América es una unidad plural. El nombre, América en singular o las Américas en plural, está ligado a la cuestión misma de América. Una visión deficiente la caracteriza sólo con un criterio geográfico viéndola como “una” realidad continental o como la suma de “cuatro” regiones: Norte, Centro, Caribe y Sur. Pero ¿cómo considerar a México, ubicado geográfica y económicamente en el Norte, pero que pertenece histórica, social y culturalmente al Sur? Esa realidad requiere introducir determinaciones cualitativas acerca de lo común y lo diverso. Por ejemplo, en lo religioso hay cierta identidad cristiana de América y emerge una Iglesia joven de 500 años. La primacía del factor religioso que marca la unidad cristiana resulta clave en Ecclesia in America (EIA 14). En lo socioeconómico hay enormes y crecientes desigualdades entre ricos y pobres entre el norte y el sur, en el sur -el subcontinente más desigual del mundo- y aún en el norte. Las iglesias cristianas están llamadas a ser sacramento de comunión solidaria entre naciones del norte y el sur, e impulsar una comunidad americana más justa. Para los representantes de los Obispos del Cono Sur, “un verdadero proceso de integración de América debe basarse en una política continental que tenga en cuenta los derechos humanos y los principios de la soberanía, la justicia, la solidaridad y el respeto a las identidades culturales de los pueblos”. En esa línea pienso que nuestros pueblos tendrán que jugar su destino en diversos procesos abiertos, conflictivos y entrelazados. Con el ideal y la opción por construir una comunidad regional de naciones deben avanzar en la integración latinoamercana. Desde esa base de unidad subcontinental deben apuntar a la sociedad americana en su conjunto, la asociación con Europa, y los lazos con China, Rusia, India, Japón y todos los pueblos. Si queremos que las intercambios generen vínculos estables deben tener fundamentos sólidos. Un regionalismo integral exige la promoción de valores culturales comunes y una ciudadanía plena para todos. La integración debe ser entendida y vivida no sólo como mercado a nivel económico, ni sólo como región a nivel político, sino como una comunidad de naciones a nivel histórico-cultural. Además de ser una sociedad de necesidades, intereses y actividades, debe ser una comunidad de valores, aspiraciones e instituciones. Para eso hay que promover una integración multidimensional que comprometa a las comunidades de la sociedad civil. Recuerdo que el magisterio pontificio reconoce la subjetividad de la sociedad (CA 49) ante el peligro de absolutizar el Estado o el mercado, instituciones políticas y económicas que deben estar al servicio de la persona y la sociedad. La emergencia de la sociedad civil forma un nuevo espacio de actuación en los países para movimientos organizados en redes solidarias. Si Puebla asumió el tema de los valores y estructuras en la cultura, Aparecida podría plantear el tema del aporte cultural de la sociedad civil al bien común nacional, regional e internacional. En este proceso nuestras iglesias, desde su arraigo histórico, su comunión orgánica y su misión evangelizadora, pueden hacer un importante aporte para querer eficazmente un ideal histórico común. En camino a Aparecida me pregunto si episcopados, fieles y comunidades, incluyendo a los teólogos, somos concientes del desafío que tiene apostar por la región y el continente. El aprendizaje para vivir la comunión entre los diferentes debe marcar los procesos de integración intracontinental y las formas de asociación intercontinental. Así como en la identidad europea juegan las alteridades de las culturas latinas, bizantinas, celtas, germánicas, eslavas, húngaras, en la fisonomía latinoamericana y caribeña tienen su propio peso los componentes hispanos y lusitanos, aborígenes y africanos, mestizos y criollos, inmigrantes y europeomodernos. Incluso se habla de tres áreas: Indolatinoamérica, Eurolatinoamérica, Afrolatinoamérica en una América Latina cuyas áreas se amplían si se consideran a México y el Caribe. Si “el mayor don que ha recibido América es su fe” (EIA 14), la fe cristiana es el bien más grande que América Latina y El Caribe pueden