OBSERVAORIO CATEQUÍSTICO

¡Déjense reconciliar por Dios! y ¡Perdonen!

Jesús ha pedido el perdón y ha entregado su vida al Padre. La com­pasión omnipotente del Padre lo ha resucitado, respondiendo así a la en­trega y a la súplica. Desde entonces la historia ha recibido un don que, co­mo todo otro don, requiere ser acogido y correspondido a modo de don: ser perdonado y perdonar. Con esto entramos en la relación entre el per­dón divino y el perdón humano.
Los textos bíblicos impiden establecer esta relación indisoluble en un sentido único; la realidad es compleja y diferenciada. Ya el AT propo­ne una pedagogía del perdón que implica la primacía de los vínculos per­sonales y el fundamento teológico de la misma relación en la pertenencia común al Padre.[1] La preocupación es el perdón entre los miembros del pueblo, que es una condición para que Dios conceda el perdón (cf. Si 28, 1-9) y un requisito que también Jesús pone a sus discípulos en varias oca­siones (cf. Mt 6, 14-15; Mc 11, 25; Mt 18, 35). Esta exigencia es sostenida y desarrollada en el judaísmo posterior. Pero "nunca aparece el tema del perdón de Dios como acontecimiento primario que funda el deber del perdón".[2] En cambio, esta enseñanza de Jesús (cf. las parábolas de Mt 18, 23-34 y de Lc 7, 41-42), ligada al amor misericordioso del Padre que él manifiesta, es original suya. Más aún, esto "es específico del perdón «cris­tiano» y se enraíza en el acontecimiento singular de Cristo, sea en el Je­sús histórico, sea en Cristo muerto y resucitado «para la remisión de los pecados»".[3] Se impone una primera conclusión:

"El perdón «cristiano» es único porque hace entrar en él a Dios, y en primer lugar, y lo hace entrar para salvar. Quien ha experimentado este perdón, no puede sino perdonar del mismo modo y con la misma finalidad [...] No es, por lo tanto, un hecho puramente moral, sino eminentemente teológico-cristológico".[4]

Este perdón se da, en el doble sentido: existe y está dado, su ser es un ser-donado. Y se da para todos, tanto para la víctima como para el vic­timario.
En primer lugar para la víctima. "Perdonar" significa no encerrarse de modo irreversible en el propio sufrimiento, salir de la lógica de la ven­ganza, no dejarse definir por el mal que se ha padecido. El perdón le reve­la entonces la hondura insondable del ser humano, es decir, una relación de amor, una capacidad de amar que el victimario no ha tenido el poder de destruir ni reducir en ella. No se satisface al verse finalmente libre de un pasado terrible, sino que se arriesga a la recreación de una relación, que se­rá completamente nueva. Jesús, que en la cruz ama a sus enemigos, ofrece a cada uno la posibilidad de hacer lo mismo. Es la paradoja -milagro se­gún Arendt- que distingue a los "hijos del Altísimo" (cf. Lc 6, 35).[5]
Pero también para el victimario, para que pueda salir de la lógica de la violencia. "Pedir perdón" verdaderamente significa que la persona no sólo reconoce el mal que ha cometido, sino que se disocia radicalmente de él, padece por el padecimiento que ha provocado con su culpa e inicia un camino nuevo. El perdón le revela también a él su propia hondura, una capacidad de amar que puede recuperar para volver a vivir con dignidad y restituir con mayor amor el daño provocado. El arrepentimiento de un culpable es una revelación del milagro del poder recreador del perdón. En términos de Ricoeur, "se da menos como un «retornar» que como un ges­to inaugural".[6]
Con Jesús el perdón se da, no sólo como desatar nudos, desvinculan­do al agente de su acto, sino como un proceso de recreación del vínculo de humanidad destruido entre el victimario y la víctima, entre el ofensor y el ofendido. Superando la enemistad y la indiferencia -que son las dos for­mas de extrañamiento que se instauran entre ellos a partir del mal-, aco­giendo el don del perdón, ambos pueden reencontrarse en una amistad y una fraternidad nuevas, más allá de todo lo padecido. A ambos, y por su intermedio a muchos otros, el perdón les revela que el ser humano, cada uno, realiza su identidad profunda sólo en la relación con el otro, para la cual ha sido creado y dotado con un poder de amar indestructible.[7]
Y sin embargo, todo esto, aún testimoniado y reflexionado, ¿no pa­rece demasiado lejano, demasiado ideal, excepción loable pero siempre ajena...? ¿Quién puede trazar en medio de las ambigüedades de nuestra historia la línea exacta, indispensable, que separa la víctima del victima- rio?[8] ¿Acaso no nos tiembla el pulso?, ¿no hemos sufrido bastante ya? o tal vez han sufrido siempre otros, los que no pudieron siquiera darse cuenta.
El perdón de Dios que la pascua de Jesús ha inaugurado no sólo al­canza las figuras nítidas del ofensor y el ofendido, sino que es un don so­bre todo para todas las situaciones anónimas y cotidianas en las que esta nitidez se disuelve en una atmósfera contaminada, donde cada uno es a la vez víctima y victimario, en un entretejido de conflictos y controversias inextricables, insuperables. Sólo el perdón puede obrar entonces como factor de reconciliación, si cada uno, más allá de cualquier contabilidad o relato de los daños y las razones, se siente unido al otro y sufre porque lo ha hecho sufrir, si no por culpa propia, sí por causa propia. Lo humano encuentra así una plenitud recreada en Cristo:

