefe del Departamento de Internet del Vaticano, quien fue el expositor principal en nuestra Jornada de Catequesis y Nuevas Tecnologías, realizada en Buenos Aires, durante el año 2009. Y con Mons. Rino Fisichella, Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, quien abrió el Congreso refiriéndose a “La catequesis en el contexto de la Nueva Evangelización”.

 

El Congreso Internacional fue un verdadero entramado de redes para la catequesis: relaciones y comunicaciones de diversos ponentes, celebraciones y momentos de fuerte fraternidad, todo contribuyó a una fecunda experiencia eclesial. Se habló de las nuevas tecnologías y de la propuesta de una red mundial de catequistas. “¡Dale para adelante!”, apoyó el Papa Francisco, utilizando una expresión bien argentina, durante una charla personal. Y nosotros volvimos, llenos de proyectos.


El equipo del ISCA

EL CATEQUISTA TESTIGO DE LA FE

“Prediquen el Evangelio, si fuese necesario también con palabras.
Pero antes el testimonio: que la gente vea en sus vidas el Evangelio.”

S.S. Francisco

 

Entre el 26 y el 28 de septiembre de 2013, se realizó en Roma el Congreso Internacional de Catequesis, con el lema “El catequista, testigo de la fe”. Junto a más de una decena de catequistas de nuestro país, integraron la delegación argentina 1 Mons. Nicolás Baisi, Obispo Auxiliar de La Plata y miembro de la Comisión Episcopal de Catequesis y Pastoral Bíblica; el Pbro. Carlos Osvaldo Paravizzini, Vicedirector de la Junta Nacional de Catequesis; el Pbro. José Luis María Rey, Director de la Junta Arquidiocesana de Catequesis de Buenos Aires; Silvina Cambría de Grimaldi, Directora Diocesana de Catequesis de Río Cuarto; Raquel Pastrana, responsable del área de Catequesis Familiar de la Arquidiócesis de Salta; y el Pbro. José Luis Quijano, Rector del Instituto Superior de Catequesis Argentino (ISCA).


Según la invitación cursada por el Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, en el amplio arco de destinatarios del Congreso, fueron convocados los rectores de los institutos superiores. En virtud de ello, la participación del P. Quijano fue acordada, con prudente anticipación, con el Obispo Delegado para el ISCA, Mons. Martín de Elizalde.


El lugar de la Catequesis
El Congreso Internacional de Catequesis se realizó en el contexto del Año de la Fe e integra, de este modo, una secuencia de celebraciones y encuentros de representantes de diversos ámbitos eclesiales. Como trasfondo y guía, la Palabra de la Iglesia a través del Magisterio de Benedicto XVI y de Francisco. Al respecto, es pertinente subrayar la Carta Apostólica Porta fidei en la que se nos invita a “redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo2 y la Encíclica Lumen fidei que afirma “que la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre. Porque una luz tan potente no puede provenir de nosotros mismos; ha de venir de una fuente más primordial, tiene que venir, en definitiva, de Dios” 3.


En la rica sinfonía del Magisterio petrino correspondiente al Año de la Fe se insertan, también, algunas acciones emblemáticas que permiten visualizar un horizonte pastoral de renovación: la creación del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, la realización del Sínodo sobre la Nueva Evangelización para la Transmisión de la Fe Cristiana y el traslado de la Catequesis de la Congregación para el Clero al Pontificio Consejo creado durante 2012.


Este cambio de lugar no es aleatorio y está cargado de sentido. “Hacer más orgánica la relación entre la Catequesis y la Nueva Evangelización permite, ante todo, consolidar el camino que el concilio Vaticano II ha querido expresar en modo innovador para las diversas etapas de la misión de la Iglesia en su tarea de evangelizar. Al mismo tiempo, ofrece al proyecto de la Nueva Evangelización un instrumento altamente calificado para aclarar mayormente el camino que ella está llamada a recorrer.”4 Ya en 1999, Juan Pablo II afirmaba:“La Nueva Evangelización, en la que todo el Continente está comprometido, indica que la fe no puede darse por supuesta, sino que debe ser presentada explícitamente en toda su amplitud y riqueza”.5  Como instrumento privilegiado de la Nueva Evangelización, la Catequesis se interroga hoy a sí misma acerca de la conversión que ha de experimentar en el actual contexto eclesial y cultural.


Estar situada en el ámbito de la Congregación para el Clero implicaba un paradigma en el cual se la concebía prioritariamente vinculada a los sacramentos. Suponía una continuidad en un camino jalonado de "etapas" adecuadas a las distintas edades, en el que los sacramentos se insertaban como "momentos" fuertes en el seno de una continuidad sin interrupciones. La Catequesis se asumía, casi exclusivamente, como instrumento de preparación para la recepción de esos sacramentos.


El hombre y la mujer de hoy, en cambio, se acercan  a la Iglesia, en no pocas ocasiones, con una solicitud puntual. A veces, regresan después de mucho tiempo y se encuentran con un dispositivo pastoral que parece no tener en cuenta la falta de continuidad y que consiste en un proceso diseñado para los que tienen fe. Se produce, entonces, una dicotomía entre la solicitud de los destinatarios y lo que la Iglesia se dispone a darles.  Sus propósitos son diferentes: la Iglesia ofrece el crecimiento en la fe y la inserción en Cristo y en la comunidad y los destinatarios piden, en cambio, "ritos de paso" de orden social.

 

La ubicación de la Catequesis en el ámbito del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización supone un paradigma catequético diferente. Nos lleva a pensar en una Catequesis evangelizadora en la cual la dimensión misionera  constituye un subrayado particular: se trata de una Catequesis que sale a buscarnos en las diversas “edades de nuestra fe” y en nuestros distintos lugares de encuentro teológico con Dios, para proponernos a Jesús y su Evangelio.


Voces y acontecimientos del Congreso Internacional de Catequistas

 

El Congreso se inició el jueves 26 de septiembre, por la tarde, con el saludo de bienvenida del Secretario del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, Mons. Octavio Ruiz Arenas. En las orientaciones previas al Congreso ya había afirmado que “en una época de fraccionamiento del saber y de la experiencia, es urgente sostener, promover y formar catequistas capaces de captar los desafíos del tiempo presente, para ofrecer un testimonio que hace posible la propuesta del Dios de Jesucristo a nuestros contemporáneos.”

Después de la bienvenida, un breve video de quince minutos que fue una verdadera Catequesis en forma de narración e invitó a todos los participantes a reflexionar sobre el Credo, creando un espacio de música e imágenes.

El “Preludio” del Congreso estuvo a cargo de Mons. Rino Fisichella, Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, quien afirmó categóricamente que “pensar que la Iglesia realice un camino de Nueva Evangelización y que la Catequesis permanezca con los mismos rasgos del pasado  - aún reciente – es un riesgo que es necesario evitar. La relación que induce a unir ‘Nueva Evangelización’ y ‘Catequesis’ conlleva, inevitablemente, la exigencia de una renovada interpretación del proceso catequético leído a la luz de la Nueva Evangelización; por lo tanto, como herramienta de la comunidad cristiana para ir al encuentro de los creyentes y de todos los que están buscando el sentido de la vida. Los primeros no deberán desestimar la exigencia de una Catequesis expresada y desarrollada en clave misionera para recuperar la fuerza del anuncio en todos los que tienen un papel activo en la comunidad cristiana. Para los otros, la Catequesis puede convertirse en anuncio – a veces en un primer anuncio - , para entender gradualmente la novedad de la fe y su importancia en la vida.”

