Por Monseñor Luis Eichhorn Presidente de la Comisión Episcopal de Catequesis. Nuestra catequesis tiene algunas falencias, que son crónicas. Hay cosas que vengo escuchando desde que era chico: que los chicos no perseveran, que no van a misa, que los padres no acompañan… A pesar del trabajo hecho -que es mucho- y de nuestros logros metodológicos, seguimos con la misma cantinela. ¿Hasta cuándo? Pienso que necesitamos una renovación en la catequesis: y, para eso, empezar por una renovación de los catequistas. Hagamos con los catequistas un proceso. En los seminarios de catequesis: kerigma y catecumenado. Yo creo que todos necesitamos -en pleno sentido- una catequesis de iniciación a la vida de la Iglesia, al misterio de Cristo. Nuestros adultos, nuestros cristianos, no han recibido esa iniciación, sino, simplemente la catequesis presacramental. Con toda propiedad, tenemos que decir que lo que hoy falta es la catequesis de iniciación y que nuestros adultos tienen que hacer ese proceso. Es la raíz de nuestros problemas catequísticos. Es una realidad: ninguno de nosotros hemos recibido el anuncio kerigmático: nuestra fe ha venido por tradición, por herencia, o por alguna circunstancia como algún, movimiento, un cursillo, algún seminario de vida… Ahora estamos dándonos cuenta de lo que está pasando. Para mí el tema es urgente, y tenemos que encontrar una solución -cuanto antes mejor- pero con el tiempo necesario para que las cosas maduren bien. Si no, las cosas nos pueden pasar como con la anterior reforma educativa… Había que renovar la enseñanza, (porque era cierto que estaba en crisis), y se hizo una cosa muy apurada, teóricamente perfecta, pero que en la práctica resultó muy cuestionada, porque al hacer esta reforma se olvidaron de sus docentes. En este contexto de crisis el catequista aprendió a trabajar solo. La catequesis de iniciación, que debería ser un planteo integral, resultó en una acción autista: se agotaba en si misma y quería dar respuesta a cosas que no eran problemas catequísticos sino pastorales. La catequesis responde a un proyecto pastoral que proviene de una concepción eclesiológica. Si no tenemos ninguno de estos dos, ¿qué catequesis puede haber? Si decimos que lo que se busca es que los chicos, adolescentes y adultos se integren a una comunidad de comunidades en torno a la Eucaristía, ahí tenemos ya un modelo eclesiológico y podemos llegar a tener un proyecto pastoral que ponga los elementos que apuntalen a la catequesis. Entonces este chico, este adolescente, va a estar contenido e integrado a la parroquia; pero no solamente por la catequesis y sus catequistas, porque ellos deben hacer lo suyo: son otros agentes pastorales que tienen que hacer otra tarea. De ahí la necesidad de una organicidad pastoral. En este proceso de renovación es fundamental el liderazgo del sacerdote, pero tenemos un problema a superar: el clericalismo. Que el sacerdote tenga la visión global del proyecto pastoral y que asuma una eclesiología. Es una cuestión de formación permanente, de vida sacerdotal y es importante que el cura tenga claro. Porque, después, lo específico va a ser hecho por los otros agentes pastorales que estén capacitados para hacerlo: catequistas, ministros, diáconos… Si no, terminamos en que el cura tiene que hacer todo: organizar la catequesis, tocar la campana, encender las velas. Este problema va a agudizarse más, porque cada vez somos menos curas y hay más gente, se duplican las comunidades, y el cura no puede hacer todo. El párroco es el pastor. Los sacerdotes deberíamos quedarnos con el ministerio de la palabra y la oración, lo demás, que lo hagan los diáconos. El principio pastoral de los Hechos de los Apóstoles, salvando las distancias, es válido hoy.
Mons. Luis Eichorn
