En enero los catequistas nos encontramos con un gran espacio de tiempo desocupado. No hay horarios. Atrás quedó el final del año. Las tareas catequísticas se acaban de cerrar con las últimas reuniones de evaluación. La actividad parroquial concluyó con el pesebre viviente y los festejos de Navidad. Quedan, sí, los que realizan alguna actividad misionera, y se merecen alguna vez una columna aparte. Pero hoy queremos ocuparnos de los catequistas que se detienen. Es un buen tiempo para la inactividad, y para la contemplación. En tiempos tan pragmáticos, donde la eficiencia es casi un valor absoluto, actitudes como la de la contemplación “pasiva” quedan relegadas a un lugar secundario. Si descansamos, lo hacemos para “recargar las pilas”, para “recuperar el aliento” o para “volver al trabajo con nuevos impulsos”. Desde esta mirada que privilegia la utilidad por sobre todas las cosas, el tiempo de descanso tiene que “servir para algo”. Permítasenos proponer una idea: el tiempo de descanso tiene una dignidad enorme, que no le viene de ser una “ayuda” al tiempo activo. La entrega a la inacción, a la pasividad, al mero ser y estar, encuentran en estos días un momento privilegiado e insustituible. En enero y febrero estaremos viviendo el famoso shabat, ese tiempo de reposo propuesto por Yahvé desde el mismo libro del Génesis. Juan Pablo II, en su carta apostólica “Dies Domini” insiste en la importancia de este descanso en nuestra vida de cristianos. Dice que: “…el descanso es una cosa «sagrada», siendo para el hombre la condición para liberarse de la serie, a veces excesivamente absorbente, de los compromisos terrenos y tomar conciencia de que todo es obra de Dios. El poder prodigioso que Dios da al hombre sobre la creación correría el peligro de hacerle olvidar que Dios es el Creador, del cual depende todo. En nuestra época es mucho más urgente este reconocimiento, pues la ciencia y la técnica han extendido increíblemente el poder que el hombre ejerce por medio de su trabajo.” Tenemos que reconocer que –como dice el Eclesiastés- los catequistas encontramos “un tiempo de callar y un tiempo de hablar”. Aprovechemos estos días para que nuestro Señor nos encuentre con nuestras manos tendidas, dispuestos a hacer en cada uno de nosotros un vacío capaz de recibirlo. Un largo sábado para recibirlo despojados, como aquella persona que somos y no como la función que cumplimos. Mariano Nicolás Donadío