Luego, la Prof. Bruna Costacurta, Directora del Departamento de Teología Bíblica en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, contribuyó a colocar el ícono del encuentro del Resucitado con los discípulos de Emaús, como paradigma de nuestra historia de creyentes. Lo hizo a través de la Lectio Divina que unió a todos los participantes en un significativo momento de oración.
Finalmente, dos relaciones para la primera jornada del Congreso: una,  a cargo del Dr. Petroc Willey, Director Adjunto del Instituto del Instituto Maryvale de Birmingham, Reino Unido, (Dios busca al hombre y se revela). “Dios nos busca a nosotros, los hombres, para revelarse a sí mismo. Su revelación es comunicación, la comunicación de sí mismo a nosotros. La Catequesis es, pues, la obra preciosa de la Iglesia, que consiste en transmitir esta Revelación.  La otra, a cargo del Rvdo. Manuel José Jiménez Rodríguez, Capellán de la Universidad Nacional de Colombia y Director del Departamento de Catequesis de la Conferencia Episcopal de Colombia, (La Iglesia, primer sujeto de la fe). “Es urgente demostrar que la fe no es sólo una opción individual que ocurre en la interioridad del creyente (…), que no es vínculo aislado entre el yo del fiel y el Tú divino, entre el sujeto autónomo y Dios (…), que no puede ser una mera confesión que nace del singular (LF 39). La fe cristiana, no es un hecho privado, una concepción individualista, una opinión subjetiva.” (LF 22).
La segunda jornada del Congreso se inició con la oración comunitaria e, inmediatamente a continuación, tuvo lugar la tercera relación en la cual  el Prof. Mons. Pierangelo Sequeri, Decano de la Facultad de Teología del Norte de Italia (Milano), quien se refirió al dinamismo del acto de fe: memoria, evento, profecía. “La transmisión de la fe y la purificación de la religión deben volver transparente –en signos y parábolas adaptadas– el vínculo profundo de Dios con el origen y el destino del hombre. No podemos más simplemente repetirnos, en una lengua que es comprendida sólo por nosotros: debemos encontrar palabras de vida eterna, no una jerga de supervivencia. Y no podemos perder la memoria de la fe apostólica, sin la cual seríamos simplemente una provincia ideológica del imperio secular.” 6
La cuarta relación del Congreso fue titulada “Traditio et redditio Symboli. Nuestro ‘sí’ a Dios”, a cargo del Padre Robert Dodaro, O.S.A., Decano del Institutum Patristicum Augustinianum de la Pontificia Universidad Lateranense (Roma). Esta ponencia acercó a los participantes  a la cuestión de cómo puede equilibrarse el respeto por la Tradición de la Iglesia con un método y lenguaje adaptado a los tiempos y a las culturas.

Por la tarde se realizaron las siguientes comunicaciones, que fueron coronadas por la Catequesis del Papa Francisco, con la cual se puso fin a la segunda Jornada del Congreso:

  • Credibilidad de la fe, la relación entre fe y razón en la transmisión de la fe, a cargo del Rvdo. Krzysztof Kaucha, docente de Teología fundamental en la Universidad Católica de Lublin (Polonia).
  • Para una pedagogía del acto de fe, por el Dr. Jem Sullivan, Docente de Catequética en la Pontificia Facultad de la Inmaculada Concepción de la Dominican House of Studies (Washington, DC, USA).
  • En el río de la “Traditio Verbi”: la armonía entre Escritura, Tradición y Magisterio, a cargo del Rvdo. Alberto Franzini, Párroco (Cremona, Italia).
  • Recepción del Catecismo de la Iglesia Católica en la catequesis. Experiencias y criterios para una plena recepción, por el Prof. Joël Molinario, Teólogo y Director adjunto del Instituto Superior de Pastoral Catequética (París, Francia)
El sábado 28 de septiembre, después de la celebración de la Misa solemne y  de la emotiva Professio fidei en la Básilica de San Pedro, en el Altar de la Cátedra, se realizó la oración de la mañana y tuvo lugar la última relación del Congreso: La diaconía de la verdad como expresión de la comunidad eclesial, por S.E.R. Mons. Javier Salinas Viñals, Obispo de Mallorca y Miembro del Consejo Internacional para la Catequesis (España).
A continuación, S.E. Mons. Octavio, Ruiz Arenas, Secretario del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, presentó las conclusiones del Congreso.
Luego, la celebración del Sacramento de la Reconciliación y la Adoración Eucarística
Finalmente, el domingo 29 de septiembre, el Santo Padre presidió, en la Plaza de San Pedro, la celebración de la Santa Misa a la que asistieron los congresistas y los miles de catequistas que viajaron a Roma para la Jornada de cierre, acontecimiento multitudinario con el cual se puso fin a este gran encuentro del Papa Francisco con los catequistas de todo el mundo, en el significativo contexto del Año de la Fe

 

La palabra del Papa en el Congreso
El Santo Padre se dirigió en dos oportunidades a los catequistas reunidos en Roma con motivo del Congreso internacional de Catequesis. Lo hizo el 27 de septiembre en el aula Pablo VI, dirigiéndose a todos los que participaban en dicho Congreso y dos días más tarde, durante la homilía de la Misa celebrada con una multitud reunida en la Plaza San Pedro. En ambas oportunidades, focalizó su enseñanza en la identidad del catequista.  Como cuando era el Arzobispo de Buenos Aires, en estas dos oportunidades, durante el Congreso, Francisco se dirigió a “sus catequistas”.


Los argentinos reconocemos bien su estilo y temáticas predilectas. Sin hacer teorizaciones sobre modelos catequéticos, no se detuvo en la filigrana de una teología reservada sólo a unos pocos, no cayó en reiteradas quejas sobre los males de este tiempo ni se entretuvo  en vericuetos metodológicos. Sencillamente, les habló a sus catequistas a quienes expresó su confianza y, a la vez, su exigencia de pastor. “Ser catequista es mucho más que trabajar de catequista”, dijo.


En la Catequesis del viernes 27 perfiló la identidad del catequista a partir de tres actitudes que manifiestan un don invalorable: el amor de Cristo, amor que hace a los catequistas capaces del testimonio. Francisco afirmó con convicción: “Prediquen el Evangelio, si fuese necesario también con palabras. Pero antes el testimonio: que la gente vea en sus vidas el Evangelio.” Se trata, entonces, según manifestó el Santo Padre de “recomenzar desde Cristo” y, para ello, son precisas tres actitudes que forjan la identidad del catequista:

 

La familiaridad con Jesús: sólo unidos a Él los catequistas podremos dar fruto. Sentirnos en la presencia del Señor y dejarnos mirar por Él. Esto constituye un modo de rezar y nos deja a los catequistas tener acceso al fuego de la amistad de Cristo. Nos hace sentir que Él verdaderamente nos mira, está cerca de nosotros y nos ama.
Imitar a Jesús en el salir de uno mismo para ir al encuentro del otro: porque ¡quien pone en el centro de la propia vida a Cristo se descentra! Más nos unimos a Jesús y Él se convierte más en el centro de nuestra vida, más nos  hace salir de nosotros mismos, nos descentra y nos  abre a los otros.” El catequista es un hombre o una mujer que, a partir de Cristo, optan por vivir una verdadera cultura del encuentro.
No tener miedo de ir con Jesús a las periferias: ahora en las palabras del Obispo de Roma, y  antes en las del Arzobispo de Buenos Aires, descubrimos el mismo impulso misionero que invita a salir al encuentro de los que no creen, de quienes se alejaron y aprendieron a vivir sin fe, a pesar de su humano e inefable anhelo de trascendencia. Y, en este reiterado llamado del Santo Padre, una vez más, su invitación a acercarnos a las periferias, sobre todo a las periferias existenciales de los que sufren y de los que tiene el corazón desgarrado por el sinsentido. Reiterando aquella contundente opción expresada en sus primeros meses de pontificado, Francisco volvió a decir que “prefiere una Iglesia accidentada y no una Iglesia enferma", una Iglesia inquieta, que sale, se mueve, se cuestiona y se arriesga.Si salimos a llevar el Evangelio de Cristo con amor, Él camina con nosotros y llega antes porque, en realidad, Él ya está en aquellas periferias a las que nosotros nos dirigimos impulsados por su llamado.

 

Días más tarde, el domingo 29 de septiembre, en la Plaza de San Pedro, durante la Misa, resonaban las palabras del Profeta Amós: “¡Ay de los que se fían de Sión,... acostados en lechos de marfil!”  Y el Santo Padre agregaba: “Comen, beben, cantan, se divierten y no se preocupan por los problemas de los demás”. En términos similares Francisco se refirió, también, a aquel hombre rico del Evangelio, incapaz de compartir de verdad la riqueza de su banquete con el pobre que aguardaba, en la puerta, un poco de humana solidaridad.

 

La indiferencia y la falta de compasión nos deshumanizan. Como constatación de esta tragedia, el Papa se detiene en este hecho que puede pasar inadvertido: ese hombre rico no tiene nombre que es como no tener rostro. Podríamos decir que las “ventanas” de su identidad están herméticamente cerradas. A nosotros puede pasarnos lo mismo: podemos pretender ser aquello mismo que poseemos, podemos encerrarnos en la pequeñez de nuestros propios límites y olvidarnos de dónde venimos y hacia dónde vamos. Podemos perder la memoria de Dios. “Si falta la memoria de Dios, todo queda rebajado, todo queda en el yo, en nuestro bienestar. La vida, el mundo, los demás, pierden la consistencia, ya no cuentan nada, todo se reduce a una sola dimensión: el tener. Si perdemos la memoria de Dios, también nosotros perdemos la consistencia, también nosotros nos vaciamos, perdemos nuestro rostro como el rico del Evangelio.”


