Estimados amigos: En el documento del I SENAC, en su Nº 30 dijimos:… ‘En la Catequesis Misionera, Dios sale al encuentro del hombre en su situación y busca acompañarlo en el camino de la vida, para que él pueda encontrarse con el Dios de la Vida, que da sentido a la existencia y que quiere llegar a todos, privilegiando a los que están alejados… Si la propuesta del Evangelio llega al corazón, la persona está en condiciones de dar su respuesta de fe. Es aquí donde se produce la verdadera transformación, este es el lugar de la conversión.’ En este año volvemos a reunirnos en San Antonio de Arredondo para seguir transitando este camino de transformación que, por un lado, se refiere a nuestra propia conversión y, por otro, a esa conversión pastoral que tan en claro nos ha dejado el Documento de Aparecida, conversión pastoral en la que se halla implicada también la catequesis. Entre las conversiones que hoy ha de realizar el ministerio catequístico señalamos, durante el I SENAC, su acentuación misionera: una catequesis que rompe la indiferencia con la fuerza y la atrayente novedad del Evangelio. Hoy, con ocasión del II SENAC, nos centramos en la Palabra de Dios. No puede haber catequesis auténticamente misionera si ella no pronuncia la Palabra forjadora del encuentro, Palabra que acerca y reúne en torno a la Verdad. La concepción de la Palabra de Dios, como acontecimiento salvífico, es superadora de una visión “depositaria” de la Revelación, que la reduce a un conjunto de enunciados, a un cuerpo doctrinal o a la mera lectura de la Sagrada Escritura. “Se llega a pensar que basta transmitir materialmente algunas verdades, a leer la Biblia, o enseñar tal doctrina para que automáticamente se realice el acontecimiento de la Palabra de Dios. Tanto la reflexión teológica como la conciencia cristiana nos dicen que la mediación eclesial de la Palabra de Dios no puede consistir en un proceso tan automático y casi mecánico.” (Emilio Alberich) Hay una clara relación entre teología de la Revelación y catequesis: a cada visión teológica de la Revelación, corresponde una cierta concepción de la catequesis. En las últimas décadas ha tenido lugar un cambio notable en la concepción de la Revelación y la Palabra de Dios. Superada una visión prevalentemente intelectual, se ha pasado a una concepción más existencial, abierta a la historia, personalista y centrada en el cristocentrismo trinitario. En el contexto existencial y cultural en el que vivimos, la persona humane parece no ser feliz y haber perdido el rumbo. Siendo un ser contingente, necesitado de Dios y llamado a salir de sí mismo para ir al encuentro de los otros y del Otro, se manifiesta encerrado en el descreimiento, la desesperanza y el egoísmo. El hombre y la mujer de todos los tiempos se han hecho la trascendental pregunta acerca de su origen y de su fin Último. La contingencia de su ser los lleva a preguntarse de donde vienen y hacia dónde van. Perdidos en el sinsentido, muchos parecen haber quedado huérfanos y desconcertados. La posibilidad de plantearse las preguntas acerca del origen y del sentido de la existencia ponen de manifiesto que el ser humano es un ser finito capaz de lo infinito. La Palabra es lugar privilegiado para el encuentro entre Dios, que toma la iniciativa y se revela, y el hombre que. lo busca, a veces sin saberlo, y lo encuentra en la respuesta de la fe. Hay una búsqueda humana de Dios, animada por la acción del Espíritu. Y en el encuentro con Dios, el hombre se encuentra y se conoce a sí mismo y conoce al prójimo, haciéndose cada vez más disponible para el encuentro, la fraternidad y la comunidad. La autocomunicación de Dios tiene una pedagogía paulatina que conduce, poco a poco, a la plenitud. Al principio se comunica de modo imperfecto a través de la creación y los profetas y, por fin, se manifestó luego a través de su propio Hijo, culmen de toda Revelación, sentido final de todo encuentro, testimonio perfecto de fraternidad y piedra angular de la comunidad eclesial. En el tiempo de la Iglesia, la catequesis es anuncio y mediación de la Revelación. Ella transmite la verdad que Jesús comunica o, más exactamente, la verdad que Él es. ‘El Único que enseña es Cristo, y cualquier otro lo hace en la medida en que es portavoz suyo, permitiendo que Cristo enseñe por su boca,” Los invito a seguir reflexionando juntos. El mundo tiene hambre de Cristo, solo hacen falta hombres y mujeres capaces de provocar una inspiradora reflexión que nos permita llevar a la vida aquella feliz expresión del libro del Apocalipsis 21.5: ‘Yo hago nuevas todas las cosas.’ Pbro. José Luis Quijano