AULA ABIERTA Nº 2: La Iniciación en sentido amplio Luego de mirar nuestra realidad pastoral a la luz del desafío de asumir la Iniciación Cristiana como clave de renovación de la catequesis vamos a adentrarnos en el concepto de Iniciación en sentido amplio para profundizar su significado. En esta Aula Abierta nos proponemos:

  • hacer una breve descripción del significado de la Iniciación desde una perspectiva sociológica y antropológica.
  • Brindar elementos que nos permitan comprender el lenguaje propio de la iniciación.
  • La Iniciación en sentido amplio ¿Qué es un rito de iniciación? Un rito de paso -o de iniciación- es uno de los rituales culturales más fundamentales, más característicos, más arcaicos y más olvidados hoy en día. Tradicionalmente, desde las culturas más antiguas, las iniciaciones consisten en una ceremonia durante la que una o varias personas mueren al pasado, a lo caduco, a la infancia, a la juventud, a la vida de soltero, a la vida secular… para adentrarse a un nuevo conjunto de símbolos, a una renovada concepción de la existencia y de participación en el mundo. Es por esto que un rito de paso también podría explicarse como un “morir a lo antiguo para nacer a lo nuevo”. En algunas culturas estas iniciaciones solían llevarse a cabo en el momento de la transición de la infancia a la vida adulta, o también en el momento del matrimonio, o durante la entrada en la vida religiosa. Guiados por una figura de autoridad (el chamán, los mayores de la tribu, el sacerdote) la persona que se adentra en este ritual altamente estructurado experimenta una muerte del ego y un retorno al caos, seguidos por un acceso a las fuentes de significado y símbolos culturales, emergiendo renovado como persona y conocedor de una nueva mitología, de contenidos propios de la cultura… Y en esto se diferencian, en buena medida, las culturas antiguas de nuestra civilización -progresista, histórica y lineal. La sociedad en la que vivimos no entiende el mundo como un proceso cíclico, de muerte y renacimiento (de renovación periódica) sino que concibe la existencia y la evolución como algo lineal: como un progreso sin fin, sin límite. Lo más parecido que nos queda a una iniciación es la formación universitaria, que es una iniciación en el mundo de la técnica -a la ingeniería, la informática, a la formación de técnicos de toda clase. Pero esta no es una iniciación humana, cultural, sino que es de tipo productivo, relacionado con el dominio del mundo, de la materia. La iniciación consiste en llevar al individuo al conocimiento de ciertos datos hasta entonces ocultos e instruirlo en un grupo determinado, donde se lo llama a vivir una nueva existencia. El contenido de la iniciación son una serie de ritos altamente simbólicos y enseñanzas éticos prácticas con miras a la adquisición de un cierto poder y una cierta sabiduría, basado en un conocimiento esotérico y que irán a desembocar en la modificación de la posición social o religiosa del individuo. “Nuestra sociedad moderna ha olvidado la importancia de la iniciación. Tan solo el cristianismo ha conservado el misterio iniciático del bautismo, que modifica el estatus ontológico del iniciado… el neófito es introducido en la comunidad humana y en el mundo de los valores espirituales… La iniciación representa un nuevo nacimiento y el hombre de la cultura arcaica ha comprendido perfectamente este simbolismo. en los ritos que nos ha dejado podemos observar sus esfuerzos por trascender la condición humana y situarse en el cosmos de un modo significativo… Ritos de iniciación: 1) ritos colectivos que sellan el paso de la infancia o de la adolescencia a la edad adulta. Se trata de los ritos de la pubertad, las iniciaciones tribales obligatorias para todos los miembros de la comunidad o etnia. 