El catequista de verdad, no el que simplemente trabaja de catequista es el que cuida y alimenta la memoria de Dios, la cuida en sí mismo y sabe despertarla en los otros, sus interlocutores. “La fe contiene  la memoria de la historia de Dios con nosotros, la memoria del encuentro con Dios, que es el primero en moverse, que crea y salva, que nos transforma; la fe es memoria de su Palabra que inflama el corazón, de sus obras de salvación con las que nos da la vida, nos purifica, nos cura, nos alimenta. El catequista es precisamente un cristiano que pone esta memoria al servicio del anuncio; no para exhibirse, no para hablar de sí mismo, sino para hablar de Dios, de su amor y su fidelidad. Hablar y transmitir todo lo que Dios ha revelado, es decir, la doctrina en su totalidad, sin quitar ni añadir nada.”

 

A modo de corolario
Así como Pablo VI quiso celebrar el Año de la Fe en 1967 y concluirlo con el bello Credo del Pueblo de Dios, como bálsamo y clarificación ante una época de crisis posconciliar, Benedicto XVI nos convocó a un segundo Año de la Fe, iniciado el 11 de octubre de 2012, “con la intención de ilustrar a todos los fieles la fuerza y belleza de la fe”. 7   ¿Cómo no realizar un Congreso Internacional de Catequesis en Roma, en este contexto? En el Primer Anuncio la persona da su adhesión al Señor. Comienza a descubrir la fuerza y la belleza de la fe en su asentimiento al Kerigma que afecta su vida entera. En la Catequesis de Iniciación el creyente realiza su unidad con el Señor, en el seguimiento que lo hace discípulo misionero y en la Catequesis Permanente profundiza su comunión con Jesucristo, ahondando en las verdades de la fe. La Catequesis es, siempre, “posibilidad de participación en el mismo Evento de la fe, en el mismo Evento – Cristo”. 8

 

“El Motu proprio Fides per doctrinam (…), subraya que la fe necesita ser sostenida por medio de una doctrina capaz de iluminar la mente y el corazón de los creyentes. Para tal fin la Catequesis es una etapa que la Iglesia ha desarrollado, desde los primeros tiempos, para transmitir el contenido de la verdad que Dios ha querido comunicarnos, y ha buscado siempre la manera de expresarse con un lenguaje que no sólo sea apto para los tiempos, sino que llegue al corazón de la gente para que pueda conocer el misterio revelado por Jesús.” 9
“Entre las finalidades del Año de la Fe, se encuentra indicada la necesidad de recuperar la unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento (Pf, 10) porque la fe es, ante todo, un don de Dios y una acción de la gracia que transforma el corazón del creyente. Además, el conocimiento de los contenidos que se han de creer no es suficiente si después el corazón, auténtico sagrario de la persona, no está abierto por la gracia que permite tener ojos para mirar en profundidad y comprender que lo que se ha anunciado es la Palabra de Dios” (Pf, 10). 10


En estas afirmaciones quedan implicados la Catequesis, los catequistas y la comunidad cristiana, como verdadera catequista. La Iglesia toda posee la función profética y la ha delegado en algunas personas que han sido, especialmente, llamadas a anunciar la Buena Noticia de Jesús. Toda delegación supone una simple entrega de la tarea en sí misma, pero nunca es una entrega de la responsabilidad contenida en esa tarea. Si la comunidad eclesial se despreocupara de su función profética, se desnaturalizaría. No sería quien está llamada a ser. La Catequesis no es, por lo tanto, un ámbito cerrado y reservado a unos pocos “especialistas” del anuncio.

 

Esta dimensión comunitaria de la Catequesis no es, ciertamente, un rasgo nuevo. De todos modos, es preciso explicitarla con una fuerza nueva. El hombre y la mujer de hoy, atrapados en el individualismo de una sociedad del éxito, el consumo y la soledad, experimentan hambre de comunión. Uno de los dramas existenciales actuales  es la falta de ligazón a la realidad. Gran parte de la humanidad no encuentra dónde apoyarse. Sólo el caos y el abismo parecen abrazarla. En esta situación de soledad y falta de consistencia, necesita desesperadamente situarse, asirse, reencontrarse, trascender para ir al encuentro de los otros y del Otro. Sólo las relaciones profundas, estables, sólidas y confiables, como las que se dan en la familia, la amistad y la fe, pueden llegar a producir procesos personales de identificación como los que se realizan en el encuentro  con personas concretas que tratan de llevar, sinceramente, el cristianismo a su vida y están dispuestos a hablar de ello con los demás y a darles testimonio.
Nos sentimos convocados a renovar la Catequesis, la Iglesia y a nosotros mismos, los catequistas, a través de un humilde y pascual proceso de conversión que nos lleve a gestar, animar y fortalecer una cultura y una pastoral del encuentro.


Visualizamos, también, una conversión orientada hacia la dimensión misionera de la Catequesis. Una ‘Catequesis misionera’ es una Catequesis de la propuesta que busca, atrae y propone siempre. No se trata de un discurso estampado desde afuera y por la fuerza de la repetición, sino de un camino de experiencias siempre nuevas, que marcan profundamente la vida de las personas. Una Catequesis que se resignifica, muchas veces en Primer Anuncio, para que éste se diferencie y, a la vez, se integre en todo el proceso catequístico, otorgándole una fuerza renovadora y catecumenal. En la Catequesis Misionera todo anuncio transparenta el Primer Anuncio. Él es como una luz siempre viva en el Ministerio de la Palabra: en la conversión primera, en la Iniciación Cristiana y en la Catequesis Permanente. 11


“La Catequesis Misionera trabaja en relación con la pastoral social. Allí donde están los alejados, los pobres, los desamparados; allí es el lugar de la Catequesis Misionera. Aquí no nos referimos solamente a quienes les falta el pan material, sino también a los que padecen los diversos tipos pobrezas que atacan a la humanidad. Sobre todo nos referimos a los más pobres: aquellos a quienes les falta el anuncio que suscita la respuesta de la fe.” 12  


Esperamos un kairós en el cual el olvido de Dios, que hoy empuja a la humanidad hacia periferias de mucho dolor e incertidumbre, se transforme en ocasión de “anuncio misionero. La vida cotidiana nos mostrará dónde localizar esos patios de los gentiles, dentro de los cuales nuestras palabras se hacen no sólo audibles, sino también significativas y curativas para la humanidad. La tarea de la Nueva Evangelización es conducir, tanto a los cristianos practicantes, como a los que se preguntan acerca de Dios, a percibir su llamada personal en la propia conciencia.” 13


Finalmente, nos planteamos la irrenunciable prioridad de repensar la formación de los catequistas en el marco de las conversiones que hemos explicitado. Justificamos esta afirmación a través de dos postulados:

  • En la Nueva Evangelización la formación no es un objetivo, sino una condición. 14
  • Una Nueva Evangelización supone una nueva Catequesis 15 y, por lo tanto, nuevos catequistas. Catequistas testigos de su fe, para que el mundo crea.

El equipo del ISCA


1. Patricia López, Mónica Bearzot de Torino, Mónica Gomez , Cristina Cavoti, Hna. Norma Beatriz Andrada, Santiago Álvarez, P.Gabriel Marronetti, P. Eugenio Uda, Laura Martínez, María Ayelen Díaz Lapergola, Cristina Pieroni de Gigena, Graciela Pagliaricci de Holmberg y Evangelina Casero.

2. Cfr. Benedicto XVI, Porta fidei  Nº 2, 11 de octubre de 2011.

3. Cfr. Francisco, Lumen fidei  Nº 4, 29 de junio de 2013.

4.S.E.R. Mons. Rino Fisichella, Artículo para la promulgación de Fides per doctrinam de Benedicto XVI, 16 de enero de 2013. Se han transferido al Pontificio Consejo para la Nueva Evangelización las competencias que, en materia de Catequesis, la Constitución Apostólica Pastor bonus, del 28 de junio de 1988, había encomendado a la Congregación para el Clero. Según el artículo 2 de Fides per doctrinam se transfirió, también,, al Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización el Consejo Internacional para la Catequesis, creado por Pablo VI el 7 de junio de 1973. De tal Consejo asume la presidencia el presidente del Pontificio Consejo para Nueva Evangelización.

5. Cfr. Juan Pablo II, Ecclesia in America, Nº 69, 1999

6.Los encomillados, correspondientes a las relaciones presentadas por el Dr. Petroc Willey, por el Rvdo. Manuel José Jiménez Rodríguez,  y por  el Prof. Mons. Pierangelo Sequeri, corresponden a la traducción que la Junta Catequística de la Arquidiócesis de Buenos Aires nos hizo llegar a través de su FaceBook.https://www.dropbox.com/s/zxyl2iihpn8qo4s/Congreso%20Internacional%20
de%20Catequesis%20-%20Resumen.pdf

7. Cfr. PF 4.

8. Cfr. La homilía pronunciada por el Card. Mauro Piacenza durante el XII Congreso Europeo de Catequesis, 8 de mayo de 2012.

