Decíamos en nuestra nota anterior que la autodefinición y el propio reconocimiento le implicará al adolescente una dura tarea. Son tiempos de grandes cambios corporales, despertar sexual, sensibilidad exacerbada, necesidad de aprobación por parte de sus pares. El adolescente posee una especial vulnerabilidad para asimilar los impactos proyectivos de padres, hermanos, amigos y de toda la sociedad, es decir, por su inestabilidad interna se transforma en un receptáculo propicio para asumir los aspectos más enfermos o críticos del medio en que actúa. También para los mensajes que fomentan el consumo, que crean necesidades y estimulan el sentir, el tener y el placer como antepuestos al ser. “Jesucristo es la «buena nueva» de la salvación comunicada a los hombres de ayer, de hoy y de siempre; pero al mismo tiempo es también el primer y supremo evangelizador. La Iglesia debe centrar su atención pastoral y su acción evangelizadora en Jesucristo crucificado y resucitado. «Todo lo que se proyecte en el campo eclesial ha de partir de Cristo y de su Evangelio». Por lo cual, «la Iglesia en América debe hablar cada vez más de Jesucristo, rostro humano de Dios y rostro divino del hombre. Este anuncio es el que realmente sacude a los hombres, despierta y transforma los ánimos, es decir, convierte. Cristo ha de ser anunciado con gozo y con fuerza, pero principalmente con el testimonio de la propia vida». (Juan Pablo II Exhortación Apostólica Postsinodal “La Iglesia en América” 1999). Es frecuente escuchar de los adultos voces como estas: “Los adolescentes de hoy no tienen búsquedas, no piensan, no sueñan”, “Los chicos no quieren proyectarse, no les importa nada”, “Son insensibles, no hay con qué darles”, “No les importa la fe ni tampoco los problemas de la humanidad”… “¿Qué hacemos con ellos?” Me pregunto y les pregunto: ¿No será la indiferencia una defensa frente a tanta agresión y desconcierto? ¿No será que no piensan como nosotros deseamos o esperamos pero sí lo hacen con nuevos códigos y formas? Las horas interminables en el “chat” buscando interlocutores desconocidos o amigos “de los que siempre están ahí para decirte algo”. El desenfreno en el alcohol, la velocidad, el vértigo, las drogas… ¿No expresan acaso una búsqueda profunda, un vacío inmenso, una necesidad de ser completados de alguna manera? Desde la pastoral, la catequesis: ¿qué les ofrecemos? ¿Qué caminos hemos encontrado hasta ahora para el diálogo y la comunicación de la fe? En nuestro nuevo Taller virtual “Los adolescentes y la fe” hemos abierto un espacio para los que deseen encontrarse con respuestas a estas preguntas. Pueden dirigirse a http://www.isca.org.ar/adolescentes.htm Lic. María Estela Guita (Lili) meguita@sion.com