La esperanza es la unión de la espera con la andanza. La gente de esperanza sabe ser paciente y activa al mismo tiempo, porque una parte de su esperanza le pide permanecer, y otra parte le está pidiendo que salga hacia el encuentro de aquello que está esperando. Existen dos desviaciones de la esperanza: la pasividad (esperar sin hacer nada) y el voluntarismo (suponer que todo depende de la acción o la inacción de uno mismo). El cultivo de la esperanza necesita de un equilibrio muy sutil entre presente y futuro. No es una tarea para apresurados. Ni para ilusos. A esta altura del año los catequistas podemos estar cansados, y es posible que perdamos de vista esa esperanza. Dice Francisco Merlos Arroyo: “La existencia está sujeta a un deterioro normal que llamamos decadencia. Es un fantasma que nunca se aparta de los procesos vitales. Es probable que tal desgaste se agrave por la desesperanza; la frustración o la fatiga. La lentitud con que se avanza, los escasos resultados, la pérdida de sensibilidad histórica o las resistencias al cambio pueden engendrar el sentimiento de que la catequesis y los catequistas están arando en el mar”. “Los que estamos comprometidos con el ministerio de la catequesis estamos llamados a reactivar nuestra reserva de energías espirituales para doblegar la tentación que confunde cansancio con derrota, decadencia con incapacidad y lentitud con ineficiencia. La catequesis no es de esas realidades que se agotan en una generación. La desesperanza no puede ser hija de la sabiduría”. Ser catequista es ser un “esperante”, un esperanzado, por definición. El Concilio Vaticano II nos habla desde esta bellísima metáfora de la Iglesia que es el Pueblo en marcha. Adviento es un tiempo de esperanza. Eso significa que es una marcha al encuentro de aquello que está por venir. A esta tensión entre actividad y espera que vivimos en nuestra vida de fe le llegan unas semanas de descanso en la certidumbre de lo que va a llegar. Mariano Nicolás Donadío