Una eclesiología de comunión, marco para la IC La iniciación cristiana, como acción pastoral de la Iglesia, debe ubicarse en un proyecto y en un marco eclesial determinado. Particularmente la catequesis, como ministerio que acompaña al hombre creyente en su incorporación al misterio de Cristo y de la Iglesia, responde a una convicción eclesiológica y por lo mismo no puede quedar aislada del contexto pastoral y comunitario, dado que es un momento primordial de la tarea evangelizadora . Hemos de entender, pues, la catequesis, como una acción pastoral que expresa el misterio de la Iglesia, misterio de comunión evangelizadora; y por lo mismo llamada a vincularse orgánicamente con el resto de las acciones pastorales en cada Iglesia particular. Por esta razón, en este apartado señalaremos brevemente, en primer lugar los rasgos principales de una eclesiología de comunión, columna vertebral de las enseñanzas del Concilio Vaticano IIº; en segundo lugar, las razones de conveniencia, y de urgencia en algunos casos, de plasmar esta eclesiología de comunión en planes pastorales que sean orgánicos, articulados y coherentes; y finalmente, qué lugar ocupa en este proyecto-proceso evangelizador, la iniciación cristiana y, particularmente, la catequesis al servicio de ésta. Una eclesiología que refleja la comunión trinitaria. “La Iglesia es comunión vital. Los bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, creemos que Dios es comunión de tres Personas. Participando de esa comunión de la Trinidad se sanan, afianzan y promueven los vínculos y la comunión entre nosotros (…) La comunión eclesial, nacida del corazón de Cristo, es reflejo de la Trinidad” . La eclesiología de comunión, medular en el Concilio Vaticano IIº, fue propuesta como camino pastoral para el tercer milenio por el venerable Pontífice Juan Pablo IIº . Hemos pues de poner un decidido empeño programático pastoral basado en la convicción de que la Iglesia es casa y escuela de comunión (koinonía), idea que encarna y manifiesta la esencia misma del misterio de la Iglesia. La Iglesia vive con fidelidad su misión en la medida que anuncia con sus palabras y muestra con sus gestos y acciones que el don que ha recibido la lleva a irradiar con su presencia y gestar en su derredor ese Misterio de comunión en el que ella misma ha sido sumergida y marcada, y desde el cual ha sido enviada. La comunión es don, es gracia, es obra de la salvación de Cristo, es plenitud del encuentro de Dios con el hombre. Vivir la comunión es una actividad programática; se concreta en estructuras, actividades, mística y espiritualidad de la comunión. Así es propuesta y respuesta para el hombre de hoy, para sus expectativas y esperanzas. La “sed de Dios” del hombre contemporáneo se manifiesta también como “sed de comunión” . Debemos atender la fuerte exhortación de Juan Pablo II . Una pastoral orgánica. El proyecto pastoral es el marco necesario e infaltable para la catequesis ; sin él la catequesis puede convertirse en un esfuerzo vano , o al menos desorientado. Desde el marco eclesiológico descrito y desde la contemplación del rostro de Cristo se desprende la característica orgánica de nuestra pastoral: “’En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros’ (Jn. 13, 35). Si verdaderamente hemos contemplado el rostro de Cristo (…) nuestra programación pastoral se inspirará en el’ mandamiento nuevo’ que Él nos dio: ‘Así como yo os he amado, ámense también ustedes los unos a los otros’ (Jn. 13, 34)” . La organicidad de la pastoral es manifestación de la comunión y caridad de los discípulos de Jesús. Es necesario, entonces, un proyecto pastoral que busque formar comunidades vivas, donde aquel que ha sido catequizado y haya celebrado su iniciación cristiana –adulto, joven, adolescente, niño- pueda vivir y compartir la fe; así se ofrecerá a nuestra catequesis un valioso soporte, un horizonte hacia el cual caminar, alternativas de integración, ámbitos y comunidades de perseverancia en la comunidad eclesial. Un proyecto evangelizador. Es ya común en la reflexión pastoral considerar a la Evangelización como proceso dialogal, como “realidad rica, compleja y dinámica, que tiene elementos, o si se prefiere, momento esenciales y diferentes en entre sí, que es preciso saber abarcar conjuntamente, en la unidad de un único movimiento” . El primer momento de este proceso, el misionero, el del primer anuncio (kerygma), que busca transmitir la fe y suscitar una primera conversión, es indispensable. A todo hombre y a toda mujer se debe anunciar “el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios” ; mientras no se anuncie esto no hay evangelización verdadera. Dentro de este proceso, el momento catequístico, es profundización y estructuración del momento misionero, es acompañamiento maternal de La Iglesia a aquellos que acuden a ella interesados por progresar en el encuentro con Jesucristo, es fundamentación y maduración de la fe inicial, En esta etapa la Iglesia, al transmitir la fe y la vida nueva, actúa como madre que engendra unos hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios, y los ayuda a crecer en la vida de fe, capacitándolos para que puedan expresar en forma