2) los ritos de ingreso en las sociedades secretas, en las órdenes religiosas y militares… o en las sociedades secretas reservadas a las mujeres… en su iniciación trasmite a los neófitos un conocimiento secreto con vistas a la salvación; 3) todos los ritos que sellan el ingreso a una vocación mística: el chamán o el «hombre que cura» (medicine man)” Mirada a los ritos iniciáticos en otras culturas Se dice que una de las características del mundo moderno es la desaparición de ritos significativos de iniciación. La originalidad del hombre contemporáneo, su novedad en comparación con las sociedades tradicionales, yace en su voluntad de considerarse un ser puramente histórico, en su deseo de vivir en un cosmos básicamente desacralizado. El término iniciación, en el sentido más amplio, denota un cuerpo de ritos y enseñanzas orales cuyo propósito es producir una alteración decisiva en la situación religiosa y social de la persona iniciada. En términos filosóficos, la iniciación es el equivalente a un cambio básico en la condición existencial; el novicio emerge de su dura experiencia dotado con un ser totalmente diferente del que poseía antes de su iniciación; se ha convertido en otro. Entre las diversas categorías de iniciación, la de la pubertad es particularmente importante para poder comprender al hombre premoderno. En algunas culturas esos “ritos de paso” son obligatorios para todos los jóvenes de la tribu. Para ganarse el derecho a ser admitido entre los adultos, el adolescente deberá pasar a través de una serie de rituales iniciáticos. Gracias a esos ritos y a las revelaciones que comportan, será reconocido como un miembro responsable de la sociedad. La iniciación introduce al candidato en la comunidad humana y en un mundo de valores espirituales y culturales. No sólo aprende las pautas de conducta, las técnicas y las instituciones de los adultos, sino que también tiene acceso a los mitos y tradiciones sagradas de la tribu, a los nombres y la historia de sus obras. Por encima de todo, aprende las relaciones místicas entre la tribu y los seres sobrenaturales tal y como fueron establecidas al principio de los tiempos. Toda sociedad primitiva posee un cuerpo consistente de tradiciones míticas, una “concepción del mundo”. Y esta concepción es la que le es gradualmente revelada al novicio en el transcurso de su iniciación. Lo que comporta no es una simple instrucción en el sentido moderno de la palabra. A fin de ser digno de las enseñanzas, el novicio debe ser primero preparado espiritualmente. Porque lo que aprende concerniente al mundo y a la vida humana no constituye un conocimiento en el sentido moderno del término, una información objetiva y dividida en secciones, sujeta a correcciones y añadidos indefinidos. Conocer los mitos no es (como se creía en el siglo pasado) hacerse consciente de la regularidad de ciertos fenómenos cósmicos (el curso solar, el ciclo lunar, el ritmo de la vegetación, y otros semejantes); es, en primer lugar, conocer lo que ha sucedido en el mundo, lo que realmente ha sucedido, lo que los dioses y los héroes civilizadores hicieron, sus obras o trabajos, aventuras y dramas. Es conocer una historia divina, que no obstante sigue siendo una “historia”, es decir, una serie de acontecimientos imprevisibles, aunque consistentes y significativos. En términos modernos podríamos decir que la iniciación pone punto y final al hombre natural e introduce al iniciado en la cultura. Pero para las sociedades arcaicas, la cultura no es un producto humano, pues su origen es sobrenatural. Y eso no es todo. Es a través de la cultura como el hombre restablece contacto con el mundo de los dioses y otros seres sobrenaturales y participa en sus energías creativas. El mundo de los seres sobrenaturales es el mundo en el que las cosas suceden por primera vez: el mundo en el que empezaron a existir el primer árbol y el primer animal; en el que un acto -que a partir de entonces ha sido religiosamente repetido- fue realizado por vez primera (caminar adoptando una postura determinada, desenterrar un tubérculo específico, ir de caza durante una fase lunar determinada); en el que los dioses o los héroes, por ejemplo, tienen tal y cual encuentro, sufren tal y cual contratiempo, pronuncian una palabras en particular, proclaman unas normas específicas. Los mitos nos llevan a un mundo que no podemos describir únicamente como “narrado”, porque consiste en la historia de actos realizados libremente, de decisiones imprevistas, de transformaciones fabulosas, y de otras cosas por el estilo. Es, en pocas palabras, la historia de todo lo significativo que ha sucedido desde la creación del mundo, de