9. Cfr. Conclusiones del Congreso Internacional de Catequesis 2013.

10. Cfr. Orientaciones previas al Congreso Internacional de Catequesis 2013.

11. Cfr. “La Catequesis en clave misionera. Relación entre Primer Anuncio, Iniciación Cristiana y Catequesis Permanente”, Nº 24, I SENAC, 2011.

12. Cfr. “La Catequesis en clave misionera. Relación entre Primer Anuncio, Iniciación Cristiana y Catequesis Permanente”, Nº 31, I SENAC, 2011.

13. Cfr. Sínodo de los Obispos, XIII Asamblea General Ordinaria, “La Nueva Evangelización para la transmisión de la fe cristiana”, Lineamenta, Roma, 2011

14. Cfr. Mons. Octavio Ruiz Arenas, “La importancia de la formación permanente para los nuevos evangelizadores” en las 48º Jornadas de Cuestiones Pastorales de Castelldaura, 2013.

15. Cfr. Mons. Rino Fisichella, “Preludio” en el Congreso Internacional de Catequesis, Roma, 2013.

 

LA IMPORTANCIA DE LA FORMACION PERMANENTE

El ambiente sinodal y la puesta en común de los principales desafíos para la evangelización

 

La Asamblea Sinodal se realizó dentro de un ambiente de oración, de respetuosa escucha, de diálogo enriquecedor con un gran espíritu de fraternidad, de comunión y de colegialidad efectiva y afectiva. Un hecho importante durante la realización del Sínodo fue la inauguración del «Año de la Fe» justamente en la fecha en que se cumplían los 50 años del inicio del Concilio Vaticano II. Esta celebración y la homilía del Santo Padre constituyeron un marco de referencia, pues se trataba de resaltar la vigencia de este Concilio que, como decía Juan Pablo II en laNovo Millennio ineunte, ha sido la gran gracia que la Iglesia ha recibido en siglo XX y constituye como una brújula segura para orientar el siglo XXI (NMi  57) y, por lo tanto, es un instrumento de rico valor que ha de iluminar toda la reflexión y puesta en marcha de la nueva evangelización.


No podemos olvidar que el Sínodo pretendía dar una luz sobre la transmisión de la fe cristiana, invitando a todos los cristianos a renovar el compromiso misionero y a redescubrir con plena conciencia e inmensa alegría los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y orada. Los objetivos de dicho año fueron ampliamente subrayados en distintos momentos: hacer conocer y comprender la herencia del Concilio Vaticano II, estudiar a fondo el Catecismo de la Iglesia Católica, invitar a una auténtica conversión, animar y vivir la fe por la caridad, asumir un compromiso más decidido para poner en marcha la nueva evangelización, redescubrir el entusiasmo y la alegría de creer y tomar fuerza  y valentía para una renovación de la Iglesia.


Fue unánime el requerimiento de los Padres Sinodales para que toda la Iglesia lleve a cabo la nueva evangelización, aunque lógicamente sin pretender una uniformidad en el modo concreto de ponerla en marcha. Asimismo se dio un gran realce a la importancia de una iniciación cristiana de tipo kerigmático que ha de llevar a una sincera conversión y al deseo de conocer y seguir al Señor.


Para llevar a cabo dicha tarea se ponía de relieve la urgencia de la conversión personal, comunitaria y pastoral, una apertura de corazón, una actitud de gozosa acogida, una búsqueda de empatía hacia mundo que nos rodea para escuchar sus reclamos y acercarse a él con el fin de hacer crecer en él el reino de Dios.


Entre los grandes desafíos que se indicaron a lo largo de las jornadas sinodales se señalaron el secularismo, el agnosticismo, las repercusiones de la globalización, el influjo creciente de los medios de comunicación, la expansión del Islam, el fenómeno de las migraciones, la crisis económica, la pobreza, la realidad cambiante del mundo actual, la pérdida de valores, la crisis de la familia y la falta de respeto por la vida humana.


Asimismo se reconocieron muchos factores al interior de la Iglesia que están influyendo para poner en marcha la nueva evangelización, entre los cuales la valiente dedicación de tantísimos misioneros y misioneras, la creciente toma de conciencia de los laicos de sus compromisos bautismales, la labor educativa y caritativa de la Iglesia, el esfuerzo por poner la palabra de Dios al centro de la vida cristiana, la vitalidad de los movimientos eclesiales, la progresiva renovación catequética. Pero también se señalaron algunos factores negativos como la incoherencia de vida, la falta de verdadero testimonio, la pérdida de celo pastoral, la escasa formación de los fieles, el desconocimiento de los contenidos de la fe, el descuido de los padres de familia para transmitir la fe a sus hijos, los escándalos al interior de la Iglesia, la rutina y el poco interés por la liturgia, la desvalorización del sacramento de la penitencia y la pérdida de identidad de muchos cristianos.

 

Surgieron por lo tanto muchas iniciativas de tipo pastoral, entre ellas se subrayó la necesidad de favorecer una espiritualidad de comunión, la creación de pequeñas comunidades al interior de las parroquias, la fortificación del trabajo catequético, la práctica constante de la caridad, la importancia de un diálogo con la cultura actual, el potenciamiento del valor de la liturgia y de la vida sacramental, la necesidad una más íntima relación de la vida cristiana con la Palabra de Dios, la urgencia de saber poner las nuevas tecnologías digitales al servicio de la evangelización, el adecuado acompañamiento de la piedad popular, la importancia del catecumenado y la consiguiente creación de procesos de reiniciación cristiana. Pero uno de los puntos más recurrentes fue el de la necesidad de preocuparnos por la formación de los nuevos evangelizadores.

 

Urgencia de una sólida formación para los nuevos evangelizadores

Una de las mayores verdades que continuamente asomó en los distintos momentos de la Asamblea Sinodal,  y que se convirtió prácticamente en el espíritu de los trabajos sinodales, fue la certeza de que “la Iglesia existe para evangelizar”. Esta consigna, subrayada ya en el Vaticano II y en la Evangeli Nuntiandi (cf. AG 2; EN 14), indica que la identidad misma del pueblo de Dios es esencialmente acción y que su ser vale en la medida que hace que los hombres se encuentren con Jesús y se salven. Esta naturaleza activa compete no a una fracción o a determinados especialistas sino a la entera comunidad eclesial. Por eso el Sínodo, sabiendo cuánto ha ido creciendo esta conciencia al interior de la Iglesia, no ha dudado en ratificar que, en estos tiempos de nueva evangelización, la transmisión de la fe es responsabilidad de todos los bautizados;[6]. Todos, en efecto, debemos afrontar con el evangelio los nuevos retos que el mundo plantea; todos debemos preocuparnos por hacer retornar a la fe a los que se han alejado; todos debemos renovar con un nuevo ardor nuestra vida de discípulos misioneros. Los “nuevos evangelizadores” debemos ser, por tanto, todos los miembros de la Iglesia.


En todas las fases del proceso sinodal la palabra “formación” estuvo presente. Si bien en pocas ocasiones estuvo acompañada del adjetivo “permanente”, la mayoría de las intervenciones lo suponía y, casi siempre, se refería no a un objetivo de la nueva evangelización sino a una condición previa a su realización. Aunque la nueva evangelización busca formar la imagen de Cristo en el hombre,  la insistencia primera del Sínodo fue que dicha tarea puede ser realizada eficazmente sólo por quien ya ha sido formado. Esta insistencia resonó sin cesar en el Aula Sinodal en los siguientes términos: «para evangelizar, la Iglesia necesita ser primero evangelizada»[7]. La expresión no hace otra cosa que ratificar la lógica según la cual no hay apóstol sin la existencia, primero, de un discípulo. La evangelización no es una acción espontánea de los hijos de Dios sino el resultado de un proceso gradual de apropiación y maduración de la fe en medio de una comunidad eclesial.

Ciertamente, aunque es la gracia de Dios quien hace eficaz la predicación, la calidad de los testigos no se puede descuidar. Un testigo válido es aquel que se ha formado, es decir, aquel que, habiendo recibido el kerygma, ha comenzado un proceso de transformación de la propia vida en vida cristiana y un camino de conformación o de seguimiento de la persona de Jesús. Si se quiere, en este contexto, formación no es otra cosa que un sinónimo de evangelización y por “formación permanente” pueden también ustedes entender “evangelización permanente”.

