La persona del catequista de iniciación: vocación y ministerio singulares Una de las preocupaciones y prioridades más grandes es la formación de los catequistas. La renovación de la catequesis necesita de catequistas renovados desde su misma formación, dispuestos a la conversión pastoral que nos pide la Iglesia en Latinoamérica. “Cualquier actividad pastoral que no cuente para su realización con personas verdaderamente formadas y preparadas, pone en peligro su calidad. En consecuencia, la pastoral catequética diocesana debe dar prioridad a la formación de los catequistas laicos” . La formación de los catequistas es prioritaria como tarea de la máxima importancia . Es imposible pretender un planteo renovado de la iniciación cristiana si los mismos catequistas y los distintos agentes que participan con ellos en este proceso catecumenal no viven la experiencia de este mismo proceso, renovando el memorial de su iniciación. Este tema es una de las mayores exigencias y preocupaciones de los obispos; no sólo una formación adecuada de los catequistas, sino también la necesaria formación catequística de los sacerdotes, seminaristas, religiosos y religiosas. Al respecto, reafirmamos las características señaladas por los obispos argentinos en Juntos para una Evangelización Permanente (nº 97), y las desarrolladas en el Directorio General para la Catequesis (nº 222-225; 228-229). Así como la catequesis debe ser coherente con el proyecto eclesial y pastoral de la comunidad (diocesana y parroquial), así también el perfil propio del catequista deberá asumir, para un adecuado ejercicio de su ministerio, ante todo, la pedagogía de Dios –que sabe tomar la iniciativa y espera pacientemente la respuesta de aquellos a quienes se dirige y acompaña-, con el estilo comunional de la Iglesia de Jesucristo –ya que se sabe miembro de una comunidad, que presta su servicio en comunión con otros, que busca integrar a sus catequizando en la comunidad, que vive la espiritualidad de la comunión como principio pedagógico -, atento al querer de Dios y a las expectativas más profundas de los catecúmenos-catequizandos con quienes transita el camino catecumenal. El catequista, persona experimentada en el trato con Dios, es un facilitador del encuentro del hombre con Dios, de allí que la metodología catequística, si bien toma elementos de las ciencias humanas (pedagogía, didáctica, sicología…), tiene características especiales que derivan precisamente del contenido y de la índole de la formación de la fe, que son distintas a todo otro tipo de educación. Un catequista con estas cualidades debe ser formado adecuadamente. Uno de los retos que tenemos por delante es la renovación de nuestros centros de formación –programas, recursos, criterios pedagógicos-. Es un desafío que exige un cambio de enfoque y de método. Queremos formar catequistas que puedan acompañar procesos catecumenales de iniciación cristiana, tanto de adultos como de niños. Es por eso que proponemos una formación de catequistas “en estilo catecumenal”: que nuestros candidatos a ser catequistas, siguiendo un proceso evangelizador, hagan memoria de su encuentro con Jesucristo – al modo de los peregrinos de Emaús-, y profundicen su fe y su compromiso de vida cristiana, por medio de una renovada y sincera conversión, en un ambiente de comunidad cristiana, guiados por un equipo formador en el cual todos son precisamente catequistas. Hemos constatado la riqueza que guarda este proceso catecumenal, el cual renueva la vida de fe posibilitando una mayor vivencia de ella, y aún la suscita en aquellos catequistas que viven su vida cristiana en forma tibia o mediocre. La experiencia del encuentro con Jesucristo a través de este itinerario catecumenal es tan fuerte, que motiva y anima a que los mismos catequistas puedan replicar este acontecimiento con sus catecúmenos-catequizandos. Este formación en el proceso de la experiencia catecumenal, se verá enriquecida si los mismos catequistas conocen y aprende la estructura pastoral del Ritual para la Iniciación Cristiana de Adultos, y lo asumen como un proceso de iniciación cristiana integral, que comienza desde el anuncio kerygmático y la conversión, y conduce a la vida comunitaria, a la Eucaristía en la comunidad adulta y a la acción de presencia y transformación en el mundo . Caminar acompañando personal y comunitariamente Nos dice el P. Esparafita (…) La iniciación cristiana es una acción simbólica eclesial. La Iglesia está toda ella comprometida, involucrada en la iniciación de aquellos que movidos por el Espíritu Santo han querido y quieren participar del misterio salvífico revelado en Jesucristo. Por eso hemos dicho que la Iglesia como madre solícita engendra, alumbra, fortalece y nutre a sus hijos con la vida de Dios que le ha sido confiada. Los acompaña en su crecimiento y como «el buen samaritano» cuando los ve heridos, olvidados o maltrechos, los cura y cuida con la misma gracia de Dios con que ella misma es a su vez sostenida. Si bien es cierto que la acción de la gracia vincula al hombre con Dios, es cierto también que esta acción esta mediada