todos los acontecimientos que han contribuido a hacer del hombre lo que es en la actualidad. El novicio, al que la iniciación introduce a las tradiciones mitológicas de la tribu, es introducido a la historia sagrada del mundo y de la humanidad. Esa es la razón por la que la iniciación resulta tan importante para un conocimiento del hombre premoderno. Revela la seriedad casi pasmosa con la que el hombre de las sociedades arcaicas asumía la responsabilidad de recibir y transmitir valores espirituales. Para comprender el significado y el papel de la iniciación, el historiador de la religión mira los ritos en las distintas religiones. El historiador también se separa del sociólogo, ya que su principal preocupación es comprender la experiencia religiosa de la iniciación e interpretar el significado más profundo del simbolismo presente en los mitos y ritos iniciáticos. En definitiva, la ambición del historiador de la religión es llegar a la situación existencial asumida por el hombre religioso durante la experiencia iniciática, y hacer que esa experiencia primordial resulte inteligible para sus contemporáneos. La iniciación representa uno de los fenómenos espirituales más significativos de la historia de la humanidad. Es un acto que implica no sólo la vida religiosa del individuo, en el sentido moderno de la palabra “religión”; también incluye toda su vida. A través de la iniciación, en las sociedades primitivas y arcaicas, el hombre se convierte en lo que es y en lo que debe ser: un ser abierto a la vida del espíritu, y por lo tanto, alguien que participa en la cultura en la que ha nacido. Porque, como veremos más adelante, la iniciación de la pubertad representa por encima de todo la revelación de lo sagrado, y, para el mundo primitivo, lo sagrado no sólo significa todo lo que ahora entendemos por religión, sino también todo el cuerpo de tradiciones mitológicas y culturales de la tribu. En muchos casos, los ritos de la pubertad, en uno u otro sentido, implican la revelación de la sexualidad, pero para todo el mundo premoderno, la sexualidad también participa de lo sagrado. En pocas palabras, a través de la iniciación, el candidato pasa más allá del medio natural -el medio del niño- y gana acceso al medio cultural; es decir, es introducido a los valores espirituales. Desde un cierto punto de vista podría casi decirse que, para el mundo primitivo, los hombres alcanzan el estatus de seres humanos a través de la iniciación. Antes de la iniciación no comparte por completo la condición humana precisamente porque todavía no tienen acceso a la vida religiosa. Por eso la iniciación representa una experiencia decisiva para cualquier individuo miembro de una sociedad premoderna; es una experiencia existencial fundamental porque a través de ella el hombre es capaz de asumir su modo de ser de manera completa. Por ejemplo, la iniciación de la pubertad empieza con un acto de ruptura: el niño o el adolescente es separado de su madre, y en ocasiones la separación es llevada a cabo de un modo deliberadamente brutal. Pero la iniciación no sólo incumbe a los jóvenes novicios. La ceremonia incluye a la tribu por completo. Se está instruyendo a toda una nueva generación, se la está adecuando para ser integrada en la comunidad de los adultos. Y por ello, a través de la repetición, de la reactualización, de los ritos tradicionales, tiene lugar la regeneración de toda la comunidad. Ésa es la razón por la que en las sociedades primitivas las iniciaciones forman parte de los festivales religiosos más importantes. PARA AMPLIAR Y PROFUNDIZAR Los invitamos a leer, reflexionar y rezar con los textos propuestos en el Anexo. En qué se inician hoy los sujetos, mirada antropo-sociológica. Los temas iniciáticos permanecen vivos sobre todo en el inconsciente del hombre moderno. Esa opinión viene confirmada no sólo por el simbolismo iniciático de ciertas creaciones artísticas -poemas, novelas, obras plásticas, películas-, sino también por su aceptación pública. Una aceptación tan masiva y espontánea demuestra, me parece a mí, que, en lo profundo de su ser, el hombre moderno sigue siendo capaz de dejarse impresionar por escenarios o mensajes iniciáticos. Es posible encontrar temas