Entrar en una lógica misionera, pasar a un primer anuncio, renunciar a proseguir con una pastoral de inserción, he aquí lo que llevará a modificar las prioridades pastorales. Y acarreará duelos. Los tiempos para la comunicación de la fe en nuestras sociedades cambian. El cristianismo, ayer mayoritario, sufre en nuestras comarcas un amplio descrédito social. La autonomía del Estado, la marginación de la vida social del religioso, el pluralismo de opiniones en los regímenes democráticos, la aceleración y la mayor complejidad de las informaciones invitan a pensar de otra manera la misión y la transmisión cristianas. El teólogo francés Christian Duquoc estima que esas modificaciones no engendran necesariamente una crisis de la fe, sino que ellas por el contrario impulsan “a otra forma de anuncio evangélico”. Como apoyo de este análisis, él evoca la actitud de Jesús mismo y de los primeros evangelizadores. Jesús ha anunciado el Reino de Dios por la sola fuerza de la Palabra y por signos milagrosos limitados. No recurrió a la presión del Estado, al llamado a la fuerza de la ley o a la opinión mayoritaria del gentío para obligar a convertirse en discípulo suyo. “El propuso, sin imponer nada, pero no sin dejar de deplorar la dureza del corazón”. El discípulo no está por encima de su maestro. Los tiempos actuales pueden ser la ocasión de medir la extensión de los cambios en materia de transmisión religiosa e invitar a “re-interpretar o actualizar el anuncio en función de lo que ella fue originariamente, un llamado sin presión política y social”. “Esta nueva nota social es tal vez una posibilidad para la fe cristiana: Dios no se impone, se lo busca y se lo desea; la discreción de Dios, manifestada en la trayectoria de Jesús y de alguna manera verificada en el retiro silencioso del Espíritu, puede suscitar, a partir de la moderación de la comunidad y del pudor de su anuncio, otra seducción que la del consenso superficial o social, alejada de toda presión del poder y de la fascinación del poder. Cuando Dios se oculta es cuando El se hace cercano”. En este retorno a las fuentes de la misión, en el pudor y la discreción (ya no más contando con la fuerza de las leyes o sobre la solidez de las instituciones, sino despertado en aquello que dormita en cada uno), la experiencia misionera vivida al contacto de las poblaciones de los países del Sur del planeta se sostiene en tres estrados: – El acto de fe es eminentemente un acto de libertad humana: nadie puede obligar a otro a responder al amor de Dios. El anuncio misionero, como toda forma de catequesis, exige una inmensa atención al otro, una moral de la comunicación que libere y haga responsable. Misión y catequesis unen a la mujer y al hombre en una conducción personal. La democracia, el pudor, la tolerancia no llevan al cristiano a ser mudo o inexistente en el espacio social del libre debate. Ellas invitan a poner en obra una evangelización autentificada por el testimonio y una catequesis de acompañamiento. – La evangelización es igualmente una predicación religiosa y una actividad de humanización de las condiciones locales de vida. Pablo VI, en la encíclica Populorum Progressio (26 marzo 1967), define de este modo la misión de la Iglesia: promover un desarrollo integral, de todas las dimensiones humanas, “de todo hombre y de todo el hombre”. Se trata justamente de integrar, como dimensión plenamente constitutiva de la evangelización y de la misión, “el combate por la justicia y la participación en la transformación del mundo” (texto del Sínodo de Obispos de 1971). Toda propuesta calificada como catequística sitúa al destinatario en su forma de situarse en la vida y en el mundo. Ella obliga al análisis y al discernimiento. La catequesis no es solamente formación o información, ella suscita un proceso de transformación. Ella conduce a examinar sobre qué fundamentos y con qué principios cada participante ve el mundo actual. Según los dichos de Giancarlo Colet, aprender a creer hoy equivale a menudo a aprender a contra-corriente. Se trata, entre otras cosas, de adquirir la facultad de