La catequesis se ha visto forzada a inventar, teniendo como trasfondo la crisis global de la iniciación cristiana en la actualidad. En concreto, lo que está haciendo crisis es el sistema catequético destinado a los niños y a los adolescentes, quienes se inscriben a una determinada edad para prepararse sucesivamente a la primera comunión, a la profesión de fe o a la confirmación. Este sistema consiste esencialmente en la preparación a los sacramentos mencionados, los cuales, por demás, se perciben como la conclusión de la catequesis. Este proceso catequístico en crisis está organizado en el ritmo escolar anual, en lugar del litúrgico, y propone el mismo esquema para todos. La preparación presacramental se le confía a un grupo de catequistas y se desarrolla, por lo general, sin tener en cuenta el conjunto de actividades de la parroquia y de la vida comunitaria. Aunque este clásico sistema de catequesis esté dando todavía algunos frutos, adolece de crecientes dificultades, no sólo en razón de sus limitaciones, sino, sobre todo, debido a su progresiva inadecuación a la evolución sociocultural de la sociedad, lo cual está generando una crisis, cuyos síntomas nos son bien conocidos: disminución constante de niños catequizados, abandono frecuente después de la recepción de los sacramentos, falta de motivación de los padres, folclorización de los ritos religiosos de paso, dificultad para encontrar catequistas, envejecimiento de los mismos, problemas de inserción de los jóvenes en las comunidades, etc. Es en este contexto de crisis donde un nuevo paradigma de la catequesis está surgiendo.

EL RETO DE LA COMUNIDAD. POR UNA CATEQUESIS PERMANENTE DE LAS COMUNIDADES ORIENTADA HACIA LA PROCLAMACIÓN DE LA FE PASCUAL.

Esta propuesta me parece ser el fermento principal de toda renovación catequética actual. Consiste en considerar que las comunidades, como tales, son las destinatarias de la catequesis. Afirmar que la comunidad es destinataria de la catequesis constituye un desplazamiento considerable con relación a las representaciones y prácticas habituales. Esta afirmación es una invitación a superar una catequesis que se limita a los niños y a los adolescentes, para ir hacia una catequesis que se extienda a la comunidad como tal. En realidad, se trata de establecer fórmulas catequéticas comunitarias y, por lo tanto, intergeneracionales, sin restricciones, abiertas a todos los miembros de la comunidad, sea cual sea su edad. En este sentido, el punto clave de la catequesis del mañana consiste en crear un tejido comunitario fraternal, catequizado y catequizante, que una a las distintas generaciones. ¿Pero cómo concebir en la práctica esta catequesis para las comunidades? Aludo aquí a dos posibles mediaciones: la comunidad puede valerse del ciclo litúrgico para desplegar todas sus virtualidades catequéticas y elegir un tema para desarrollar a lo largo del año. – El ciclo litúrgico constituye para la catequesis de la comunidad el punto de apoyo esencial. El ciclo litúrgico es, de hecho, una narración de la historia de salvación; una narración que “la representa”, lo que literalmente quiere decir, “ponerla en escena”, “volverla presente”. En otras palabras, el ciclo litúrgico nos invita a participar como protagonistas en esta historia de salvación, de forma que nuestra propia historia se convierta en una historia santa. Desde este punto de vista, la catequesis de la comunidad valorará todas las potencialidades catequizantes del ciclo litúrgico. No se trata, por supuesto, de transformar nuestras liturgias en catequesis largas y locuaces, sino de actualizar, de distintas maneras, en distintos tiempos y lugares, y para toda la comunidad, las virtualidades catequéticas que ofrece la liturgia. – La comunidad también podría elegir un tema para cada año. El tema escogido se profundizaría a lo largo del ciclo litúrgico mediante un conjunto de medios y actividades que reclamarían la constante atención de toda la comunidad. Estos medios pueden incluir “tiempos fuertes” en los que se invite a la comunidad a reunirse durante una mañana, una tarde o un día entero para un tiempo de reflexión, de convivencia y celebración. También podrían realizarse ciclos de conferencias o grupos de reflexión en torno a la temática elegida; o bien un peregrinaje, una marcha comunitaria, una exposición artística, carteleras en la iglesia, una selección de textos para la lectura, etc. Estas actividades ofrecidas a todos y para todos los miembros de la comunidad a lo largo del año litúrgico, estarán orientadas hacia la proclamación de fe de la comunidad durante la vigilia pascual y en el día de Pascua. Desde este punto de vista, la catequesis de la comunidad está completamente orientada hacia la maduración de la fe pascual y hacia su proclamación solemne durante la vigilia pascual. Como es obvio, y por motivos perfectamente legítimos, no todos los integrantes de la comunidad participarán en todas las iniciativas de catequesis comunitaria que se programen. La participación, por principio, será libre y necesariamente variable de acuerdo con las personas, los momentos y las propuestas concretas. Pero lo fundamental no radica en la cantidad, ni mucho menos en dividir la comunidad en bandos de ritmos diferentes. Por el contrario, el objetivo consiste en poner la comunidad en movimiento para el provecho de todos y todas, y en beneficio de la dinámica de conjunto. Las comunidades así catequizadas se convertirán en células cada vez más catequizantes, es decir, en comunidades maduras en la fe, conscientes de su responsabilidad catequética, capaces de apoyar el despertar de la fe de los niños y las niñas; de los jóvenes y adultos que se les acerquen o con quienes se relacionen.

André Fossion, S.J.