Para soportar y animar los cambios en curso, la catequesis tiene necesidad de una renovación espiritual, alimentada en las fuentes evangélicas. Esta espiritualidad de la catequesis concierne su manera de entrar en comunicación, su “ethos”: las actitudes a vivir y los valores a promover en su mismo ejercicio. La espiritualidad de la catequesis es la manera para ella de representarse su misión y de vivirla en la fe, la esperanza y la caridad. Señalemos aquí tres actitudes espirituales que parecen particularmente oportunas para un tiempo de cambio. Primero, adoptar el espíritu de la siembra. La imagen evangélica del sembrador está al opuesto del espíritu de la conquista o de la expansión de un centro hacia la periferia. La imagen de la siembra, puede aliar, a la vez, la voluntad y la falta de dominio. La siembra, en efecto, puede ser llevada con determinación y rigor; se trata de velar a que el tesoro de la tradición cristiana sea, tanto como sea posible, puesta a la disposición de todos como una fuente ofrecida para vivir, como una “parte seminal” posible para construir su existencia. Pero para el resto, hay que saber soltar prenda: dejar el tiempo al crecimiento, no tirar sobre las hojas ni prejuzgar del fruto que viene. “El Reino de Dios es semejante a un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo” (Mc 4,26-27). Luego, dejarse evangelizar por aquellos y aquellas que uno trata de evangelizar. Hay también ahí una actitud espiritual, esencial para la catequesis: descubrir en el otro al que uno se dirige en la catequesis una presencia del Espíritu que está ya allí, que nos precede siempre e incluso puede sorprendernos. “irá antes que ustedes a Galilea: allí lo verán” (Mt 28,7). Finalmente, saber contar con aliados inesperados. Esta disposición de recibir ayuda es particularmente oportuna cuando la catequesis parece estar sin aliento y estar acorralada por un sentimiento de impotencia. No olvidemos que la evangelización no será jamás el producto de nuestros esfuerzos y de nuestros programas, aunque estos sean necesarios. Será siempre el orden de la sorpresa. En esta óptica, hay que saber contar con factores que no podemos dominar y notablemente, en las ayudas – personas, acontecimientos, teorías, evoluciones culturales, movimientos de ideas – que parecen venir de afuera y se nos presentan de forma inesperada, al ejemplo, podríamos decir, del rey Ciro, el no judío, enviado por Dios para reconstruir una Jerusalén nueva . (Is 44,28) André Fossion, s.j. Profesor en el Centro internacional Lumen Vitae Presidente del Equipo europeo de catequesis