En las relaciones interpersonales y grupales, el lenguaje tiene lugar privilegiado, como elemento de identidad y de pertenencia. Por el lenguaje el individuo sale de su aislamiento, para relacionarse con los demás, para realizar ellos un encuentro” Ese encuentro exige algo más que simples palabras. Exige una apertura, una manifestación, una revelación del propio ser, del misterio personal. El lenguaje no es simple juego de palabras, sino intercambio de valores, experiencias y convicciones; se hace dinámico, creativo, vital. En estas condiciones, sólo hablamos de lo que hemos vivido, de lo que hemos incorporado en nuestra personalidad, mediante un largo proceso de interiorización. Si esto es así, el lenguaje expresa nuestra experiencia de vida e interpela la experiencia de nuestro interlocutor. Por otra parte, el lenguaje está al servicio de una auténtica comunicación; vivir es comunicarse. El hombre es un mensaje, un libro abierto para los demás: comunica con su presencia, con su rostro, su mirada, su manera de ser, de reír, de guardar silencio… La comunicación es para el hombre condición de supervivencia, de crecimiento, de realización y liberación. Esta aptitud para comunicarse está al servicio de la relación humana, de vivencia con los demás. En el ámbito de las relaciones interpersonales, el lenguaje es la clave, el conjunto de signos y símbolos que sirven para interpretar grupalmente la realidad. El conocimiento y la aceptación de esa clave, código, hace que los miembros de un grupo sintonicen determinados juicios de valor, se acepten libremente, sin interferencias ni ambigüedades. En esta convivencia humana, el lenguaje es elemento de comunión, medio de compartir existencias. Hablar el mismo lenguaje no significa solamente pronunciar las mismas palabras y hacer los mismos gestos; significa buscar la propia identidad, mediante una clave de interpretación de la realidad, del hombre y de la historia. En el ámbito de la catequesis, sin entrar en precisiones y clasificaciones propias de la lingüística, podemos hablar de tres clases de lenguaje, que corresponden a tres niveles de profundidad en la comunicación. A. Lenguaje formalista Es el lenguaje que empleamos a nivel de funciones, del trabajo, de profesión, de los quehaceres del diario vivir. Compromete la zona superficial de nuestra personalidad, aquello que nos cataloga como miembros de una sociedad, como funcionarios, como personajes. Este lenguaje no toca los centros vitales, ni de la fuente ni del perceptor; es elemento de comunicación a nivel de eficiencia y desempeño; más útil para la transmisión de conceptos, que para el encuentro personal. Con frecuencia cae en el verbalismo, en la rutina y en la demagogia. Si el catequista utiliza esta forma de lenguaje, se presentará como profesor de religión, que enseña contenidos, que evalúa el proceso de aprendizaje, que maneja con mayor o menor fortuna un conjunto de habilidades y técnicas, pero que no se interesa ni por la persona ni la vida de sus oyentes. B. El lenguaje científico Se caracteriza por la precisión y rigor de la expresión, al servicio del saber intelectual. Es el lenguaje propio de los ambientes académicos y técnicos, expresión de resultados obtenidos mediante la investigación científica y el rigor de la comprobación. Este lenguaje, de alto valor intelectual, es por otra parte frío, ajeno a manifestaciones afectivas y emocionales. Suscita en el oyente, un asentimiento puramente racional. Si el catequista se sirve de este lenguaje, tendrá una actitud magistral, verticalista, de quien enseña al que no sabe. Hará un monólogo en que interlocutor se limita a escuchar, aceptar y repetir lo que se le enseña. Suscitará, quizás, inquietudes de investigación, pero no motivará actitudes de cambio y compromiso. C. E1 lenguaje existencial Este lenguaje no se limita a expresar simples conocimientos; expresa experiencias vividas por el emisor y suscita respuestas igualmente vivenciales en el perceptor. Este lenguaje afecta los niveles profundos del ser humano, sus valores, las motivaciones profundas de su existencia. No necesita artificios ni persuade con la sola argumentación lógica: convence con la fuerza de los hechos y la convicción de la experiencia. El lenguaje existencial permite a la persona manifestarse tal como es, en plenitud; ella misma es el mensaje. A nivel catequístico, este lenguaje es la expresión de una experiencia de fe, de encuentro profundo con el hombre y con Dios. El cristiano convencido habla con su vida, con sus gestos y actitudes¬, más que con sus palabras. Luis Vallejo Bolaños: “Jesús el maestro: pastoral catequética”. Universidad Santo Tomás. Bogotá. 1990. P. 183-185