“Jesucristo te ama, dio su vida para salvarte y ahora está vivo a tu lado cada día, para iluminarte, para fortalecerte, para liberarte” En la boca del catequista vuelve a resonar siempre el primer anuncio. Es el “Primero” porque es el anuncio principal, el que siempre hay que volver a escuchar de diversas maneras y ese que siempre hay que volver a anunciar de diferentes formas a lo largo de la catequesis, en todas sus etapas y momentos (E.G.164) “Y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí; la vida que sigo viviendo en la carne, la vivo en la fe, en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal 2,20) El catequista anunciador debe ser también un testigo fiel. Porque solo el ardor del corazón de aquel que fue renovado por el Espíritu del Señor, puede anunciar reconociendo que es Él quien habla. “Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hch.4,20). El catequista debe ser un administrador fiel, diácono de la fe y colaborador del Padre en anunciar a Jesucristo. El catequista debe ofrecer a todos sus catecúmenos un “encuentro personal con Jesucristo”, una experiencia religiosa profunda e intensa, un anuncio Kerigmático y el testimonio personal, que lleve a una conversión personal y a un cambio de vida integral. Dice Aparecida:…”se ha de propiciar este encuentro que da origen a la iniciación cristiana, pero que debe renovarse constantemente por el testimonio personal, el anuncio del Kerigma y la acción misionera de la comunidad. El Kerigma no solo es una etapa, sino el hilo conductor de un proceso que culmina en la madurez del discípulo de Jesucristo. Sin el Kerigma, los demás aspectos de este proceso están condenados a la esterilidad, sin corazones verdaderamente convertidos al señor. Solo desde el Kerigma se da la posibilidad de una iniciación cristiana verdadera” (278ª) Podemos decir que el Kerigma es la proclamación, llena de ardor, testimonial y gozosa, de Jesucristo muerto y resucitado, constituido Salvador y Señor y el anuncio del Reino de Dios para suscitar la fe, la conversión inicial, mediante la acción del Espíritu Santo y la integración a la comunidad. Debemos entender que el catequista es el primero que debe de recibir el Kerigma, para saber y entender que el Kerigma debe ser lo primero, el fundamento, la base y la fuente de nuestra fe. El Kerigma ha de ser la “experiencia frontal” del rio de nuestra fe. Juan Pablo II, en su encíclica Redemptoris Missio, habla de dos Kerigmas: ”el de Jesús” y “el de los apóstoles”. “Es el anuncio de Jesucristo, con el que el Reino se identifica, donde se centra la predicación de la iglesia primitiva. Al igual que entonces, hoy también es necesario unir el anuncio del reino de Dios y la proclamación del evento Jesucristo (que es el kerigma de los apóstoles). Los dos kerigmas se complementan y se iluminan mutuamente. El catequista al igual que Pablo y los otros apóstoles debe proclamar la persona concreta con sus hechos de salvación. (1Cor.15, 1-8; 15, 11) El catequista debe “provocar la fascinación” (DA.244), “un encuentro vivo, de ojos abiertos y corazón palpitante, con Cristo resucitado” (J Pablo II, homilía en Santo Domingo, 1979)3 Es el encargado de buscar el momento para que el catecúmeno entre en la adhesión a la fe de Jesucristo y se vea acogido a la propuesta de Dios, a su deseo de salvación y a un cambio de vida. Ese cambio o conversión debe apuntar a que Jesucristo sea el eje principal de su vida, que sea el único y verdadero Dios. Esta conversión inicial es fundamental para vivir como hombre nuevo. La proclamación debe hacer a Jesús, el Señor, centro, cabeza, dueño, jefe primero del catequista y luego del catecúmeno. Debe consagrar toda su vida a Él. Debe trabajar por la instauración del Reino de Dios para que Jesús sea Señor del universo y Señor de la historia. El catequista que ha creído en el primer anuncio y se ha convertido de sus pecados ha recibido la efusión del Espíritu. El don del espíritu obrará igual que lo hizo en los primeros cristianos, lo convertirá en auténtico discípulo misionero, construyendo la comunidad y actuando al servicio de los demás. “…como los primeros cristianos, que se reunían en comunidad, el discípulo participa en la vida de la Iglesia y en el encuentro con los hermanos, viviendo el amor de Cristo en la vida fraterna solidaria.”(DA 278d) El catequista discípulo pertenece a una comunidad, donde debe compartir las experiencias de otros y con otros. Estas son necesarias para engrandecer la espiritualidad y humildad de su persona. Debe conocer también la situación real de las familias de hoy. Involucrarse con las personas porque conociéndolas en la intimidad familiar podrá comprender la realidad de cada una y manifestar la caridad afectiva. El catequista discípulo es el baqueano, que conoce todo los caminos y atajos iluminados hacia el Padre. El catequista discípulo es el artesano de la oración. Cuanto más contempla a Dios modela su corazón al amor de Dios. El catequista discípulo, es el seducido por el Señor. Es el que transmite en forma permanente una catequesis pascual. Es el que vive plenamente los sacramentos, en un eterno presente del acontecimiento salvífico. Es piedra viva en la construcción del Reino de Dios, ama y ayuda a amar a Dios que reina en el mundo.
Gabriela Biagetti
