Varios hechos intra y extra eclesiales nos obligan a revisar el uso, la eficacia y la calidad de nuestros lenguajes catequísticos, pues está en juego la credibilidad de nuestra comunicación y de nuestro mensaje. En la cultura actual quien tiene el poder de la comunicación tiene los demás poderes. El lenguaje y la comunicación están en el centro de los intereses de está cultura, por todo lo que suponen de dominio, de influencia, de persuasión y de transformación de las mentes y los valores a las conductas humanas. La cultura contemporánea ha hecho de la comunicación una especie de religión a la que se sacrifica tiempo, dinero, tecnología, familia, descanso y aún la vida misma con tal de ser los primeros en conseguir la noticia fresca. Vivimos una verdadera guerra de la comunicación. La comunicación moderna ha convertido al planeta en una aldea. Existen hoy los nuevos magos de la comunicación que guían a la humanidad desde sus bases ocultas o visibles: telecomunicadores, periodistas, fotógrafos, publicistas, cineastas, manipuladores de satélites, expertos en informática… La comunicación humana cotidiana se ha transformado en un gigantesco fenómeno de proporciones planetarias al que nadie puede escapar. Por su parte la Iglesia sigue atada a modelos de comunicación y a lenguajes que no logran afectar los centros vitales de sus interlocutores. Hay en ella, en su pastoral, y en sus pastores un sentimiento de perplejidad y de impotencia. Teniendo un mensaje de gran calidad y de mucha actualidad, no saben cómo decirlo, o lo dicen sin fuerza, o francamente no lo dicen de ninguna forma. Y así el Evangelio está en desventaja con relación a otros mensajes que se proclaman.