iniciáticos incluso en la terminología utilizada para interpretar dichas obras. Por ejemplo, tal o cual libro o película se diría que redescubre los mitos y pruebas del héroe en busca de la inmortalidad, que toca el misterio de la redención del mundo, para revelar los secretos de la regeneración a través de la mujer o el amor, y otras cosas por el estilo. El rito de la madurez suele ir ligado a los desposorios. Ambos tienen la finalidad de perpetuar el futuro de la tribu mediante la posibilidad de tener descendencia. En algunas sociedades primitivas se valora más el matrimonio exógeno (con personas de otra tribu y familia) tal vez para garantizar, inconscientemente, que la mezcla genética contribuya a mejorar la raza. El incesto está explícitamente prohibido en cualquier cultura. Las bodas de hoy en día, dejando aparte las connotaciones religiosas, que se van perdiendo progresivamente, no dejan de ser una celebración en que se construye un nuevo núcleo familiar y los progenitores de ambos cónyuges respiran tranquilos (“¡Por fin lo/la he colocado/a!”) al ver su continuidad asegurada. Las muy en boga despedidas de soltero/a con espectáculo pornográfico y prostitución no son más que un modo bastante chabacano -pero esto no viene al caso- de concienciar al cónyuge de que deberá renunciar a su libertad sexual a partir de ese momento. La jubilación es un rito de paso no habitual en las sociedades anteriores. El progreso económico ha permitido que las personas que llegan a una cierta edad puedan descansar sin más, ya que lo que han cotizado durante toda su vida laboral debería bastar para mantenerse el resto de su vida. Por eso, muchos la celebran con ganas. En ocasiones, sin embargo, el jubilado padece el síndrome de “Y ahora qué”: el embrutecimiento de la vida de mucha gente que ha vivido para trabajar, y no al contrario, hace que teman la jubilación porque no han desarrollado inquietudes que puedan llenar su recién adquirido tiempo libre. No resulta sorprendente que los críticos se muestren cada vez más atraídos por las implicaciones religiosas y, sobre todo, por el simbolismo iniciático de las obras literarias modernas. La literatura juega una parte importante en la civilización contemporánea. El mismo leer, como distracción y escape del presente histórico, constituye uno de los rasgos característicos del hombre moderno. Por ello no sólo es natural que el hombre moderno busque satisfacer sus necesidades religiosas suprimidas o inadecuadamente satisfechas, mediante la lectura de ciertos libros que, aunque en apariencia “seculares”, de hecho contienen ciertas figuras mitológicas camufladas como personajes contemporáneos y que ofrecen escenarios iniciáticos bajo la apariencia de sucesos cotidianos. La iniciación reside en el núcleo de cualquier vida humana genuina. Y eso es así por dos razones. La primera es que cualquier vida humana genuina implica crisis profundas, sufrimiento, pruebas, pérdida y reconquista del yo, “muerte y resurrección”. La segunda es que, sea cual sea el grado de satisfacción que le haya reportado, en un cierto momento todo hombre considera su vida como un fracaso. Esta visión no surge de un enjuiciamiento moral acerca de su pasado, sino de la turbia sensación de que ha errado en su vocación; que ha traicionado lo mejor que había en él. En esos momentos de total crisis, sólo una esperanza parece ofrecer una salida: la esperanza de empezar a vivir de nuevo. Eso significa, en pocas palabras, que el hombre que experimenta dicha crisis sueña con una vida nueva, regenerada, totalmente realizada y significativa. Eso es diferente y bastante más que el oscuro deseo de toda alma humana de renovarse a sí misma periódicamente, de igual manera que se renueva el cosmos. La esperanza y el sueño de esos momentos de total crisis es obtener una renovado total y definitiva, una renovación capaz de transmutar la vida. Una renovación así es el resultado de toda conversión religiosa auténtica y genuina. Pero las conversiones genuinas y definitivas resultan comparativamente escasas en las sociedades modernas. Para nosotros resulta muy significativo que incluso, a veces, los hombres no religiosos, en lo profundo de su ser, sientan el deseo de este tipo