Al intentar definir la comunicación, es preciso indicar lo que no es, y con mayor razón, cuando todavía se la sigue confundiendo con las tecnologías o con determinadas funciones psicológicas y sociales de la interacción humana. Por una parte, la comunicación no puede ni debe reducirse a los “medios”. Aún persiste en muchos ámbitos -incluidos algunos de la Iglesia- una mentalidad según la cual la tenencia y el uso de aparatos tecnológicos cada vez más sofisticados es lo que hace que se “produzca” la comunicación. Una mentalidad mágica que acoge ingenuamente los medios con toda la implicación mítica que le ha conferido la tecnocracia, es decir, la absolutización de la técnica que pone al hombre la servicio de ésta, en lugar de que ocurra lo contrario. Una buena parte de la literatura científica y de manual sobre comunicación concede excesiva importancia a los medios en si, cayendo de alguna manera en el error previamente señalado: creer que el desarrollo tecnológico de los modernos medios de comunicación es el factor desencadenante de un problema de comunicaciones antes inexistente. Esta posición teórica es incorrecta. La nuevas tecnologías solo han expandido una función, la de comunicarse, que es esencial, permanente e inherente a la naturaleza social del hombre. Los nuevos medios (…) solo han venido a ampliar una capacidad preexistente y de facilitar una función esencial, no a engendrarla. Por lo tanto (y sin desconocer que existe una problemática relativa sobre todo al uso y posesión de los modernos medios), el problema esencial sigue siendo el de la comunicación interhumana, y no el de los medios en su desarrollo. Lo que debe definirse en propiedad es el proceso de comunicación (o como diremos más adelante, la relación de comunicación), y no tanto la función de canal, transportador o vehículo de los mensajes encargada al medio. El medio no es la comunicación (el medio ni siquiera es el mensaje), sólo desempeña una importante, específica y limitada función dentro de la relación de comunicación. (PASQUALI, A. Comprender la comunicación, ED. Monte Ávila, Caracas 1980). Por otra parte, hay que tener presente la diferenciación entre la comunicación como tal y otras actividades que, siendo funciones específicas inherentes a la comunicación, no deben confundirse con ella: la información, la persuasión, la organización, la instrucción, la recreación. Todas estas son funciones que indican objetivos inmediatos posibles dentro de de un proceso de comunicación, pero ninguna de ellas -ni la suma de todas- puede constituir la comunicación en cuanto a tal. De hecho, pueden darse estos fenómenos sin que haya comunicación, al no generar personalización, participación y “comunión”, y eso es precisamente lo que ocurre a menudo con el uso de los medios en una sociedad altamente tecnificada e informatizada, pero incomunicada. Hay dos conceptos que deben distinguirse claramente de la comunicación: el de la expresión y el de la difusión. La expresión se refiere al uso de lenguajes y de signos, tanto verbales como no verbales, con el fin intencional (consciente o inconsciente) de manifestar o dar a conocer ideas, sentimientos, experiencias o vivencias. Tanto la ciencia como el arte, en cuanto actividades propias del hombre, se hacen posibles a través de la expresión de contenidos mentales. Sin embargo, la sola expresión no constituye de por sí la comunicación, aunque toda comunicación la supone y exige. Por otra parte, la difusión hace referencia a la diseminación de mensajes en un ámbito social relativamente amplio. Tampoco la sola difusión constituye de por sí la comunicación en su “deber ser”, aunque puede contribuir a que esta se de. Ambos elementos, expresión y difusión, forman parte de la comunicación social, pero ninguno de ellos, ni su suma, produce la comunicación. Es la situación de diálogo (entre dos o más personas) que implica la participación activa y autónoma de los sujetos en interacción, lo que constituye la esencia de la comunicación humana. Es en la tensión vital del ser humano entre violencia y discurso, en la soledad como frustración humana de no estar en comunión con otros, y en la realidad flagrante de la incomunicación, donde se arraiga la posibilidad misma de la comunicación. La comunicación es posible en la medida en que se logra franquear el abismo de absoluta soledad que constituye la vida psíquica de cada hombre. Ese milagro se realiza fundamentalmente por la posibilidad que el hombre tiene de entender, por la manera como el hombre genera y comparte significaciones y valores, por la mutua comprensión del discurso, por la posibilidad de reconocer un mismo sentido. Hacer posible la comunicación entonces es una opción que a diario hay que repetir, a diario hay que discernir en medio de la tensión creativa presente en el fondo del ser humano.
(SIERRA, Francisco. Una filosofía de la comunicación. Inédito. Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, 1993), Gabriel Jaime Pérez, S.J. Luís Ignacio Sierra DEPARTAMENTO DE COMUNICACIÓN SOCIAL – DECOS / CELAM. Comunicación, misión y desafío. Manual de Comunicación para la Pastoral. Colección Documentos CELAM Nº 7. Bogotá, 1997. Págs. 28-32