 

El tema de la continuidad en la educación ha sido ampliamente tratado en la reflexión pedagógica y ha sido ya asumido como una exigencia irrenunciable sobre todo en el campo de la educación superior universitaria. Varias razones justifican el carácter continuo de la labor educativa. Una de ellas es que la así llamada “educación formal” difícilmente puede ser completa, ya porque no alcanza a transmitir todos los contenidos de un campo del saber, ya porque lo hace a costa de la profundidad de los mismos. Además, el ser humano tiende a ser muy selectivo en su aprendizaje y esto lo conduce a olvidar no pocos contenidos adquiridos. La educación continuada constituye precisamente un medio para recordar los aspectos fundamentales de un área específica y favorecer su mayor profundización.

 

Otra razón estriba en los vertiginosos cambios, significativamente cualitativos, que se han venido presentando en múltiples campos del saber humano. Esta condición extrema, debida en buena parte al progreso de las ciencias y tecnologías, no solamente hace obsoletos algunos contenidos sino que también introduce otros nuevos. Hoy surgen sin cesar nuevas situaciones, nuevas prácticas, incluso nuevas realidades. El desarrollo continuo del conocimiento ha hecho que sólo quienes sean capaces de adaptarse a la evolución transformadora del saber, mediante la actualización y la especialización, mantendrán su vigencia e influjo en el concierto social.


Pero la razón principal radica en que la educación, más allá de transmitir contenidos o favorecer la adquisición de habilidades, consiste en el cuidado de la totalidad de la persona. Esto supone atender todas sus dimensiones ontológicas (intelectual, afectiva, síquica, social) durante todos los momentos de su existencia temporal.  A lo largo de la vida, el ser humano no deja de aprender. Su capacidad para asimilar nuevas experiencias en orden al crecimiento integral es grande. El hecho que la vida misma sea un incesante camino hacia la madurez hace de la educación continua una necesidad, sin importar el  período y la condición de vida.


Ahora bien, podemos trasladar estas razones al campo de la fe para justificar la importancia de la formación permanente también en la vida cristiana. Ante una creciente ignorancia religiosa en muchos de los que se profesan cristianos, incluso respecto a los mínimos doctrinales, ¿no es necesaria una educación que esté recordando y profundizando las verdades fundamentales, relativas a la fe como a la moral? ¿No se deberían subsanar los vacíos que la formación inicial o catequesis presacramental pudieron haber dejado en la inteligencia de los fieles? De alguna manera, la invitación del papa a estudiar el Catecismo de la Iglesia Católica y, particularmente, a profesar en modo consciente el Símbolo, son un indicativo de la necesidad de “repasar” los contenidos esenciales que forman parte del propio patrimonio de fe. Varios padres sinodales notaron también la necesidad de una formación que permita contrarrestar el profundo desconocimiento de la propia fe por parte de muchos bautizados.


Igualmente, como lo había indicado el Concilio Vaticano II,  el mundo se renueva y sus continuos cambios retan la vida de los cristianos. Justo en el proemio de la declaración sobre la educación se lee: «la verdadera educación de la juventud, e incluso también una constante formación de los adultos, se hace más fácil y más urgente en las circunstancias actuales.

Porque los hombres, mucho más conscientes de su propia dignidad y deber, desean participar cada vez más activamente en la vida social y, sobre todo, en la económica y en la política»[8]. Una constante de la sociedad actual es el cambio permanente. Nuevas situaciones exigen ser discernidas e iluminadas con la luz del evangelio por parte de los cristianos. La formación permanente permite entonces a los bautizados comprender, discernir y adaptarse a las transformaciones de la cultura. Por eso un padre sinodal tenía razón cuando afirmaba que el aggiornamento es un sinónimo de la nueva evangelización. No es una simple  puesta al día; se trata más bien, de aprender a iluminar y salar, con pertinencia, la historia presente de los hombres.


También la última razón es más que válida. La vida cristiana es un camino orientado hacia la hacia la plenitud de la madurez en Cristo (cf. Ef 4, 13). En cada ciclo vital de este proceso se busca un cometido diverso que realizar, un modo específico de ser, de servir y de amar.[9] Además, en este camino de perfección hay realidades que requieren buen tiempo para ser comprendidas con los ojos de la fe. Puesto que el sujeto de la formación es el creyente en cada fase de la vida, el término de la formación es la totalidad de su ser, llamado a buscar y amar a Dios “con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas” (Dt 6, 5) y al prójimo como a sí mismo.

 

 

Cristo, raíz y fuerza para la formación permanente

Pero además de estos motivos, existen algunas razones teológicas que nos explican por qué es importante la formación permanente para los nuevos evangelizadores. La principal de ellas es que «Dios es el primer y gran educador de su Pueblo».[10] La raíz y la fuerza de la formación cristiana se encuentran en Él; el obrar de su gracia es un continuum en la vida de sus hijos. En efecto, el Padre, mediante el Espíritu vivificante en su Iglesia, está siempre asesorando la vida de los creyentes para que se conformen a Cristo, su Hijo. Sus signos y mociones pueden ser percibidos sólo por un corazón atento y vigilante a su Palabra. También su gracia llega continuamente en forma de llamada universal a la santidad y de vocación específica en un estado de vida particular. Esta gracia de la vocación «es una fuerza sobrenatural, destinada a asimilar progresivamente y de modo siempre más amplio y profundo toda la vida y la acción de los hijos de Dios»[11]. La formación permanente permite entonces discernir mejor las nuevas indicaciones con las que Dios precisa y actualiza la llamada inicial. Es un medio precioso para favorecer el crecimiento y la maduración de la propia vocación.[12] Las mismas palabras de san Pablo a Timoteo, «Te recuerdo de reavivar el don de Dios, que está en ti » (2 Tim 1, 6), hacen pensar la formación permanente como una necesidad intrínseca a la concesión de los dones divinos de la gracia.[13]

 

Una segunda razón deriva del vínculo entre formación, renovación y misión. Para entenderlo, podemos recurrir a la imagen bíblica de la vid y los sarmientos que tan bellamente usó el Juan Pablo II en la Christifideles Laici. Sabemos bien que el texto del evangelio de Juan da un valor especial al verbo permanecer y que Jesús es muy claro a la hora de mencionar los efectos que produce en el sarmiento la acción constante de vivir unido a la vid (Jn 15,1-17). El primer efecto es la vitalidad en contraposición con la sequedad. El segundo es la producción de mucho fruto.

 

El que permanece con Jesús, como él permanece en nosotros, se nutre continuamente de un amor que le permite mantener la frescura, es decir, la capacidad de estar siempre limpio (Jn 15,1-2). «Es de particular importancia –escribe el papa Juan Pablo II– la conciencia de que la labor formativa es tanto más eficaz cuanto más se deja llevar por la acción de Dios: sólo el sarmiento que no teme dejarse podar por el viñador, da más fruto para sí y para los demás»[14]. La novedad del cristiano consiste precisamente en esta lozanía de vivir siempre limpios, siempre santos, desterrando lo caduco, el hombre viejo. Pero el sarmiento no permanece en la vida solamente para permanecer fresco sino para dar fruto, un fruto abundante y duradero que, en el texto de Juan 15, no significa otra cosa sino  la reproducción de la vida de Cristo: «Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado» (Jn 15,12.17). El proceso de madurez cristiana termina con la capacidad de dar siempre más fruto, es decir, de anunciar continuamente con las obras la Buena Nueva, el Evangelio de Jesucristo. Las palabras de Jesús: «El que permanece en mí como yo en él, ése da mucho fruto, porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15, 5), hacen depender la renovación y la misión, o si se quiere la novedad y la evangelizacióndel creyente, de la permanencia con Jesús.

 

Finalmente vale anotar que en la Christifideles Laici el papa retoma la definición de formación sugerida por los padres conciliares del Sínodo de 1987, en la cual ya está incluida la nota de permanencia como su característica natural: «la formación cristiana es un continuo proceso personal de maduración en la fe y de configuración con Cristo, según la voluntad del Padre, con la guía del Espíritu Santo»[15].

 

Reduccionismos a evitar en la formación de los nuevos evangelizadores

Después de estas consideraciones algunas conclusiones son claras. La primera es que sería muy reductivo asociar la formación permanente a cursos, estudios, conferencias o actividades similares. Ellas son importantes, pero solo como concreción de una realidad que es, ante todo, espiritual: la capacidad de vivir en Dios y de hacer que toda experiencia de vida sirva para adquirir la forma de Cristo (Ga 4,20). Exclamar, como Pablo: «no soy yo, es Cristo quien vive en mí» (Gal 2, 20) no depende tanto de las actividades formativas cuanto de la capacidad de cultivar la amistad con Dios.


