El Señor dijo a Abraham:
“Deja tu tierra natal y la casa de tu padre, y ve al país que yo te mostraré.” (Gn. 12, 1)
Es Dios quien nos llama. Dios cercano, que nos llama, a cada uno, por su nombre, que nos encuentra inmersos en nuestro trabajo cotidiano. Un Dios que se relaciona con los hombres a través de un diálogo amoroso y permanente; habla al corazón del hombre con el deseo profundo de ser escuchado… Dios que ha querido quedarse en medio de su pueblo, estar presente, acompañar la historia de los hombres… El Dios encarnado, el Dios con nosotros, El Dios entregado, el que ha vencido la muerte, el Resucitado, el Salvador. Dios Padre, el que llama a Abraham, nos llama a cada uno, no por nuestros méritos, sino para que se vea la grandeza de su amor.
Llamado que se hace envío, misión encomendada por Aquel que escucha el clamor de sus hijos, y busca la persona indicada para dar respuesta a esa necesidad.
Llamada que da sentido a nuestra existencia.
Llamada que haciendo eco en nuestras aspiraciones más profundas, nos lanza a dar respuesta.
Llamada que se hace fuego en nuestro interior, que nos quema, que nos hace arder de deseos de comunicar a todos lo que el Señor ha hecho en el corazón de cada uno…que nos lleva a exclamar como Pablo: “Si anuncio el Evangelio, no lo hago para gloriarme: al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1° Cor. 9, 16)
Llamada que ya no nos permite volver para atrás, que tendremos que ir dejando, como Abraham, todo lo que sea necesario para hacernos disponibles para Dios, para su Proyecto.
Llamada que sabemos donde comienza, en la cotidianeidad dónde nos ha encontrado el Señor, pero que no sabremos nunca dónde acabará.
Llamada que nos lanza con un único mapa de ruta: la Voluntad de Dios.
Llamada que nos lanza como pueblo, como familia, no estamos solos… “Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt. 28, 20)
Llamada que en mi corazón se va develando poco a poco, lo justo para cada momento…
Hablar de nuestra llamada, es hablar de un día, una hora… es hablar de un encuentro que nos ha marcado para siempre. Es hablar de una palabra dicha al corazón, escuchada y meditada… una palabra que hemos guardado y que es la fuente de donde vamos bebiendo día a día. Es el “Sí” que sostiene nuestro “sí” cotidiano. Es hablar de una experiencia personal de Dios Padre que nos llama, que sale a buscarnos, que nos espera pacientemente… Es hablar de Dios Hijo quién por amor se entregó a sí mismo para que todos podamos gozar eternamente del Amor infinito del Padre… Es hablar de Dios Espíritu Santo, el amor presente en lo cotidiano, el guía, compañero de camino, quién sostiene nuestra vocación de catequista.
El Antiguo Testamento está lleno de momentos de encuentros de Dios con los hombres y generalmente para no olvidar esta epifanía, las personas ponían una piedra o varias, levantaban un altar… ¡Nosotros también hemos sido encontrados por Dios! Levantemos ese altar, busquemos nuestra piedra, la piedra del encuentro, la piedra que nos evoque este encuentro y que a diario nos remita, más allá del hoy, más allá de la simple piedra. Que esa piedrecita del encuentro, sea signo de tantos hombres y mujeres, que en la entrega cotidiana, construyen la Iglesia anunciando la Buena Nueva de Jesús. La piedra que nos recuerde que un día el Señor la puso en mi mano…
“y también le daré una piedra blanca, en la que está escrito un nombre nuevo que nadie conoce fuera de aquel que lo recibe.” (Apoc. 2, 17)
¿Por qué a mí?
…¿Quién soy yo para…?
…yo nunca he sido una persona elocuente…
…yo soy torpe para hablar y me expreso con dificultad…
…soy un hombre de labios impuros…
…soy demasiado joven…
…¿cómo puede ser eso…?
