Discípulo es el que aprende, acoge y se deja transformar por la palabra y el espíritu del maestro. Como todo lo humano, se hace cada día en la escucha en el dinamismo de la propia existencia; por eso hablamos de “discipulado”. Los cristianos somos discípulos de Jesucristo, vocacionados para escuchar su voz e ir configurando nuestra historia según el Evangelio. A esa configuración existencial llamamos “seguimiento de Jesucristo”. Tienen razón algunos cuando dicen “de Jesús”, porque así se pone de relieve la conducta histórica de aquel judío que hace dos mil años vivió en Palestina; pero en la confesión cristiana Jesús y Cristo van inseparablemente unidos; según nuestra fe, aquel hombre es el Cristo, el Mesías, la Palabra, el Hijo de Dios. Quiero presentar el tema tal como se ha desarrollado en la teología latinoamericana. No sólo de algunos teólogos muy lúcidos, sino en la teología que va siendo discernido y avalada por las Conferencias del Episcopado Latinoamericano. “Anunciar el misterio de la Encarnación” (Puebla) Cuando a mediados del siglo pasado surgió con fuerza en los países latinoamericanos el clamor de las mayorías empobrecidas pidiendo liberación de una miseria inhumana, hubo muchos cristianos que, sensibles a ese clamor, desde su fe se comprometieron con ese movimiento. Pero tampoco faltaron cristianos que vieron en ese compromiso muchos riesgos para la identidad de su fe. Ello implicó una tensión dentro de la misma Iglesia. Para discernir la situación, los teólogos acudieron a la figura de Jesucristo, destacando la dimensión histórica de su humanidad. Esta es sin duda una oportunidad para leer de nuevo el dogma cristológico tratando de superar las interpretaciones parciales y la volatilización de la integridad humana de Cristo. Según el dogma, toda cristología debe decir que Jesús es el Cristo, pero la teología latinoamericana recalca que “el Cristo no es otro que Jesús“.Todo verdadero cristiano debe confesar que Jesús es Dios, pero la cristología latinoamericana destaca:” lo que es Dios sólo lo sabemos desde Jesús”. Con razón la teología latinoamericana insiste en que la conducta histórica de Jesús salvaguarda a Cristo de las muchas manipulaciones e interpretaciones falsas de su mesianismo:”en Jesús histórico se encuentra la solución al dilema de hacer de Cristo una abstracción o de funcionalizarlo inmediatamente”. La observación es de suma importancia para confesar la encarnación del verbo en todo su realismo; según Tomás de Aquino en ese misterio consiste la singularidad de la religión cristiana. Pasados diez años desde Medellín y viendo algunas desviaciones doctrinales, la Conferencia de Puebla confiesa la divinidad de Cristo “tal como la profesa la fe de la Iglesia” y declara que “no podemos desfigurar, parcializar o ideologizar la persona de Jesucristo, ya sea convirtiéndolo en un político, un líder, un revolucionario o un simple profeta”. Pero, de hecho, la V Conferencia ratifica la visión y el enfoque histórico de la teología latinoamericana: anuncio del reino de Dios, el programa de las bienaventuranzas, la conflictividad y la tentación en la vida del Mesías, su compasión ante los pobres y enfermos, su lucha contra las fuerzas de mal”. “Lo que se pretende en América Latina. al volver a Jesús, es que no se pueda presentar a Cristo en connivencia con los ídolos”. Partir de la historia de Jesús, como metodológicamente recomendable, para evitar las manipulaciones de Cristo y de Dios, es aportación valiosa de la teología latinoamericana para la buena salud de la fe cristiana y de la cristología. “Fidelidad al Espíritu de Cristo” (Juan Pablo II, en Santo Domingo) Según nuestra fe, Jesucristo es Jesús de Nazaret, un judío que vivió hacia dos mil años, y es el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios. Y aproximándonos al espacio interior de Jesús según los evangelios, nos encontramos también con el mismo Dios encarnado en el corazón de nuestra historia. En la conducta histórica de Jesús aparecen tres rasgos permanentes. Aquél hombre vive en intimidad única y singular con Dios a quien experimenta como amor gratuito y benevolente, Padre (Abba); alguien en quien siempre se puede confiar; su mediación es la vida y con su ayuda venceremos a la muerte. Esa íntima comunión de Jesús con Dios es la inspiración religiosa que da sentido a todas sus opciones y compromisos históricos. Precisamente apoyados en esa intimidad de Jesús con Dios, los primeros cristianos, iluminados por el Espíritu, confesaron la divinidad de Jesucristo. Un segundo rasgo en la conducta histórica de Jesús fue su apasionamiento por la llegada del reino de Dios; un símbolo para expresar lo que sucede en las personas y en los pueblos cuando dejan que Dios -amor gratuito-, sea el único señor en su vida. Leyendo los evangelios, se ve cómo el reino motiva y determina la trayectoria de Jesús hasta su martirio; comienza su predicación anunciando la llegada del reino, ese apasionamiento da sentido a toda su existencia -es célibe por el reino de Dios- y con la esperanza de que el reino llegue, Jesús acepta libremente y por amor la muerte cruenta e injusta. Una tercera característica en la conducta histórica de Jesús fue su debilidad por los débiles e indefensos; no soportaba la marginación de los pobres y de los religiosamente mal vistos, la exclusión de los enfermos, el rechazo social de los leprosos. Por eso curó a enfermos; contra todas las leyes de purificación, se acercó y curó a los leprosos, aceptando que le declarasen impuro; se sentó a comer con los pobres y pecadores provocando escándalo en los piadosos intolerantes. Estos tres rasgos van inseparablemente unidos y no pueden faltar en la identidad cristiana o seguimiento de Jesús. Cuando se cree tener experiencia de Dios, pero no hay apasionamiento por la llegada del reino y la fraternidad entre los seres humanos y no brota la compasión eficaz ante los excluidos, no hay encuentro con el Dios verdadero tal como se reveló en la conducta histórica de Jesús; porque en Él estaba Dios, pasó por el mundo haciendo bien, curando a los enfermos y liberando a los oprimidos por las fuerzas del mal; Jesucristo es humanización de Dios mismo, su inspiración y la fuente de toda su actividad fue religiosa. Por eso Juan Pablo II, hablando a los obispos en Puebla, reacciona contra lecturas o interpretaciones “en que se silencia la divinidad de Cristo, o se incurre de hecho en formas de interpretación reñidas con la fe de la Iglesia; Cristo sería solamente un profeta, un anunciador del reino y del amor de Dios, pero no el verdadero Hijo de Dios, ni sería por tanto el centro y el objeto del mismo mensaje evangélico”. La gran novedad de la encarnación es que Dios se autocomunica personalmente, se humaniza, asumiendo nuestra condición y corriendo nuestra misma aventura, bien podemos afirmar que “en la encarnación el Hijo de Dios, en cierto modo se ha unido a todo hombre”“.
Jesús Espejo OP Extractos de la nota publicada en la revista “medellín: teologia y pastoral para américa latina” nº 125 / marzo de 2006.