dar desde su pobreza ad gentes. Algo parecido afirmó Juan Pablo II de Europa: “el cristianismo ha sido en nuestro continente un factor primario de unidad entre los pueblos y las culturas, y de promoción integral del hombre y de sus derechos”, en consonancia con el primer sínodo europeo: “la fe cristiana pertenece de forma decisiva al fundamento permanente y radical de Europa”. Por esta comprensión de las relaciones entre la fe cristiana y las culturas históricas de Europa y América, todo servicio de la Iglesia a la unidad entre los pueblos debe fundarse en la fe que afirma el cristocentrismo trinitario como un potencial que promueve la dignidad humana en la comunión fraterna. Esta fe proclama que Jesucristo es el rostro humano de Dios y el rostro divino del hombre (EIA 67). En el Señor encontramos los rostros de los que sufren (Mt 25,44-45), recuerdan los papas (NMI 49, DCE 15) y las conferencias anteriores: los rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo (SD 178). Benedicto XVI retoma la imagen del rostro en ese doble sentido: Cristo es el rostro de Dios; el ser humano, en especial el pobre, es el rostro de Cristo. En una entrevista dijo: “El asunto fundamental es que debemos descubrir a Dios, no a un Dios cualquiera, sino al Dios que tiene rostro humano, porque cuando vemos a Jesucristo vemos a Dios”. La caridad de la Iglesia a los pobres “es un ámbito que caracteriza de manera decisiva la vida cristiana, el estilo eclesial y la programación pastoral” (NMI 49). El Pueblo de Dios en América Latina y El Caribe vive la fe en condiciones de pobreza y asume la pobreza desde su fe, siendo la Iglesia de los pobres y verificando que es la Iglesia de todos al abrazar a los últimos. La opción por los pobres manifiesta la catolicidad eclesial que se concreta en la predilección por los más pequeños en los niveles pastoral, teológico y espiritual. En los últimos cincuenta años el producto bruto global creció nueve veces y la renta per capita en promedio se triplicó. Pero las desigualdades crecieron en forma escandolosa: el 20% más pobre del mundo percibe hoy, como en 1960, el 2% de la renta, mientras que el 20% más rico duplicó su cuota del 30 al 60% del total. Si bien en 2006 América Latina creció a un 4,5%, todavía 205 millones de latinoamericanos viven bajo la línea de pobreza, lo que es el 38,5% del total. Ella “es la región del mundo emergente que menos crece y donde es más bajo el progreso social… la que tiene mayor desigualdad y la que está reduciendo menos la pobreza”. Por eso hoy se requiere una nueva imaginación de la justicia y de la caridad (NMI 50) ante el creciente abismo entre el norte y el sur. Hay que urgir tal opción a nivel nacional, americano e internacional, en favor de los pobres de los pueblos y los pueblos más pobres, testimoniando que el Sur también existe. La Iglesia católica latinoamericana y caribeña tiene la responsabilidad de ser sacramento de solidaridad al compartir la suerte de las multitudes crucificadas y esperanzadas del sur del mundo, donde vivirán la mayoría de los católicos. Ella debe vivir la fe de un modo más coherente, para traducirla en una colaboración con una convivencia con más democracia, desarrollo y justicia entre tanta inequidad, exclusión y corrupción. P. Ricoeur sobre la intencionalidad ética como el tender a un vida buena y feliz, con y para otros, en instituciones justas. Recuperando la noción aristotélica de acción, y en diálogo con H. Arendt, quien planteó el querer vivir y actuar juntos como base del poder-en-común, Ricoeur entiende la estructura última del vivir-juntos en una comunidad histórica concreta -local, nacional o regional- a partir de ethos de un pueblo, formado por las costumbres éticas comunes y por las reglas jurídicas coactivas. Ese vínculo social es duradero si logra conjugar la pluralidad irreductible de los sujetos con la concertación fundante en torno a los bienes públicos. Este aporte intensifica la pregunta: en cada nación y en nuestra región ¿queremos vivir, proyectar, decidir, actuar y poder en común mediante hábitos compartidos e instituciones justas?

Pbro. Carlos María Galli

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