consciente, libre y responsable su profesión de fe, como aceptación de las verdades reveladas y adhesión plena a nuestro Señor Jesucristo, camino, verdad y vida. Conviene repasar los conceptos de Catechesi Tradendae y del Directorio Catequístico General con respecto a la relación entre el Primer Anuncio (kerygma) y la Catequesis propiamente dicha Este momento lo identificamos con la iniciación cristiana; en ella se integran la propuesta de Dios y la respuesta del hombre en la comunidad eclesial; y dadas las circunstancias sociales, culturales, eclesiales en las que ha de desarrollarse entendemos que debe asumir las características propias de la que fuera desarrollada en los primeros siglos de la Iglesia en el catecumenado de adultos, asumiendo las riquezas que a lo largo de la tradición ha desarrollado y purificándose de aquellas que sólo fueron ocasionales o propias de algún momento de la historia. El Directorio General Catequístico dice al respecto: “Dado que la ‘misión ad gentes’ es el paradigma de toda la acción misionera de la Iglesia, el catecumenado bautismal a ella inherente es el modelo inspirador de su acción catequizadora. Por ello, es conveniente subrayar los elementos del catecumenado que deben inspirar la catequesis actual y el significado de esta inspiración” . Podríamos decir entonces que estamos ante la necesidad de un cambio de paradigma de la iniciación cristiana, en el que, sobre aquel estilo catecumenal, se destaque un acento kerigmático transversal y la celebración de los sacramentos, a la vez que exprese la respuesta del hombre –su profesión de fe- y lo disponga a seguir creciendo en la fe, de tal modo que asistido por la misma gracia de Dios, este discípulo misionero de Jesucristo, participe activamente de la aventura evangelizadora viviendo con conciencia y fervor su compromiso con la Iglesia y el mundo . Una necesidad urgente. El documento de Aparecida nos habla de la urgente necesidad de una conversión pastoral para poder responder a esta tarea evangelizadora misionera . Entre las Acciones destacadas a las que se refiere Navega Mar Adentro recordamos aquí la segunda: “Acompañar a todos los bautizados hacia el pleno encuentro con Jesucristo” . Toca de lleno la tarea pastoral misionera y catequística, y ante la mirada sobre la realidad eclesial descrita por los obispos en Aparecida, se hace más viva y urgente aquella exhortación del episcopado argentino: “Ante esa realidad de fragilidad espiritual, cada vez más acentuada, tenemos que poner un particular empeño para que, mediante un vigoroso anuncio del Evangelio, ningún bautizado quede sin completar su iniciación cristiana, facilitando la preparación y el acceso a los sacramentos de la Confirmación, la Reconciliación y la Eucaristía (…) Todos los esfuerzos, mediante la implementación del itinerario catequístico permanente y el asiduo recurso al Catecismo de la Iglesia Católica, han de dirigirse a una renovación de la catequesis para que cada uno de los bautizados experimente cada vez más la presencia y cercanía de Cristo vivo en su Iglesia en la participación en el Sacrificio eucarístico” . Atentos a este urgido e insistente consejo de conversión pastoral y catequística nos proponemos en los capítulos siguientes “ofrecer una modalidad operativa de iniciación cristiana que, además de marcar el qué, dé también elementos para el quién, el cómo y el dónde se realiza” . PARA AMPLIAR Y PROFUNDIZAR  Anexo: El nuevo paradigma de la Catequesis desde el Instituto Internacional de Catequesis Lumen Vitae: Hacia comunidades catequizadas y catequizantes. http://www.isca.org.ar/jornadas/senac/catei001.php REZAMOS LO APRENDIDO Leemos y ponemos en oración lo que SS Juan Pablo II nos proponía en este documento… Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo. ¿Qué significa todo esto en concreto? También aquí la reflexión podría hacerse enseguida operativa, pero sería equivocado dejarse llevar por este primer impulso. Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano, donde se educan los ministros del altar, las personas consagradas y los agentes pastorales, donde se construyen las familias y las comunidades. Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos que están a nuestro lado. Espiritualidad de la comunión significa, además, capacidad de sentir al hermano de fe en la unidad profunda del Cuerpo místico y, por tanto, como « uno que me pertenece », para saber compartir sus alegrías y sus sufrimientos, para intuir sus deseos y atender a sus necesidades, para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de la comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un « don para mí », además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. En fin, espiritualidad de la comunión es saber « dar espacio » al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros (cf. Ga 6,2) y rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad, ganas de hacer carrera, desconfianza y envidias. No nos hagamos ilusiones: sin este camino espiritual, de poco servirían los instrumentos externos de la comunión. Se convertirían en medios sin alma, máscaras de comunión más que sus modos de expresión y crecimiento. Novo Millenio Ineunte Nº43