y sujeta a las condiciones de la misma encarnación. La Iglesia, depositaria del mandato evangelizador, recibe históricamente en los apóstoles –destinatarios originarios– aquel mandato pascual de bautizar. El obispo, en cuanto sucesor de los apóstoles, es el primer responsable de esta misión en su diócesis. Si bien lo hemos abordado de un modo transversal en este trabajo, nos parece oportuno destacar aquí la cuestión del ministro de la iniciación cristiana. Consideramos que su incidencia es tal que afecta notoriamente a la carga simbólica de la celebración sacramental. Por nuestra parte hemos destacado y llamado al obispo como ministro originario de la iniciación; originario entendido como primario, sucesor de los que recibieron primero aquella misión; como aquel que por su ministerio en la Iglesia la celebre normalmente y, si le resultare imposible, vele porque la completa iniciación cristiana de quienes lo solicitan no sea negligida. «Su presencia en la comunidad parroquial que, por la pila bautismal y la Mesa eucarística, es el ambiente natural y ordinario del camino de la iniciación cristiana, evoca eficazmente el misterio de Pentecostés y se demuestra sumamente útil para consolidar los vínculos de comunión eclesial entre el pastor y los fieles». Teniendo en cuenta que la magnitud de la tarea pastoral y las dilatadas dimensiones de sus territorios diocesanos conminan a los obispos a delegar muchas veces la celebración sacramental de la iniciación cristiana y, asumiendo que los presbíteros, son «necesarios colaboradores y consejeros» del obispo, estimamos que, sin detrimento de lo sostenido más arriba, particularmente a los que tienen oficio vinculado a la cura de almas –los párrocos–, podría considerárselos ministros de la iniciación cristiana con capacidad ordinaria, pero delegada en virtud del mismo oficio que ejercen, para administrar los tres sacramentos. El calificativo de «dialogal» con el que consideramos a la acción sacramental de la iniciación cristiana surge por cuanto ésta encierra un dinamismo por el que la propuesta de Dios espera siempre una nueva respuesta actualizada por parte del hombre. Este gran sacramento no es un acto cerrado, clausurado en la celebración de cada rito, sino abierto a sucesivas respuestas, no siempre en el mismo sentido por parte del hombre. De allí que entendemos la iniciación cristiana no como un proceso lineal de crecimiento progresivo sino un proceso transformador en el que la garantía de crecimiento está ofrecida y anticipada gratuitamente por Dios y la eficacia del mismo está en estrecha relación con la libre respuesta del hombre. Aunque el hombre a lo largo de este diálogo salvífico demore su respuesta, responda negativamente o con indiferencia, la propuesta de Dios estará siempre abierta para él, expectante, como el «padre misericordioso» de la parábola narrada en el Evangelio según san Lucas. Podríamos decir que en cada respuesta «histórica» del hombre se dinamiza la eficacia de la acción sacramental, esperando la plenitud del eschaton en que nuestra respuesta se identifique con la de Cristo. Teniendo en cuenta que la iniciación cristiana en cuanto sacramento implica en su celebración una interacción dinámica de dos sujetos, entre los cuales intervienen una multiplicidad de mediaciones dedicamos una consideración especial a lo que llamamos las disposiciones del sujeto refiriéndonos de este modo a quien recibe la gracia como don. No hemos abordado la ponderación de quien se resiste interiormente a recibir la gracia o la de quien finge estar dispuesto a recibirla por cuanto consideramos que no estaría en directa relación con el tema abordado. No hemos considerado tampoco la incidencia de aquellas otras mediaciones para la eficacia sacramental, tales como las condiciones en que se celebran los sacramentos, o los recursos catequísticos de los que se valen los agentes pastorales, o la calidad de trato de la comunidad en que los interesados son recibidos. Sí nos hemos detenido en la consideración respecto de la «edad» de quien sea invitado a participar del gran sacramento de la iniciación, por entender que es uno de los temas disparadores de las alternativas pastorales algunas de las cuales, según nuestro entender por su distorción en la celebración secuencial de los sacramentos podrían afectar la unidad simbólica de la iniciación cristiana. La consideración de los sacramentos como acciones en las que Dios toma la iniciativa expectante de una respuesta eficaz del hombre, nos exime de volver aquí sobre la cuestión de administrar o no a los bebés o a las personas sin uso de razón, los sacramentos de la iniciación ya que no se trata de la entrega histórica de un rito regalado sino de la celebración de una acción memorial que se abre paso hacia la eternidad. Por eso mismo nos permitimos llamar la atención sobre una conducta que está en estrecha relación con la dimensión eclesial de la iniciación cristiana. (…) La Iglesia al preparar y celebrar los sacramentos, pues, no entrega cosas de las cuales se desentiende una vez repartidas, –no arroja perlas a los chanchos–, sino que