En segundo lugar, queda claro que un auténtico proceso formativo no se puede limitar temporalmente, reduciéndolo únicamente a una fase inicial o a algunos momentos de mayor intensidad catequética. Más bien, la formación inicial debe engarzarse con la formación permanente creando en la persona la disponibilidad para dejarse formar cada día de la vida. Por esto durante el Sínodo se evidenció la conciencia general de que no basta con introducir a los hombres a la fe mediante el anuncio del kerygma y la catequesis pre-sacramental. Es necesario garantizar un proceso mistagógico permanente o, como lo expresaban los Lineamenta, es preciso “dilatar el concepto de catequesis”  de modo que la transmisión de la fe no se asocie a momentos ocasionales de la vida sino a la entera vida cristiana. En otras palabras, no basta plantar. Es necesario también regar.

 

En tercer lugar, es claro que cualquier acción formativa vaya orientada no sólo a una dimensión de la persona  sino a darle un sentido a toda su existencia, a suscitar un estilo de vida que, en nuestro caso, ha de ser el de un «discípulo-misionero». Este es el contenido de la formación permanente. Muchas veces, la catequesis pre-sacramental se orienta debidamente a preparar al sacramento pero olvidando el entronque con la entera vida cristiana. También a veces se hace todo para crear buenos discípulos pero poco o nada se hace para que ellos tomen conciencia de su ser evangelizador y, al contrario, a veces se exige el compromiso misionero sin haber favorecido antes un encuentro vivo con Jesucristo. Como señaló un padre sinodal: «En la catequesis es de fundamental importancia tener fijo un objetivo claro: la formación de discípulos maduros, capaces de vivir en el ritmo de la adoración, de la comunidad y de la misión». A propósito, el documento conclusivo de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, celebrada en Aparecida, ofrece unas páginas muy ricas de contenido y orientación pastoral sobre esta formación de discípulos misioneros.


Finalmente, estas consideraciones dejan ver que tanto desde la antropología como desde la teología, la formación permanente es una realidad propia del mundo de los adultos. Para ella, ya no es indispensable una sólida  institucionalización ni tampoco la dependencia a un tutor. Su protagonista es la persona misma que, gracias a la educación formal o a la formación inicial, aprendió a aprender, es decir, adquirió el hábito de seguir creciendo por sí misma y de saber encontrar las mediaciones propicias para lograrlo. A su vez, este tipo de persona, madura y responsable con su propia vocación, es el más apta para enseñar a los demás a aprender. El papa, siempre en la Christifideles Laici, expresa bien este punto afirmando: «no se da formación verdadera y eficaz si cada uno no asume y no desarrolla por sí mismo la responsabilidad de la formación. En efecto, ésta se configura esencialmente como “autoformación”. Además está la convicción de que cada uno de nosotros es el término y a la vez el principio de la formación. Cuanto más nos formamos, más sentimos la exigencia de proseguir y profundizar tal formación; como también cuanto más somos formados, más nos hacemos capaces de formar a los demás»[16].


Sólo los creyentes que han logrado encontrarse con Jesucristo vivo y se han renovado en él, es decir, que han sido evangelizados y se dejan evangelizar, alcanzan la madurez suficiente para ser, a su vez, evangelizadores, es decir testigos válidos del Evangelio. El movimiento de este círculo continuo entre evangelizado y evangelizador, entre el discípulo y el misionero, está mediado por la constante evangelización, en cuanto que el discípulo está llamado a comunicar y transmitir vivencialmente su experiencia de encuentro personal con Jesucristo. No se puede ser auténtico discípulo sin ser misionero y viceversa.


Aportes sinodales sobre la formación permanente

Bien sabemos que al interior del Pueblo de Dios existen distintos carismas y ministerios que han de ponerse al servicio de la proclamación del Evangelio. Cada uno de los fieles, según su estado propio dentro de la Iglesia, no sólo debe cumplir su tarea como discípulo-misionero colaborando activamente en la evangelización, sino que debe prepararse de manera adecuada y constante, ya que ha de anunciar un mensaje que sobrepasa su conocimiento y que transmite la experiencia vital de su encuentro con el misterio de Cristo.


Durante las intervenciones en el Aula sinodal los Padres distinguieron con bastante claridad la necesidad de una formación permanente dirigida a los fieles laicos, a los sacerdotes y a las personas de vida consagrada, señalando algunas particularidades e insistencias. Veamos brevemente una síntesis de dichas intervenciones.


Los laicos: Aprender la doctrina, el arte del diálogo y el ejercicio de la caridad

Durante el Sínodo fue reconocido en modo especial el papel del laico en la obra evangelizadora. Muchas palabras estuvieron dedicadas a exaltar y alentar su compromiso misionero, su espíritu comunitario y su creciente amor por la Palabra de Dios. También sobre su formación, considerada prioridad pastoral en estos tiempos de nueva evangelización, hubo múltiples pronunciamientos. Una atención especial ocupó el tema de la formación de los padres de familia, del educador o maestro −a quien se propone explícitamente como objeto de formación permanente−, de los jóvenes y del cristiano comprometido en instancias públicas y políticas. Sin embargo, el tema de la formación de los catequistas mereció una atención especialísima. De hecho, así como en otros tiempos el mártir, el eremita o el místico prefiguraban el ideal del cristiano, podría pensarse que, en estos tiempos de nueva evangelización, la figura del catequista se levanta como modelo del creyente, en cuanto discípulo que debe saber transmitir la fe.


En general, a partir de los trabajos sinodales se pueden descubrir tres énfasis en la formación permanente de los laicos. El primero se origina en la constatación de que muchos bautizados conocen poco el objeto y contenido de lo que creen y su fe depende entonces más de la fuerza de la tradición y de las costumbres que de una real asunción libre y consciente de la especificidad cristiana. De aquí la necesidad de crecer en la inteligencia de la propia fe, lo que supone –siguiendo el Catecismo− un buen conocimiento de los aspectos doctrinales, litúrgicos, morales y espirituales que configuran la vida cristiana y que tienen como fuente el misterio de Cristo Salvador.


Por otra parte, se ha señalado la necesidad de invertir esfuerzos para que los laicos, dada su específica vocación, puedan ser interlocutores válidos con el mundo de hoy. En este sentido, el Sínodo insistió en un doble objetivo de la tarea formativa: por una parte, que ellos puedan mostrar que la adhesión a la fe cristiana no entra en contradicción con la razón humana, por otra, que puedan defender la fe ante la multiplicación de instancias ideológicas que atacan el evangelio considerándolo anacrónico o banal para  los tiempos de hoy. Las palabras de Juan Pablo II siguen siendo perentorias: « Se revela hoy cada vez más urgente la formación doctrinal de los fieles laicos, no sólo por el natural dinamismo de profundización de su fe, sino también por la exigencia de “dar razón de la esperanza” que hay en ellos, frente al mundo y sus graves y complejos problemas. Se hacen así absolutamente necesarias una sistemática acción de catequesis, que se graduará según las edades y las diversas situaciones de vida, y una más decidida promoción cristiana de la cultura, como respuesta a los eternos interrogantes que agitan al hombre y a la sociedad de hoy»[17].

 

Además de la inteligencia doctrinal y de la capacidad de dialogar, la Doctrina Social de la Iglesia es un recurso invaluable para la formación continua de los laicos. Un padre sinodal afirmó: «Muchas personas son hoy más sensibles a las cuestiones de los derechos humanos, de la justicia, de la ecología, de la lucha contra la pobreza, a los temas que tocan la vida concreta de las personas y los problemas comunes de las naciones. Por esta razón, la puerta de acceso a la evangelización puede ser efectivamente el mundo de lo social»[18]. Y puesto que son los laicos quienes mejor pueden llegar a estos contextos (cf. LG 31.33; GS 43; AA2), su continua formación en las consecuencias sociales y políticas de la fe cristiana acrecentará su fuerza misionera. En todo este contexto, la parroquia deberá constituirse para los laicos en el lugar privilegiado de su formación.

 

Los pastores: Formación para la santidad.

Si a lo largo del Sínodo fue quedando cada vez más claro que la nueva evangelización implica sobre todo el crecimiento de la vida espiritual y la búsqueda de la santidad, también fue acrecentándose el reclamo fraterno dirigido a los pastores de la Iglesia, obispos y sacerdotes, para que sean ellos los primeros en ser testigo de la santidad de vida y ser auténticos hombres de Dios. La proposición 49 de este Sínodo dice al respecto: «Las personas buscan testigos auténticos y creíbles en sus obispos y presbíteros [...] Para que ellos estén adecuadamente preparados para la obra de la Nueva Evangelización, el Sínodo confía en que se cuide de formarlos en una espiritualidad profunda, en una doctrina sólida, en la capacidad de comunicar la catequesis y en una toma de conciencia de los modernos fenómenos culturales».


