Un mundo, una Iglesia y una catequesis se van. Un mundo, una Iglesia y una catequesis vuelven. En esta situación un poco imprecisa e inconfortable de “entre dos”, podemos estar tomados por reacciones de miedo que, de un lado diabolizan el mundo viendo en todas partes signos de decadencia, y por otro culpabilizan a las comunidades cristianas haciéndolas responsables en los momentos difíciles que atraviesa la fe en Occidente. Para dejar atrás estas reacciones inmediatas, tenemos que dar un retroceso crítico y hacer un análisis de los cambios culturales que afectan a nuestra sociedad. La cultura de hoy es una cultura del sujeto, una cultura democrática, científica y técnica. Es una cultura del mercado, de la novedad, de la comunicación. Ahora bien, todas esas características de nuestra sociedad modifican en profundidad la relación cultural a la religiosa. Nuestra sociedad salió de la necesidad del fundamento o del marco religioso. En cuanto a las conciencias, ellas se han emancipado de la tutela clerical. Sin embargo, no es el fin de la religión. En realidad, lo que nuestra cultura transmite no es de entrada la fe, ni tampoco el ateísmo sino la libertad religiosa . En efecto, la religión aparece hoy, desde la edad muy temprana, como el lugar por excelencia de la libertad; sólo tiene sentido en la adhesión libre. Lo que importa, en esta consideración, en la consciencia de nuestros contemporáneos, relacionado con las preguntas religiosas, es poder determinar libremente, ciertamente en el diálogo, pero cada cual a su ritmo y según su propio camino, a distancia de toda presión institucional o de todo proselitismo dogmático. De este punto de vista, podemos hablar de una crisis de la transmisión de la fe en el sentido donde ésta no se transmite más de manera casi automática, por tradición, con la identidad familiar o cultural, pero está suspendida a la libre decisión, apreciación y apropiación de los sujetos, en un mundo irremediablemente más pluralista. Esta libertad religiosa que es dada culturalmente no es sin embargo fácil de practicar. En efecto, el mundo complejo dónde vivimos pone forzosamente perplejo, inclusive en el dominio religioso. De ahí, que en muchos, hay actitudes hechas de espera e indecisión. Así las preguntas religiosas permanecen a media luz, sin angustia ni urgencia, en relación a las necesidades inmediatas de una existencia que debemos llevar día a día. En toda hipótesis, en un contexto de mobilidad mental así como físico, el camino de los sentidos y los caminos religiosos de unos y otros serán en el futuro, los más diversos, imprevisibles y casi siempre fuera de los senderos trazados. Esta situación cultural, hace forzosamente bascular a la catequesis, la desaloja de sus hábitos, la obliga a replantearse y a reorganizarse. Ella la lleva incluso a un sentimiento de impotencia, incluso reservándole a lo mejor alegres sorpresas. El campo de la reflexión teológica Si existe la libertad religiosa, hay que reconocer que su ejercicio hoy está entorpecido, incluso gravemente disminuido por representaciones ampliamente difundidas de la fe cristiana que han estallado, caóticas, erróneas o hasta incluso perversas. Estas representaciones, en general muy tenaces, que se transmiten no se sabe como – en un inconsciente colectivo, por los medios de comunicación, en las reminiscencias de una enseñanza anticuada de la Iglesia- bloquean el acceso a la fe, la hacen incomprensibles, obsoletas, fuera de juego. Muchos se han alejado de la fe así representada y ganaron en humanidad. En esta situación, la catequesis en Europa tiene necesidad de lo mejor de la reflexión teológica para poder hablar de la fe de una manera que la haga posible. Para esto, necesita reveer las preguntas de teología primera, es decir las preguntas sobre Dios que conciernen lo más cerca la inteligencia de la vida humana: el destino de la humanidad y Dios que crea; la libertad humana y el Dios que permite/ prohibe; la dignidad de la persona y el Dios que se encarna; el mal y Dios que salva; la muerte y Dios que resucita; la justicia y Dios que juzga y perdona; la comunicación y Dios Trinidad; la pluralidad de las religiones y Dios que es Único, etc. Sobre todas estas preguntas importantes, hay que aprender y sobre todo, olvidar lo aprendido para empezar y recomenzar a creer. Cada vez más, la catequesis europea tiene necesidad de perspectivas teológicas que hablen, simples pero no simplistas, capaces de “dar sentido” en el seno de los discursos culturales del ambiente y de aliarse a la madurez psíquica de los sujetos como a su desarrollo cultural. El problema de este trabajo teológico en el corazón de la actividad catequística, es de constituir la fe deseable y no solo comprensible. André Fossion