a través del acontecimiento sacramental expresa su realidad más profunda: celebra un misterio por el que quienes intervienen son engendrados o renuevan en sí mismos por la gratuita iniciativa de Dios una Vida nueva, trascendente, eterna y se establece entre ellos un vínculo del que la Iglesia misma es responsable y ha de procurar que ése alcance su mayor eficacia, por el acompañamiento, por la reconciliación, por el crecimiento. Temer o poner óbices pastorales para la celebración integral de la iniciación cristiana, es olvidar que la celebración de este gran sacramento no es el término o punto final de una relación sino inicio, apertura, disposición para crecer en la comunión con Dios y con los hermanos. La celebración de los sacramentos no es entrega de trofeos o reparto de premios a los méritos de quienes los reciben sino la administración de un don que dispone y capacita para actuar meritoriamente en el seguimiento de Jesucristo. Camino de la Iglesia para que la Iglesia camine Nuestros Pastores nos proponen algunas orientaciones: Después de haber expuesto los lineamientos generales sobre la necesidad de renovar nuestra catequesis de iniciación cristiana acentuando su perspectiva kerygmática y catecumenal, presentamos esta 2ª parte, en la cual damos algunas orientaciones prácticas, que ayudarán a implementar esta renovación. Resaltamos lo de orientación práctica, lo cual supone que a la hora de planificar la pastoral catequística –a nivel diocesano o parroquial-, todo queda sujeto a la prudencia pastoral y a la decisión de quienes son responsables de esta tarea. Son por lo tanto sugerencias, para ser tenidas en cuenta en el proyecto pastoral, recordando siempre lo que nos dice el documento de Aparecida: “El proyecto pastoral de la Diócesis, camino de pastoral orgánica, debe ser una respuesta consciente y eficaz para atender las exigencias del mundo de hoy, con ‘indicaciones programáticas concretas, objetivos y métodos de trabajo, de formación y valorización de los agentes y la búsqueda de los medios necesarios, que permiten que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura’. Los laicos deben participar del discernimiento, la toma de decisiones, la planificación y la ejecución. Este proyecto diocesano exige un seguimiento constante por parte del obispo, los sacerdotes y los agentes pastorales, con una actitud flexible que les permita mantenerse atentos a los reclamos de la realidad siempre cambiante” . Rezamos lo aprendido Les proponemos mirar los textos 548 y 549 de la Conclusión del documento de Aparecida para renovar nuestro compromiso apostólico Esta V Conferencia, recordando el mandato de ir y de hacer discípulos (cf. Mt 28, 20), desea despertar la Iglesia en América Latina y El Caribe para un gran impulso misionero. No podemos desaprovechar esta hora de gracia. ¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de “sentido”, de verdad y amor, de alegría y de esperanza! No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos, sino urge acudir en todas las direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra, que el amor es más fuerte, que hemos sido liberados y salvados por la victoria pascual del Señor de la historia, que Él nos convoca en Iglesia, y que quiere multiplicar el número de sus discípulos y misioneros en la construcción de su Reino en nuestro Continente. Somos testigos y misioneros: en las grandes ciudades y campos, en las montañas y selvas de nuestra América, en todos los ambientes de la convivencia social, en los más diversos “areópagos” de la vida pública de las naciones, en las situaciones extremas de la existencia, asumiendo ad gentes nuestra solicitud por la misión universal de la Iglesia. Para convertirnos en una Iglesia llena de ímpetu y audacia evangelizadora, tenemos que ser de nuevo evangelizados y fieles discípulos. Conscientes de nuestra responsabilidad por los bautizados que han dejado esa gracia de participación en el misterio pascual y de incorporación en el Cuerpo de Cristo bajo una capa de indiferencia y olvido, se necesita cuidar el tesoro de la religiosidad popular de nuestros pueblos, para que resplandezca cada vez más en ella “la perla preciosa” que es Jesucristo, y sea siempre nuevamente evangelizada en la fe de la Iglesia y por su vida sacramental. Hay que fortalecer la fe “para afrontar serios retos, pues están en juego el desarrollo armónico de la sociedad y la identidad católica de sus pueblos” . No hemos de dar nada por presupuesto y descontado. Todos los bautizados estamos llamados a “recomenzar desde Cristo”, a reconocer y seguir su Presencia con la misma realidad y novedad, el mismo poder de afecto, persuasión y esperanza, que tuvo su encuentro con los primeros discípulos a las orillas del Jordán, hace 2000 años, y con los “Juan Diego” del Nuevo Mundo. Sólo gracias a ese encuentro y seguimiento, que se convierte en familiaridad y comunión, por desborde de gratitud y alegría, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y salimos a comunicar a todos la vida verdadera, la felicidad y esperanza que nos ha sido dado experimentar y gozar.