De estos cuatro reclamos formativos, me atrevería a decir que el más sentido durante la experiencia sinodal fue el de una “espiritualidad profunda”. ¿Por qué tantas predicaciones inadecuadas? ¿Por qué la falta de celo apostólico y de simplicidad en los sacerdotes? ¿Por qué no todos muestran agrado en confesar? ¿Por qué parece haber bajado sus niveles de carisma, de cultura, de confianza en el propio ministerio? Tal vez buena parte de estos malestares, expresados en el Aula sinodal, se originan, justamente, en esa falta de profundidad, lo que no significa descuido o inexistencia del cultivo espiritual. El problema aquí es de calidad. Por eso, los tantos y tan variados esfuerzos emprendidos en muchas diócesis para garantizar centros, programas e itinerarios de formación permanente para el clero deberían anclarse aún más en el terreno seguro de la Palabra de Dios, para formar en una espiritualidad centrada en Cristo, basada en la Palabra y orientada al mundo. En pocas palabras, la formación de quienes deben conducir la Iglesia por la vía de la santidad requiere hoy silencio y contemplación.

 

También hoy, más que antes, es necesario insistir en la urgencia de darle mucha importancia a una seria formación humana, sobre la cual han de descansar los demás aspectos de la formación sacerdotal.  No se puede olvidar que el presbítero es una persona escogida, llamada de entre los hombres, para servir a la Iglesia y, por ende, a sus hermanos. Su humanidad es un componente esencial de su sacerdocio, el cual debe vivirlo como hombre auténtico, no como alguien caído del cielo o, menos aún, como un ser huraño y ajeno a las personas que lo rodean y a quienes debe servir. Desde un principio se debe ayudar al candidato al sacerdocio para que sea un hombre simple, sincero, lleno de bondad, cordial, acogedor, compasivo, leal, que sepa amar y que sea confiable.


Los religiosos: Aprender a manifestar la primacía de Dios

Los Padres sinodales tuvieron un gran reconocimiento a la valiosa contribución que ha tenido la vida consagrada, tanto masculina, como femenina, a la labor evangelizadora.  «La Iglesia ha sido bendecida por el ministerio y el testimonio de hombres y mujeres en la vida consagrada, los cuales continúan llevando el amor de Cristo al mundo a través de numerosas y diversas actividades. La vida consagrada es, en sí misma, un signo que indica a los demás la verdad del Evangelio».[19] De modo especial les animaron para que sigan realizando la formación de las nuevas generaciones, ya que el apostolado de muchas comunidades religiosas está vinculado a la tarea educativa.


Ahora bien, si el Magisterio ha repetido en varias ocasiones que la formación permanente es una “exigencia intrínseca” de  la vocación y misión de los obispos y sacerdotes, otro tanto ha afirmado de los religiosos [20]. Esta formación permanente para la vida consagrada ha de estar encaminada a dar fuerza y fundamento a la identidad y al testimonio de vida, a reforzar el espíritu misionero y la valentía para tener constante disponibilidad para evangelizar, saliendo al encuentro de los nuevos areópagos de misión. A través de la vivencia de su propio carisma y de la intensidad de su vida comunitaria, los hombres y mujeres de vida consagrada aleccionan al mundo sobre los verdaderos valores que construyen la comunidad humana querida por Dios.

 

Y dado que el Sínodo ratificó lo dicho por el Santo Padre acerca de la actual emergencia educativa que consiste, fundamentalmente, en nuestra incapacidad de transmitir a las nuevas generaciones los valores evangélicos −aquellos que conducen a la persona a su plenitud y a comprometerse con el bien común−, es inevitable orientar nuestra mirada hacia los consagrados como esperanza para superar esta crisis. Sin embargo, la sal no se puede volver sosa y, como también se mencionó en el Aula sinodal, los consagrados deben resistir las varias seducciones que, en estos tiempos, tienden a alejarlos sutilmente de la fidelidad al propio carisma.


Así, pues, las casas de formación para los religiosos y los seminarios para los sacerdotes, que son los lugares de la formación inicial de estos nuevos evangelizadores, tienen el gran reto de enseñar a aprender. El discípulo que aprende a aprender asegura su continua renovación y garantiza el compromiso en la misión.

 

Epílogo

Teniendo en cuenta esta mirada de conjunto y, particularmente, lo que los Padres sinodales han señalado en relación con la necesidad e importancia de la formación de los “nuevos evangelizadores”, podemos percibir la riqueza de las intervenciones en el Aula sinodal. El Sínodo recogió el espíritu y la doctrina del Vaticano II, asumió con gran empeño las llamadas urgentes a realizar una nueva evangelización que repetidamente han hecho Juan Pablo II y Benedicto XVI y, al mismo tiempo, quisieron encuadrar todo dentro de los objetivos del Año de la Fe.


Los nuevos evangelizadores requieren de una formación permanente que les capacite espiritual, doctrinal y pastoralmente para ayudar a que todo el pueblo de Dios pueda redescubrir y estudiar los contenidos de la fe, confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza, intensificar el testimonio de la caridad y, de acuerdo a su propio estado de vida, celebrar la fe con gozo en la liturgia, sobre todo en la Eucaristía.


Puesto que todavía se hace fatigoso en algunos sectores proyectar y llevar a cabo procesos bien estructurados de formación permanente y, sobre todo, lograr la convicción de la necesidad y urgencia de ellos, es muy importante recordar lo que el mismo Sínodo de los obispos ha recomendado vivamente: tener la humildad y el coraje de una conversión pastoral. Esta categoría, surgida de modo especial en la reflexión pastoral latinoamericana, ha venido tomando fuerza e indica un proceso mediante el cual una comunidad cristiana revisa, a la luz del Evangelio, su propio estilo de vida y las prácticas e instituciones que expresan su propia vocación. Y en este sentido, se hace necesaria una evaluación permanente de los procesos pastorales y de los programas de evangelización, no sólo en cuanto se refiere a prácticas y contenidos, sino sobre todo a la adecuada preparación de quienes quieren colaborar activamente en la tarea evangelizadora de la Iglesia, a fin de que el trabajo misionero esté plenamente al servicio de la instauración del Reino de Dios.

 

Mons. Octavio Ruiz Arenas
Secretario del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización

Ponencia durante las 48ª Jornadas de Cuestiones Pastorales “Confesar la fe es un reto”, 2012

 

[6] XIII Asamblea Ordinaria del Sínodo de los Obispos, Mensaje, 8: «La obra de la evangelización no es labor exclusiva de alguien en la Iglesia sino del conjunto de las comunidades eclesiales».
[7] XIII Asamblea Ordinaria del Sinodo de los Obispos, Instrumentum Laboris, 22: «Puede evangelizar solo quien a su vez se ha dejado y se deja evangelizar, quien es capaz de dejarse renovar espiritualmente del encuentro y de la comunión vivida con Jesucristo. Como lo ha testimoniado el apóstol Pablo: «He creído, por eso he hablado» (2 Cor 4, 13).
[8] Concilio ecuménico Vaticano II, Declaración sobre la educación cristiana Gravissimum educationisProemio.
[9] Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica, Instrucción Volver a partir de Cristo: Un renovado compromiso de la vida consagrada en el Tercer Milenio (19 de Mayo 2002), 15.
[10] Exhortación apostólica Christifideles Laici , 61
[11] Congregación para el Clero, Directorio para la vida y el ministerio de los presbíteros, 69 (Las palabras son usadas en referencia al sacramento del Orden pero pueden ser aplicadas a la vida de todo cristiano).
[12] Exhortación apostólica Pastor Gregis, 24.
[13] Ibid.
[14] Christifideles Laici , 61
[15] Christifideles Laici , 57
[16] Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles Laici , 53
[17] Juan Pablo II, Exhortación apostólica Christifideles Laici , 60.
[18] S. Em. R. Card. Peter Kodwo Appiah TURKSON, Presidente del Pontificio Consiglio della Giustizia e della Pace (CITTÀ DEL VATICANO), Intervención en el Aula; proposición 24
[19]  Card. Donal Wuerl,  Relatio post-disceptationem.
[20] Cf. Juan Pablo II, Exhortación Postsinodal Vita Consacrata, n.69


NOTICIAS
ENADIR DEL SENAC II AL ENADIR 2013
La pastoral se alimenta de convergencias y de encuentros. Bajo el lema “Todos caminarán al esplendor de tu aurora (cf. Is. 60,3)” se realizó el 46° Encuentro Nacional de Directores de Catequesis (ENADIR) desde el viernes 26 y el domingo 28 de septiembre en Parque Chas, Ciudad de Buenos Aires. Los participantes trabajaron con el documento “De las propuestas a las certezas, caminando hacia las orientaciones”, en continuidad con el III Congreso Catequístico Nacional (2012). El Pbro. Fabián Esparafita, Director de la Junta Nacional de Catequesis, propuso, como objetivo de este encuentro, reflexionar y precisar las certezas, desafíos y orientaciones de este documento, a partir de un ejercicio de discernimiento, templado por el fuego del Espíritu y la temperatura de los corazones, para elaborar una posterior y renovada redacción.