de transformación espiritual, que en otras culturas constituye el auténtico objetivo de la iniciación. No nos compete a nosotros determinar hasta qué punto las iniciaciones tradicionales satisfacían sus promesas. El hecho que nos importa es que proclamaban su intención y afirmaban contar con los medios para transmutar la vida humana. La nostalgia de una renovación iniciática que surge de manera esporádica desde lo más profundo del hombre moderno no religioso nos parece muy significativa. Da la impresión de representar la formulación moderna del eterno anhelo del hombre por hallar un significado positivo a la muerte, por aceptar la muerte como un rito de paso hacia un modo de ser más elevado. Si podemos afirmar que la iniciación constituye una dimensión específica de la existencia humana, es sobre todo porque sólo en la iniciación se otorga un valor positivo a la muerte. La muerte prepara el nuevo nacimiento netamente espiritual, un acceso a un modo de ser no sujeto a la acción destructora del tiempo. El lenguaje iniciático: signo y símbolo Para Fromm, el lenguaje simbólico es un lenguaje en el que el mundo exterior constituye un símbolo del mundo interior, un símbolo que representa nuestra alma y nuestra mente. Dice Erich Fromm: “Yo creo, por el contrario, que el lenguaje simbólico es el único idioma extranjero que todos debiéramos estudiar. Su comprensión nos pone en contacto con una de las fuentes más significativas de la sabiduría, la de los mitos, y con las capas más profundas de nuestra propia personalidad. Más aún, nos ayuda a entender un grado de experiencias que es específicamente humano porque es común a toda la humanidad, tanto en su tono como en su contenido”. Símbolo es “algo que representa otra cosa”. Se pueden distinguir tres clases de símbolos: el convencional, el accidental y el universal. Sólo los dos últimos expresan experiencias internas como si fueran sensoriales, y sólo ellos poseen los elementos del lenguaje simbólico. 1. El símbolo convencional es el más conocido porque es el que empleamos en el lenguaje diario. Un ejemplo de este tipo de símbolo sería el lenguaje: el sonido m-e-s-a y el objeto mesa solo guardan entre ellos una relación convencional: nos hemos puesto de acuerdo para denominar así a ese objeto 2. El símbolo accidental es una asociación de carácter personal, estos símbolos no puede ser compartidos con nadie: por ejemplo, alguien que lo pasó muy mal en una ciudad la relacionará ya siempre con un estado de ánimo depresivo. Pero no existe una relación intrínseca entre el símbolo accidental y la realidad que representa. Los símbolos accidentales aparecen frecuentemente en los sueños. 3. El símbolo universal es aquel en el que hay una relación intrínseca entre el símbolo y lo que representa: el fuego, símbolo de voracidad, de cambio y permanencia al mismo tiempo, de poder y energía, de gracia y ligereza. Cuando usamos el fuego como símbolo, describimos con él una experiencia caracterizada por los mismos elementos que advertimos en la experiencia sensorial del fuego, una modalidad anímica de energía, ligereza, movimiento, gracia, alegría… Para Fromm el lenguaje del símbolo universal es la única lengua común que ha producido la especie humana. Todo ser humano que comparte con el resto de la humanidad las características esenciales del conjunto mental y corporal es capaz de hablar y entender el lenguaje simbólico que se basa en esas propiedades comunes. Los signos y símbolos son entidades semióticas con propiedades diferenciadas. Un signo se da por la relación semiótica de lo designado, el designante y la representación; mientras que un símbolo es una representación gráfica que puede ser parte del signo. Ambos transmiten ideas en las culturas prealfabetizadas o prácticamente analfabetas. Pero su utilidad no es menor entre las verbalmente alfabetizadas: al contrario, es mayor. En la sociedad tecnológicamente desarrollada, con su exigencia de comprensión inmediata, los signos y símbolos son muy eficaces para producir una respuesta rápida. Su estricta atención a los elementos visuales principales y su simplicidad estructural, proporcionan facilidad de percepción y memoria. En las muchas etapas que componen la evolución, en