ver claro en las múltiples influencias a las cuales estamos expuestos todos los días y de examinar de manera crítica las Evidencias comunes. – En un artículo importante publicado en 1989 por la revista Catequesis, otro teólogo francés, Antoine Delzant, situaba a cada uno frente a los tapices (doseles) de la cultura contemporánea. Frente a ese mundo, uno adopta ya sea una actitud negativa: esta sociedad es nefasta y peligrosa; lo mejor es pues apartarse de ella y protegerse lo mejor posible. La otra actitud es la de la apertura y el discernimiento: es esta cultura la que el cristianismo viene a habitar y a vivificar. Dos de los más importantes arsenales para el anuncio hoy son el de la inculturación y el del diálogo interreligioso. Estas dos temáticas ocupan con derecho el primer plano de toda la reflexión misionera y catequística, invitan al análisis cultural, obligan al apóstol del Evangelio a volver a decir las palabras de la Vida en Jesucristo en el lenguaje de hoy y en el encuentro con los otros. Y ¿resulta demasiado decir que el encuentro del cristianismo con las culturas actuales lleva consigo en sí mismo un enriquecimiento mutuo? Concluyendo un número de la revista Lumen Vitae sobre las catequesis inculturadas, André Fossion escribía: Cuando el cristianismo se adormece sobre su tesoro o se encierra en el idioma, el mundo secular viene en su auxilio para volver a dar fuerza al Evangelio. Esta fue ya la experiencia de Jesús mismo cuando se admiró delante del centurión: “En verdad os digo, ni en Israel, he encontrado una fe como ésta”. Cuando una comunidad está más preocupada por sus estructuras y su supervivencia que por sus individuos, ella corre el riesgo de perder su vigor profético y la fuerza de convicción de su mensaje. Por el contrario, los discípulos del Cristo están llamados a renovarse sin cesar en el amor recíproco para que el mundo pueda creer: actores y servidores de la propuesta. Catequesis y comunidad. Catequesis de propuesta y modo de hacer Iglesia ¿Cuáles son y serán los lugares donde podrá nacer una catequesis de la propuesta? Según una tríada clásica en catequesis, traer a la memoria un plan, un proyecto catequístico a escala diocesana, regional, de un país, consiste en presentar iniciativas a tomar en los ámbitos de la parroquia, de la familia y de la escuela. Yo se que inmediatamente, este tríptico indispone a algunos, con todo derecho. Las propuestas vividas en los movimientos de apostolado, en los medios y las nuevas tecnologías, en los movimientos de juventud constituyen otros tantos lugares a tomar en consideración. Aún en el caso en que no se hiciera mención aquí más que de la parroquia, es pues mucho más ampliamente que sería necesario orientar (localizar, situar) el anuncio, la escucha y el acompañamiento. Formulo cinco reflexiones sobre la relación (vínculo, lazo) entre parroquia y propuesta. a) Las prácticas catequísticas parroquiales se han aprovechado poco de la célebre fórmula: “La comunidad es la fuente, el lugar y el término de la catequesis”. La preocupación catequística ha permanecido a menudo en la periferia de las comunidades parroquiales. Es cierto, se “hace” catequesis, pero al margen de las prioridades esenciales de la parroquia. La catequesis sigue siendo demasiado a menudo una actividad confiada a voluntarios y destinada solo para los niños, un sector “compartimentado”. Una renovación de la catequesis y una renovación parroquial exigirían poner en el corazón, en el centro, en el núcleo de la misión parroquial la preocupación del anuncio, de la catequesis y de la propuesta. b) El Directorio General Catequístico (1997) da esta definición de la catequesis (nº 84): “Las tareas de la catequesis son la reeducación de las diversas dimensiones de la fe, ya que la catequesis es una formación cristiana integral, “abierta a todas las componentes de la vida cristiana”. En virtud de su dinámica interna, la fe exige ser conocida, celebrada, vivida y traducida en oración. La catequesis debe promover cada una de esas dimensiones. Pero la fe se vive en la comunidad cristiana y se anuncia