Durante este encuentro tuvo su espacio, también, el Instituto Superior de Catequesis Argentino. Ana María Cincunegui y Andrea Zannol, integrantes del ISCA, hicieron la presentación de la versión 0 del texto del II SENAC. Ésta es una primera elaboración, abierta al trabajo colaborativo de los referentes catequísticos de toda la Argentina. No deja de lado las certezas del III CCN, sino que toma una de ellas: la centralidad de la Palabra e intenta profundizarla a lo largo del post – SENAC, incluyendo y articulando sugerencias, correcciones y aportes de quienes, por estar interesados en el tema, quieren abocarse a su estudio. El texto del SENAC presenta tres capítulos: Contemplar – Discernir – Proponer. Aún falta incorporar el último capítulo bajo el título de “Imaginar”; que intentará recrear un espacio de mayor libertad, concibiendo el futuro como un tiempo que trae dones. Tiempo que viene hacia nosotros cargado de oportunidades y de valores en cuyo marco podremos sumar propuestas que no rompen la comunión, sino que la enriquecen.

Cerramos este breve relato con las palabras de Juan Manuel Romero, participante de los tres encuentros: “¡Muchas de las certezas que trabajamos durante el ENADIR, surgidas de las 50 proposiciones del III CCN, las trabajamos mucho en el SENAC! ¡Tenía la búsqueda y las inquietudes re-frescas! ¡Y tuve el sentir interior de que el Señor estaba en medio de nosotros guiando, desde distintos lugares, la búsqueda de una Catequesis más honda, más vital, más encarnada!”

SENAC 2011 EL PAPA YA TIENE EN SUS MANOS EL TEXTO DEL I SENAC
JNC JUNTA NACIONAL DE CATEQUESIS
Los invitamos a ingresar al renovado sitio web de la Junta Nacional de Catequesis: http://www.catequesiscea.org.ar Allí podremos recorrer las diversas secciones que ella nos ofrece, interiorizarnos acerca de las actividades realizadas y por realizar y ver imágenes del 46º ENADIR. El 25 de noviembre pasado se realizó la última reunión de Junta del año 2013.
CONGRESO INTERNACIONAL DE CATEQUESIS UN “MICRO - SITIO” EN EL SITIO DEL ISCA
Como si hubiéramos estado allí. Ya podemos recorrer este espacio, www.isca.org.ar/congreso y vivir el Congreso Internacional de Catequesis, casi como si hubiéramos estado allí: las orientaciones previas, la ponencia de apertura a cargo del Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, las relaciones y comunicaciones de los distintos ponentes, la palabra del Papa, las conclusiones, una galería de fotografías y un video que nos acerca a la “Catequesis de los gestos”, que nos viene regalando Francisco a lo largo de estos meses de Pontificado.
NAVEGANES 3.0 NAVEGANTES 3.0
¿Conocemos las propuestas que hoy la Iglesia nos ofrece a través de la Web?  Navegantes 3.0 es un programa de televisión, conducido por el Pbro. Juan María Gallardo y el Pbro. José Luis Quijano -Rector del ISCA-, que quiere acercar contenidos valiosos que se encuentran en Internet. Un espacio de información e intercambio para los que navegamos la Web en busca de nuevas formas de anunciar el Evangelio. Podemos hacernos amigos de Navegantes 3.0 en Facebook poniendo “Me gusta” en https://www.facebook.com/navegantes3.0

El primer programa ya está en el sitio del ISCA www.isca.org.ar y, través de este link, podemos acceder al segundo programa: http://youtu.be/FsApjE-2kO8.
CATEQUESIS LA CATEQUESIS QUE LLEGA
Termina el año. A las puertas del Adviento, éste es un recorrido por las actividades de este 2014 que pronto iniciaremos:

NACIONALES

MAYO

16 al 18: Vº Encuentro de Catequesis Familiar  (ENCAF) – San Antonio de Arredondo – Prov. de Córdoba. Lema: "Hacia una Catequsis Familiar kerigmática, celebrativa y misionera".

“La catequesis familiar, implementada de diversas maneras, se ha revelado como una ayuda exitosa
a la unidad de las familias, ofreciendo además, una posibilidad eficiente de formar a los padres de familia, los jóvenes y los niños, para que sean testigos firmes de la fe en sus respectivas comunidades.” (D.A. 303)
MAYO/JUNIO

31 de mayo al 1° de junio: Encuentro Nacional de Biblia (ENABI) -  San Antonio de Arredondo – Prov. de Córdoba.

AGOSTO

8 al 10: III Seminario Nacional de Catequesis (SENAC) – La Montonera – Prov. de Buenos Aires Buenos Aires.
“La Catequesis al servicio de la Nueva Evangelización”

SEPTIEMBRE

26 al 29: Encuentro Nacional de Directores de Catequesis (ENADIR) – San Antonio de Arredondo – Prov. de Córdoba.

INTERNACIONALES
ABRIL

1º al 4: Encuentro Latinoamericano de Formación de Catequistas (rectores de institutos superiores de formación catequística) - CELAM - Bogotá.

JULIO

21 al 25 : Encuentro de Catecumenado - ISPC (Institute Catholique de París). Santiago de Chile.

OCTUBRE

5 al 19: Sínodo de la Familia - “Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización” - Roma.

 

JAVAIA JAVAIA
Este espacio del sitio del ISCA nos presenta una experiencia que llega desde la Arquidiócesis de Buenos: “Encuentros de formación básica para catequistas parroquiales”, por la Prof. Silvia Tavarozzi y  la Prof. Carla Contreras. Para leer la experiencia a la luz de un aporte teórico, la ponencia del Hno. Enzo Biemmi durante la Asamblea 2011 de la AECA.
OBSERVATORIO OBSERVATORIO CATEQUÍSTICO
Después de la encuesta realizada como servicio al “Contemplar” del II SENAC, el Observatorio del ISCA retoma su reflexión acerca de la conversión misionera de la Catequesis y nos ofrece un fragmento del texto del P. Manuel José Jiménez Rodríguez, “La Catequesis en un contexto de pastoral misionera”. Para ayudarnos a relacionar este aporte con nuestra propia práctica catequística, el foro nos ofrece esta pregunta: ¿Es eficaz el Primer Anuncio que realizamos en nuestra práctica pastoral? ¿Por qué?
CORREO DE LECTORES
 

Queridos hermanos catequistas:
Soy catequista en una escuela especial de mi ciudad, estoy necesitando ayuda. El temario de confirmación que tengo para los chicos con debilidad intelectual es abstracto y sin actividad, ellos tienen entre 15 y 21 años. Otro grupo tiene un nivel básico orientado a uno de ellos de 21 años, le pedí que dibujara su familia y solo hizo circulitos chiquitos. Otro grupo es de chicos sordos, entienden pero lo concreto y sencillo, el cuarto grupo tiene retraso madurativo, su mentalidad es entre 5 y 6 años, para ellos estuve dando los temas de catequesis y trabajaron muy bien, hicieron una lámina hermosa igual que los de nivel básico. Si alguien me puede dar una mano se los voy a agradecer mucho. ¡Que Dios los bendiga!!! Mi correo es silparnat@hotmail.com por si quieren mandar material. Desde ya muchas gracias!!

Silvia Cristina Parra
Cruz del Eje, Córdoba

 

Hola, buenos días. Soy Blanca Villanueva de Bilbao- España. Soy responsable de la Pastoral con Jóvenes en una zona. Estoy muy interesada en el PCC y en el archivo que recopila los mensajes del Papa Francisco a los catequistas. Me ha parecido muy sugerente la integración de la Comunidad en la preparación a la confirmación. ¿Tendrían algún documento que explique cómo se hace? ¿Cómo se estructura el PCC? Saber algo más sobre el Relato de la Experiencia Pastoral... Si me pudiesen ayudar, se lo agradecería enormemente.
Un cordial saludo

Blanca
blanevill@gmail.com

 

Le agradezco que compartieran los textos completos del articulo donde el Papa habla a sus Catequistas. ¡Bendiciones!!!!!! ¡Grande el Papa Francisco!!!!

Filomena Droguett
filomenadroguett@gmail.com

 
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