la forma de comunicación humana, del desarrollo del lenguaje hablado a la escritura, los signos visuales representan la transición de la perspectiva visual, a través de las figuras y los pictogramas, a las señales abstractas. Sistemas de notación capaces de transmitir el significado de conceptos, palabras o sonidos simples. Características de los signos y símbolos Un símbolo es la representación perceptible de una realidad, con rasgos asociados por una convención socialmente aceptada. Es un signo sin semejanza ni contigüidad, que solamente posee un vínculo convencional entre su significante y su denotado, además de una clase intencional para su designado. El vínculo convencional nos permite distinguir al símbolo del icono como del índice y el carácter de intención para distinguirlo del nombre. Los símbolos son pictografías con significado propio. Muchos grupos tienen símbolos que los representan; existen símbolos referentes a diversas asociaciones culturales: artísticas, religiosas, políticas, comerciales, deportivas, etc Los signos pueden ser comprendidos por los seres humanos y, algunos, por los animales; los símbolos no. Los signos señalan; son específicos de un cometido o una circunstancia. Los símbolos tienen un significado más amplio y menos concreto. Los signos y símbolos, sin semejanza física con la información que representan, poseen significados únicamente por un acuerdo importante campo de estudio: la semiótica. Ésta trata tanto la función de los signos en el proceso de comunicación, como el lugar de los síntomas en el diagnóstico médico. En la comunicación, los signos y señales aparecen, en general, en estructuras similarmente ilógicas. A veces requieren un planteamiento intuitivo que extraiga su sentido y que, por consiguiente, los haga susceptibles de interpretación creativa. Intuición, inspiración, resolución creativa de problemas…, como quiera que lo denominemos esta actividad no posee ninguna lógica, ningún patrón previsible. De la organización de signos inconexos surge la liberación de la lógica hacia el salto de la interpretación. Lo podemos llamar inspiración, pero es una forma particular de inteligencia. Es la aptitud esencial de cualquiera que debe organizar información diversa y extraer un sentido de ésta. Los símbolos pueden componerse de información realista, extraídas del entorno, fácil de reconocer, o también por formas, tonos, colores, texturas…, elementos visuales básicos que no guardan ninguna similitud con los objetos del entorno natural. No poseen ningún significado, excepto el que se les asigna. Existen muchas formas de clasificar a los símbolos; pueden ser simples o complicados, obvios u oscuros, eficaces o inútiles. Su valor se puede determinar según hasta donde penetran la mente pública en términos de reconocimiento y memoria. ESTE TEMA NOS INTERPELA Mirando la realidad pastoral donde desarrolla su tarea catequística:
  • Cuáles son los rituales cotidianos que todos cumplimos? ¿Qué importancia tiene la actividad ritual para toda cultura? Buscar dos rituales propios de la cultura del lugar donde se vive ( país o provincia) e investigarlos tratando de precisar: origen , ¿cuánto tiempo hace que está vigente?, en su opinión personal ¿se va a mantener en el tiempo?
  • ¿Cómo les parece que se puede profundizar la formación en el lenguaje simbólico?
  • REZAMOS LO APRENDIDO Una oración de Bruno Forte nos ayuda a descubrir los signos a través de los cuales Dios se comunica con nosotros como amigo: Es una historia de amor y de fidelidad la que tú comienzas y prosigues para siempre con nosotros. Se lava la carne para que se purifique el alma; se unge la carne para consagrar el alma; se signa la carne para fortalecer el alma; se imponen las manos sobre la carne para iluminar el alma; se nutre la carne con el cuerpo y la sangre de Cristo para que el alma se sacie de Dios. (Tertuliano, De resurrectione) Ayúdanos a corresponder a este don contínuo de tu misericordia por nosotros. Y tú, que no desdeñaste acompañarnos en la humildad de nuestro camino y en las exigencias tan humanas de nuestro crecimiento, haz que también nosotros sepamos acompañarte, Dios fiel, en la historia siempre nueva de tu amor por nosotros. Amén.