Para acercarnos al concepto de la dimensión comunicacional, vamos a comenzar por recordar a Tarzán. Sí, el Rey de los Monos. Aunque parezca traído de los cabellos, en el cuento que le dio origen a esta historieta hay unos interesantes ejemplos comunicacionales. Si evangelizar es comunicar, y si la comunicación es el camino para la comunión, es necesario, también, distinguir dimensiones comunicacionales en cada una de las dimensiones para vivir el evangelio y desarrollar la acción pastoral. Si nuestra vida diaria, con nuestro testimonio, nuestra reflexión y nuestros actos, tiene valor evangélico, es precisamente porque en ella, además de la fe y las enseñanzas de la Iglesia, hay elementos comunicacionales permanentes: hay palabras, gestos, sonidos, movimientos, y expresión de ideas y sentimientos que significan algo para otros, no sólo para uno mismo. Los seres humanos somos, en tal sentido, seres comunicacionales por naturaleza, usuarios y creadores del discurso, entendido en sentido amplio como “la expresión a través de palabras, imágenes, gestos, espacios y objetos, para comunicar y comunicarse en el seno de las relaciones sociales”. ¿Y qué tiene que ver eso con Tarzán? dirá usted con toda razón. Bueno, para hablar de discursos hay que pasar por los lenguajes; y el dato interesante es cómo aprendió este hombre el lenguaje humano, habiendo sido criado por gorilas. La historia comienza cuando aún era muy pequeño Lord Greystoke -según lo cuenta su creador, Edgar Rice Burroughs-. La familia viajó al África, pero su embarcación naufragó en un río. El pequeño Lord sobrevivió, aunque sus padres murieron allí. Él fue adoptado y criado por simios, de quienes aprendió todos los secretos de la selva, que le permitieron convertirse en Tarzán. Sin embargo, ni los monos ni la selva le dieron un secreto importantísimo: la capacidad de comunicarse con otros seres humanos. Un día, nuestro Lord regresó al sitio de la tragedia y encontró unos libros. Entonces, dice el cuento, aprendió a leer por sus propios medios y, a partir de entonces, pudo balbucear el lenguaje de los hombres e, incluso, llegó a viajar a Inglaterra. Puede ser que se comunicara en forma mediocre: “Yo Tarzán, tú Jane” ¿recuerdan esos diálogos típicos en las películas? Pero la pregunta clave es: ¿pudo Tarzán haber aprendido a hablar, después de descifrar lo que decían los libros? Respondamos después de reflexionar un poco sobre el asunto de la adquisición del lenguaje. ¿Recuerdan cómo aprenden a comunicarse los bebés?: primero llanto; después gestos; luego, sonidos que imitan palabras de las personas que los rodean; más tarde, sustantivos, adjetivos, verbos y, por fin, frases. Pero es un proceso largo y complejo, aunque se produzca en forma natural, pues, todo ser humano, en condiciones normales, adquiere la capacidad de producir y comprender mensajes. La clave para lograr este aprendizaje es, a su vez, una capacidad previa: la percepción. Ustedes han escuchado muchas veces esa palabra, pero ¿conoce su etimología, su raíz de origen? Percibir, en latín, viene del verbo percipere, que significa apropiarse de. En otras palabras, logramos comunicarnos porque podemos apropiarnos de los significados que nos rodean, para comenzar a usarlos. Al principio, con la experiencia de vivir en una familia (el primer espacio cultural) y de adquirir una lengua, esta capacidad comunicativa es oral, gestual y táctil. Más tarde, con el acceso a la alfabetización y la educación formal, las personas pueden desarrollar destrezas para elaborar y comprender lenguajes más complejos, como la escritura. Es decir, el aprendizaje va de lo simple a lo complejo y de lo cercano a lo distante: percibimos significados concretos, primero, y luego aprendemos a percibir, a interpretar, significados más difíciles, incluso abstractos. La percepción humana ha sido muy estudiada, en especial por la psicología. Es un tema denso e inagotable. Pero, a la vez, es apasionante por las cosas que nos descubre de nuestra propia naturaleza humana. Aquí vamos a detenernos apenas en lo que algunos estudiosos llaman aprendizaje perceptual. Existe un aprendizaje perceptual que se prolonga a lo largo de toda la vida, pero que alcanza una