¡Resucitó de veras, mi amor y mi esperanza! (Secuencia victimae paschalis) En la Vigilia Pascual la liturgia no comienza sino después de una breve espera en oscuridad y silencio. Como sobrecogida, toda la Iglesia vuelve a vivir por un instante el aturdimiento de los discípulos ante la muerte de Jesús y ante su cuerpo encerrado en el silencio de la tumba. Después, partiendo del atrio y en medio del silencio, avanza en procesión la llama del cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado. El celebrante proclama por tres veces en voz alta: «Luz de Cristo» Los fieles van encendiendo sus candelas en la llama. Hasta que, por fin, toda la asamblea, inundada de luz, prorrumpe en un grito de resurrección. Es el mismo grito que corrió al alba del tercer día entre los discípulos, al principio titubeante y casi incrédulo, después fuerte y decidido: ¡El Señor ha resucitado! El grito volvió a repetirse en las apariciones a las mujeres, a los Doce, a los discípulos de Emaús. Para los discípulos se trata de una vivencia decisiva. La fe que vuelve a nacer en ellos les quita todo temor y todo desaliento. Ya no son los mismos. La resurrección, considerada hasta aquel día como un evento del fin de los tiempos, se convierte con Jesús en un hecho de la propia historia, cargado de una novedad misteriosa. Sus esperanzas son sacudidas por este acontecimiento imprevisto. Intuyen efectivamente que el mundo de la nueva creación, esperada al final de los tiempos, es ya una realidad en el presente; y comprenden que la pasión, la muerte y la resurrección constituyen un único misterio de salvación, el paso de la muerte a la vida. Una vida que adquiere dimensiones de eternidad. Ya atisban el poder de transformación que Dios ha inaugurado, sienten ya la insondable profundidad de su amor, la novedad del Reino. Fragmento de “Señor, ¿a quién iremos?”, catecismo de la Comisión Episcopal Italiana.