Preguntas, frases, dudas, desconciertos… y la pregunta que brota del corazón humano ¿por qué a mí? ¿Quién soy yo para que el Señor me llame? Preguntas lógicas y naturales, preguntas que miran hacia nuestra persona, hacia nuestros límites… ¡¡¡verdaderos sin lugar a dudas!!! Preguntas que jamás encontrarán respuesta, porque son preguntas que nacen de nuestra naturaleza humana, pequeña, empobrecida por nuestra experiencia de pecado. Preguntas que no nos permiten poner la mirada en Aquel que nos llama, Él es nuestra única fortaleza, Él es el único que hace lógica, posible nuestra llamada… “Yo estaré contigo…” Esta es la única certeza que responde a todos nuestros cuestionamientos internos, el día en que Dios nos llamó, Él pronunció estas palabras: “Yo estaré contigo…”
Que soy pecador, que estoy en camino, buscando, que ando perdido, que no sé que decir, que me quedo sin palabras, que no sé hablar de Dios, de su amor, de su perdón, denunciar las injusticias, dar testimonio… Y podríamos seguir justificándonos, escapando detrás de esas supuestas razones… ¡Nadie me conoce tanto como Él! Y conociéndome tal cual soy, pronunció mi nombre… Él me ha ido preparando para esta misión, me ayuda a descubrir y desarrollar los dones que están en mí; abre mis ojos para que pueda ver, ensancha mi corazón… Saca de mí todo lo mejor para entregarlo a los demás, Él mismo pone sus palabras en mi boca, pasa por mi vida, sanando mis heridas, entregándome todo su amor para que yo pueda ser testigo de las grandezas que hace en mí, que yo pueda dar testimonio de la Palabra que llega hasta mí gracias al testimonio de tantos hombres y mujeres que dan su vida por ella.
“Yo estaré contigo…”
“Yo estaré contigo…” para que puedas escuchar el clamor de mi pueblo, para que puedas ir en mi Nombre. Dios está con nosotros, para que cada persona que se encuentre con nosotros, vea nuestro modo de vivir, escuche nuestras palabras, perciba nuestros gestos y miradas; para que cada persona que se sienta bien recibida, escuchada, tomada en cuenta, invitada a ser parte de la comunidad… sepa que detrás de cada uno de estos gestos está Dios. Él es quien salva, Él es quien ama, Él es quien invita, quien habla, quien escucha… Es Dios y sólo Dios quien actúa, nosotros somos sus instrumentos. Instrumentos absolutamente limitados, deseando ser cada día más traslúcidos, para transparentar el verdadero rostro de Dios… Instrumentos que intentamos ir haciéndonos más pequeños hasta llegar a desaparecer por completo… Testigos traslúcidos, empequeñecidos para que se manifieste en plenitud el Amor de Dios. Instrumentos dóciles en las manos del Señor.
¡Tengo tanto para contarte!
Ya hemos recorrido una buena parte de nuestro camino. Gracias a la ayuda del Espíritu Santo hemos podido mirar y tocar nuestra vida, nuestra vocación de catequistas. Tenemos en nuestras manos una verdad más profunda sobre nosotros mismos, sobre nuestra misión, sobre Dios. Verdad que nos lleva a elevar un canto de alabanza a Dios, de agradecimiento a tantas personas que nos han ido revelando el verdadero rostro de Dios, que nos han evangelizado a medida que nosotros anunciábamos el Evangelio. Verdad que nos lleva a sentirnos en profunda comunión con la Iglesia que nos envía, nos alimenta y nos ayuda a crecer en nuestra experiencia de fe. Verdad que nos lleva a amar a todos, a formar una familia, la de los hijos de Dios. Verdad que nos hace comprometernos con la construcción de un mundo más humano, más justo, solidario y fraterno. Verdad que nos lleva a pedir perdón por nuestras infidelidades…
Seguramente mientras íbamos mirando nuestra vida, contemplando el paso de Dios, la presencia de nuestros hermanos, las distintas situaciones vividas… todo se ha ido convirtiendo en diálogo con Aquel que habita en lo más profundo de nuestro ser. Tal vez sea un buen momento para ir a buscar otra silla, para decirle a Dios lo mismo que siempre decimos a tantas personas: -Vení, sentémonos un ratito- tengo tanto para contarte, para agradecer, pedir perdón, para compartir, que me ayudes a comenzar de nuevo…tengo mis manos y mi corazón lleno y quiero entregártelo todo…
¡Celebremos juntos el don de nuestra vocación!
Toma Señor, te entrego lo que soy, lo que he podido ver, gracias a tu ayuda.
Toma Señor, lo que celebro y aquello por lo que lloro, lo que queda oculto, que no alcanzo a vislumbrar..
Toma Señor, mis deseos de volver a comenzar, mis miedos y la pasión que me abraza.
Toma Señor, mi entrega la que doy a mano llena y la que no.
Toma, Señor, te entrego todo lo que soy para que Vos lo transformes en vida para mis hermanos,
en alabanza a Vos, Padre de todos, que quisiste llamarnos a cada uno por nuestro nombre,
que quisiste invitarnos a ser partícipes de tu obra.
Fuente: http://www.vayanyanuncien.com.ar/#!iniciando-el-camino-2/nrm3z