cierta consistencia pasada la adolescencia. Dicho aprendizaje va conformando una acumulación de percepciones que constituye nuestra manera de enfrentarnos a los demás e incluso a nosotros mismos. Ese proceso acumulativo conforma en gran medida la biografía de un individuo. El aprendizaje que realizamos no es de la realidad en forma directa, sino que está mediado por algún tipo de lenguaje. Desde este punto de vista, percibir es percibir significados, es aprender a atribuir un sentido, una significación a nuestro contexto y a nosotros mismos. Un lenguaje es un vínculo para expresarse y ser ante los demás. Percibir es, entonces, percibir lo familiar. Asistimos a una serie de costumbres perceptuales que nos permiten vencer de alguna manera la incertidumbre, la complejidad del entorno en que estamos insertos (Prieto, 1986; págs. 32-33). Por lo tanto, la vida cotidiana se presenta como el espacio social en que se produce la mayoría de los aprendizajes perceptuales: es el terreno de lo familiar, lo cercano, lo inmediato; y nos marca a todos, para bien o para mal. “junto a los conceptos se aprenden también estereotipos. Se aprende, por ejemplo, a reconocer a un individuo de piel negra, pero a la vez se aprende, en un contexto racista, que ese ser es inferior o peligroso. Es imposible no aprender ambas cosas a la vez, porque a vida cotidiana de todo ser humano se estructura a partir de conceptos y estereotipos […] No sólo reconocemos algo, también le adjudicamos un valor, lo valoramos como positivo o negativo, como agradable o desagradable, como útil o inútil, como peligroso o no […]. Hay una acumulación de experiencias y de percepciones que constituyen la historia individual de alguien. Y en percepción es imposible saltar por encima de la propia historia” (Prieto Castillo). Al parecer, el único que ha dado este salto ha sido Tarzán: sin haber pasado nunca por el aprendizaje perceptual de una familia o una cultura humana, se dio el lujo de entrar directamente a la interpretación de signos visuales (escritura) y de allí, en un doble salto mortal, se ahorró toda una vida de aprendizaje del lenguaje y aprendió a leer por sí solo. Y, cuando viajó a Londres, ya llegó hablando. Bueno, algo tenía que fallar: el pobre Tarzán se quedó hablando en infinitivos y pronombres sin conectivos: “Yo Tarzán, tú Jane; tu traer, yo llevar”. Pero, para fines prácticos -y para responder la pregunta inicial-, podemos estar de acuerdo en que el lenguaje de Tarzán es imposible en la vida real: todos somos fruto de nuestra vida cotidiana y nuestra cultura, porque es en ese espacio donde adquirimos nuestra identidad de seres humanos. Joan Manuel Serrat, el cantautor catalán, nos lo dice en una forma mucho más poética, con una canción sobre los hijos, “esos locos bajitos”: “cargan con nuestros dioses y nuestro idioma, nuestros rencores y nuestro porvenir […] les vamos transmitiendo nuestras frustraciones, con la leche templada y en cada canción”. Y los Obispos en Santo Domingo expresan esta idea de la cultura y la vida cotidiana, en relación con la Trinidad: “Cada persona y cada grupo humano desarrollan su identidad en el encuentro con otros (alteridad). Esta comunicación es camino necesario para llegar a la comunión (comunidad). La razón es que el hombre ha sido hecho a la imagen de Dios Uno y Trino, y en el corazón de la Revelación encontramos su misterio trinitario como la comunicación eternamente interpersonal, cuya Palabra se hace diálogo, entra en la historia por obra del Espíritu e inaugura así un mundo de nuevos encuentros, intercambios, comunicación y comunión. Esta comunicación es importante no sólo con el mundo sino en el interior de la Iglesia (279).” Precisamente, el drama de la enfermedad del autismo consiste en la imposibilidad de la persona para hacer contacto con los otros, con el mundo que la rodea, aunque su cerebro no esté dañado ni paralizado. Es, básicamente, una incapacidad de comunicarse y de encontrar la propia identidad.
Gabriel Jaime Pérez, S.J. Luís Ignacio Sierra
DEPARTAMENTO DE COMUNICACIÓN SOCIAL – DECOS / CELAM. Comunicación, misión y desafío. Manual de Comunicación para la Pastoral. Colección Documentos CELAM Nº 7. Bogotá, 1997. Págs. 300-305