"Poder recreador de lo humano, por esto el perdón es el nuevo principio de lo hu­mano. Y por esto Jesús, que es el donante del perdón es, para la tradición cristia­na, el redentor por definición y el nuevo Adán".[9]

[1]    Cf. N. Gatti, "..perché ilpiccolo diventi fratello. La pedagogia del dialogo nel cap. 18 di Matteo", Tesi Gregoriana Serie Teologia 146, Roma, Editrice Pontificia Universita Gregoriana, 2007, 212-215.
[2]    G. Segalla, "Perdono cristiano e correzione fraterna in Mt", Studia Patavina 38 (1991) 499-518 (514).
[3]    Ibid.
[4]     Es la conclusión de G. Segalla, Ibid., 518.
[5]    Cf. C. di Sante, La passione, 150-152.
[6]    Cf. P. Ricoeur, La mémoire, 638 n. 46. El autor, que ha introducido la última y necesaria distinción para justificar la confianza en un sujeto moral como digno de ser perdonado, recono­ce certeramente en este carácter inaugural del arrepentimiento cristiano una diferencia con la concepción del AT y la tradición judía, que lo entienden como un "retornar" a Dios y a su Ley.
[7]    Cf. C. di Sante, La passione, 154-155, donde el autor completa desde el dato bíblico la reflexión filosófica de base kantiana con la cual Ricreur justifica la confianza fundamental nece­saria para el perdón difícil (cf. P. Ricoeur, La mémoire, 639-642).
[8]     Primo Levi usa una metáfora espacial sugestiva: "... parece que ha llegado el tiempo de explorar el espacio que separa (¡no sólo en los Lager nazis!) las víctimas de los perseguidores [...]; sólo una retórica esquemática puede sostener que ese espacio esté vacío; jamás lo está, está constelado de figuras torpes o patéticas, que es indispensable conocer si queremos conocer la especie humana" (I sommersi e isalvati, Torino, 1986, 27-28, citado en C. di Sante, La passione, 156 n. 55).
[9]    C. di Sante, La passione, 158 (cursivas nuestras).

Soding, Gerardo José, "Padre, perdónalos"... El perdón "difícil" y la novedad de Jesús [en línea], Teología, 100 (2009)

http://bibliotecadigital.uca.edu.ar/revistas/padre-perdonalos.pdf

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