en la misión: es una fe compartida y anunciada. Esas dimensiones deben igualmente ser favorecidas por la catequesis”. He aquí pues adelantadas las seis tareas de la catequesis (como recordatorio, en este texto, se trata de hacer valer las diferentes facetas de la fe que, según su lógica interna, merece ser conocida (1), celebrada (2), vivida (3), traducida en oración (4), compartida (5) y anunciada (6). Por consiguiente, aparece la exigencia de una triple evolución de la vida comunitaria: – un paso de una comunidad que aísla la preocupación catequística confiándola a algunos voluntarios, a una comunidad donde todos, de todas las edades son conscientes de estar en espera de ser “todavía” catequizados y prontos (listos) a rendir cuenta de su esperanza. (1 P, 3); – un paso de una comunidad que define el proyecto catequístico como una transmisión de conocimientos religiosos a una comunidad que lo entiende como una oferta significativa y de calidad en los seis campos del descubrimiento de la Biblia y de la Tradición, de la liturgia, del accionar solidario, de la oración, de la fraternidad y del encuentro con otras filosofías y religiones; – de una comunidad en la que los catequistas están con frecuencia poco presentes en los lugares de concertaciones pastorales a una comunidad que los llama a convertirse en los aguijones de los consejos pastorales, recordando que la misión teológica de la parroquia consiste en ser signo del Reino. c) Recordemos la etimología de la palabra catequesis: hacer resonar la Palabra supone que el acto catequístico integra un encuentro, una escucha, un acompañamiento en la proximidad de un frente a frente. La catequesis no se asemeja a las campañas de afiches colocados a lo largo de las grandes avenidas o repetidas a gusto por medio de la prensa. Ella es una disponibilidad respetuosa para entrar en diálogo con alguien sobre aspectos esenciales de su intimidad, sin usurpar su jardín secreto, sino dejándolo libre en su discernimiento. Este encuentro en un cara-a-cara, esta disponibilidad singular y única en nuestra sociedad occidental post-moderna, ¿serán posibles en los vastos conjuntos de las nuevas parroquias? ¿Qué acontecerá con la proximidad?¿Con qué cuerpo catequístico? d) La parroquia, ¿tiene ella aún suficiente vitalidad como para colocarse en actitud de apertura del nuevo mandato misionero, de los nuevos proyectos catequísticos? Parroquia y catequesis ¿están inexorablemente llevadas hacia una decadencia, incluso hacia una ruina inevitable? El teólogo alemán Norbert Mette, apoyándose en los trabajos de W. Bartholomaus, pudo identificar tres formas de relacionar los dos términos, comunidad y catequesis. Siguiéndolo es posible concebir que haya catequesis en la comunidad. Esto sucede cuando la catequesis (sacada de las aulas) se encuentra en el terreno parroquial y se ocupa de la iniciación sacramental de los niños. Está asegurada por catequistas voluntarios. Aunque ella no sea escolar, en ese modelo, el aspecto o transmisión de un conocimiento es lo “que domina”. El segundo modelo es el de la “catequesis para la comunidad”. Aquí, el interés no es sólo con respecto a los niños, sino con respecto a los adultos. La catequesis se define como “un acompañamiento de la vida de fe de cada uno, a cada edad”. Desde un punto de vista pedagógico, este segundo modelo insiste más sobre la catequesis de los adultos como paradigma, permitiendo transmitir la fe a las otras generaciones de manera convincente. Finalmente, N. Mette, identifica un tercer modelo, el de la “catequesis de la comunidad”. Se toma aquí conciencia que la responsabilidad de la transmisión de la fe descansa en todo el pueblo de Dios. Cada miembro de la comunidad es actor en catequesis. Cada cristiano, por el hecho de su bautismo y de su vida de fe, tiene algo que transmitir a los demás. Cada cristiano tiene algo que recibir de los demás. La comunidad está construida por una catequesis comprendida de este modo. La catequesis viene a aguijonearlo para que ella ofrezca a todos campos de experiencia variados, intergeneracionales y significativos. ste