Hacia una catequesis iniciática La catequesis debe ser una iniciación al misterio cristiano, lo cual supone la puesta en práctica de una pedagogía iniciática que no pretenda tanto enseñar o transmitir un mensaje cuanto ofrecer una vida que sólo será posible experimentar mediante la inmersión en el baño simbólico que constituye su alma. La crisis de la transmisión de la fe, hoy, se debe en parte a la ausencia de una verdadera iniciación cristiana. La praxis catequética, en definitiva, ha permanecido fija en la vertiente de la inteligencia y la comprensión de la fe, por lo cual parece necesario promover una auténtica experiencia de la vivencia cristiana y, en este sentido, repensar la catequesis como proceso iniciático. ¿Cuáles son las condiciones en las que hoy es posible una pedagogía de la iniciación? La iniciación es siempre una “experiencia simbólica global” que implica aspectos tanto institucionales como personales. Desde el punto de vista institucional destacan dos convicciones: por una parte, el papel fundamental de la comunidad cristiana, verdadero ambiente vital y soporte de todo camino de iniciación; por otra parte la necesidad de que la misma comunidad y sus agentes (los “catequistas”) vivan ellos mismos un proceso iniciático. Los “iniciadores” son los primeros que deben ser iniciados, quienes deben hacer la experiencia concreta de que el Evangelio transforma la vida. Esto supone, en los catequistas, una formación de tipo iniciático. En el aspecto personal, la iniciación afecta a todas las dimensiones de la persona: cuerpo, corazón, memoria, inteligencia, etc. y se realiza mediante una inmersión vital en la experiencia litúrgica, en la escucha de la palabra y también en el compromiso y el servicio al prójimo. Son tres dimensiones que se presentan como una “gramática cristiana de la existencia creyente”. La iniciación no está en la línea de la resolución de un problema, sino más bien en la de la experiencia, estructurada simbólica y ritualmente, de un misterio. Esto obliga a plantear de una forma nueva el tema del lenguaje de la fe, repensado sobre todo en clave bíblica, litúrgica y existencial. No se trata de ofrecer, por parte de los catequistas, un lenguaje ya prefabricado y listo, sino más bien de ayudar a los catequizandos a recorrer su propio camino de búsqueda y adaptación del lenguaje cristiano. Una última advertencia: la experiencia iniciática obliga incluso a revisar los tradicionales dualismos: hombre y cristiano, humanización y cristianización, cuerpo y alma, a la búsqueda de una perspectiva unitaria y global. Hacia el futuro La tarea del catequista se presenta ciertamente difícil en nuestra sociedad. Los catequistas se hacen hoy un serio replanteamiento de su misión y una nueva política de acción pastoral y catequética. En particular, es urgente dar primacía al primer anuncio de la fe, pero debemos reconocer que no tenemos aún la “gramática” de este primer anuncio. Se nos abre la perspectiva de tener que formar catequistas capaces de ser creativos, capaces de abrir caminos nuevos a la catequesis. Es necesario reconocer que estamos hablando de perspectivas y exigencias en amplia medida aún no realizadas, lentas para entrar en la mentalidad y en la praxis de los responsables de la acción pastoral. En el campo de la renovación catequética hay que reconocer que el magisterio oficial y la reflexión se hallan mucho más avanzados que la práctica concreta pastoral y catequética. Decididamente ha llegado el fin de la “cristiandad”, y es necesario tomar nota de ello con claridad y decisión. Nuestra pastoral no podrá ya limitarse a introducir adaptaciones y remiendos parciales: se impone una opción evangelizadora proclamada e invocada hoy ya por todas partes- que exige ser tomada verdaderamente en serio y hacer efectiva aquella “conversión pastoral” que reclaman los tiempos.
P. Emilio Alberich Sotomayor