tríptico evolutivo y teórico es seductor. Ha servido de hilo conductor al documento del sínodo común de las diócesis alemanas en 1974. Pero tropieza con la prueba de la realidad. Según el análisis de N. Mette mismo, rara vez se ha llegado al tercer modelo: la catequesis de los adultos ha fracasado ampliamente, el estado real de las comunidades no permitía en absoluto armar organismos colectivos de evangelización. En resumen, el que ha perdurado es a menudo el primer modelo. El teólogo de Québec, profesor de la Universidad Saint Paul de Ottawa, Norbert Provencher, suscitó recientemente un ardiente debate con ocasión de su ensayo sobre el porvenir de la Iglesia. Antes de dar un diagnóstico analizó las diversas iniciativas tomadas por la Iglesia de Québec, desde el Vaticano II. Habló de una Iglesia en fase terminal: “Nuestras planificaciones pastorales ¿no serían entonces sino un ensañamiento (empeño, obstinación) terapéutico destinado a mantener viva a todo precio a una Iglesia que no pide más que morir una buena muerte?. Los distintos capítulos del libro desgranan diversos aspectos de la pastoral contemporánea y desembocan para cada uno en la misma constante: una Iglesia en decadencia, una Iglesia que no transmite más, una Iglesia que no acierta a encontrarse con la sociedad contemporánea, una Iglesia que no es más creíble por completo, una Iglesia que hipoteca su porvenir, una Iglesia accidentada (averiada, en la miseria) en su imaginación, en resumen una Iglesia en fase terminal. Las constataciones que él redacta sobre la salud de las parroquias y de la catequesis son inquietantes. Se muestra receloso respecto de las nuevas parroquias, en tal medida él teme que “preocuparse sólo por la instalación de las nuevas estructuras, a menudo según el número de sacerdotes disponibles y de practicantes regulares, no resuelve el problema más que por un tiempo”. e) Finalmente, la cuestión planteada por la catequesis de la propuesta en la búsqueda de esta renovación es la de la definición de la comunidad. Identificar el reordenamiento pastoral a lo que representa habitualmente la parroquia: un lugar donde se acoge a aquellos que se presentan, primero antes que nada alrededor de la celebración eucarística dominical. Durante ese tiempo, la nueva catequesis de la propuesta sondea caminos tales como: – la propuesta cristiana a poner a disposición en lugares no-confesionales; – la disposición de la catequesis para acompañar, aún de manera temporaria, el cuestionamiento religioso de nuestros contemporáneos; – la disociación de una forma exclusiva de catequesis vista como una preparación a sólo los sacramentos de iniciación para hacer una oferta de acompañamiento permanente. Medimos la distancia. Vemos qué cuestiones aparecen. La estructura parroquial, recordaba recientemente Pilles Routhier, está construida sobre el principio de la estabilidad. La catequesis de acompañamiento llama a la movilidad. La estructura parroquial reajusta las actividades sobre un cuadro habitual que identifica a los destinatarios como a practicantes. La nueva catequesis quiere estar en camino con un público más amplio. La parroquia es a menudo todavía, según el análisis de Liliana Voye, una estructura territorializada, definitiva, global, jerarquizada y exteriormente legítima. La catequesis es, de ahora en adelante, más cercana a la lógica de las redes. Siempre gracias al vocabulario detallado por L. Voye, se puede decir que la red es horizontal, transitoria, electiva, plural y autolegítima. Henri Derroitte Director del Instituto Lumen Vitae (Bruselas) Traducción de Cristina Kopytynski
ISCA
El ISCA es un instituto superior nacional de catequética cuya finalidad se inscribe en el ámbito de la investigación y de la formación de formadores. Por eso asume la preparación de los que van a ejercer la responsabilidad de la animación, coordinación, conducción y/o formación en la catequesis a nivel diocesano, regional y nacional, en las casas de formación del clero y en el ámbito de las congregaciones religiosas.
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