Cuando desconocemos, o no conocemos en forma suficiente, la cultura de nuestros destinatarios, nos arriesgamos a atropellarlos. Pero todo el pueblo de como destinatario de la comunicación eclesial, es un grupo inmanejable a la hora de planificar nuestro trabajo, puesto que la Iglesia cuenta con una inmensa diversidad de ellos, desde los definidos por razones geográficas (parroquia, vicaría, diócesis) hasta los determinados por sus características (jóvenes, mujeres, niñas y niños, familias, seminaristas, religiosos, religiosas). Por eso, en condiciones concretas de trabajo necesitamos procesos y recursos de comunicación, así como una manera de comprender la comunicación, que la vincule con la cultura y la educación. De lo contrario, atados al modelo de transmisión y de medios técnicos, ninguna comunicación eclesial servirá efectivamente a la Nueva Evangelización. De ahí que hagamos una propuesta de comunicación educativa eclesial. En el momento de acercarnos a diferentes propuestas que se consideran educativas, podemos encontrar, también, diversas maneras para definir lo educativo. Una forma clara de ver estas diferencias es preguntar por la relación que se establece con el destinatario. Podríamos reconocer tres opciones principales con las que diversas propuestas crean ese vínculo: 1. El destinatario no sabe nada, lo importante es el mensaje. 2. El destinatario lo sabe todo, lo importante es el proceso. 3. El destinatario sabe y no sabe, lo importante son el proceso y el mensaje (Prieto y Cortés, 1990). En la primera opción se encuentra gran parte de las propuestas que consideran todo el trabajo educativo como una simple extensión, como una transferencia o una transmisión a seres sin conocimientos y sin cultura (el otro como ignorante o inculto). En la segunda caen ciertos excesos de algunos defensores de la comunicación popular: nada hay que agregarle a la sabiduría de la gente, nuestra tarea consiste en ayudar a encontrar lo que ya se tiene, sin llevar información y soluciones a las cuales no haya llegado la comunidad por sí sola. En la tercera, se parte de la cultura de los destinatarios, pero también del reconocimiento de que toda cultura se compone de aciertos y errores, toda, la nuestra y la de cualquiera. La idea de lo que es educativo varía en cada caso. En la primera opción, el polo emisor es rey; el mensaje traerá la conciencia o el cambio de conducta. En la segunda, el destinatario todo lo sabe, él nos educa a nosotros, nada tiene que aprender de nuestros mensajes. En la tercera, la educación se constituye en un acompañamiento, en un intercambio de experiencias y conocimientos dentro del cual adquieren sentido los mensajes. Es la opción que consideramos más sólida para los propósitos educativos de una comunicación eclesial que busca la inculturación del Evangelio. La podemos sintetizar en esta premisa: partir siempre del otro. Pero no de manera ingenua, de una idealización, sino, a la vez, desde la siguiente pregunta: ¿qué sabe y qué ignora el otro? A la luz de las necesidades de inculturación del Evangelio, la tarea de una comunicación educativa la concebimos como misión de servicio. Ella no busca, entonces, una relación con los destinatarios marcada por modelos que se dirigen a bombardearlos con mensajes para “impactar” un “grupo blanco” (target), ni a hacer explicaciones torpes o lograr cambios de actitudes de conducta con amenazas o mentiras. En una comunicación camino de comunión, comprendida como manifestación de interioridad y de creer en el otro, no posible manifestar esta interioridad sin una libre decisión. El contexto institucional de la Iglesia no es comparable al de una empresa. No estamos aquí para “elaborar” productos y buscar las maneras de “mercadearlos”. Por eso, llevado al terreno de la pastoral, nuestra comunicación no puede resolverse con unos modelos imitadores de procesos técnicos, ni con estrategias para vender valores o salvación en vez de autos, chocolates, ropa o cigarrillos. Dejémosle los trucos persuasivos a los tele-evangelistas de la “iglesia electrónica”, y recordemos que “ejerciendo una presión sobre la opinión pública se contribuye a la clarificación de los problemas doctrinales y se sirve a la verdad” (Aetatis Novae, 10) No puede considerarse como servicio a la comunicación todo lo que se opone al encuentro obsequioso como personas (manipulación, mentira, violencia, pornografía) como tampoco es servicio a la comunicación lo que produce aislamiento, indiferencia, desesperación. La convivencia, la comunidad, es una tarea nunca terminada. Es tarea de todos los días. El camino es la comunicación. Ojalá nos ayudemos todos a superar los obstáculos para la comunicación. Son muchos. Unos están dentro y otros fuera, pero es necesario caminar por este camino (Ysern). Podría decirse que hay una nueva Babel en este mundo globalizado, donde el modelo de transmisión y sus resortes tecnológicos enmascaran la necesidad de restar la comunión y ocultan la gravedad del generalizado y profundo individualismo productor de insolidaridad. Cada uno “va a la suya”. Cada uno habla su idioma. La convivencia se ha convertido en Torre de Babel. El lugar de la convivencia armoniosa se ha llenado de tensiones y ha entrarlo el escándalo de la violencia y de la pobreza. Dentro de este ambiente, Dios persiste en su proyecto de alianza que se hace plan de salvación (Ysern). Y esta Alianza, en la Nueva Evangelización inculturada, exige que nuestra comunicación educativa se base en unificaciones cuidadosas de nuestra acción: (…) es urgente responder con generosidad e imaginación a los retos que enfrenta hoy y enfrentará en el futuro la Iglesia de América Latina. Estas nuevas formas de acción educativa no pueden ser fruto de la veleidad o la improvisación sino que requieren suficiente capacitación en sus agentes y basarse en diagnósticos objetivos de las necesidades, así como en el inventario y la evaluación de sus propios recursos. Sería aconsejable el empleo de métodos participativos (Puebla, 1046). Con esos criterios ya tenemos una base para lo que sería una propuesta de comunicación educativa eclesial, cuya prioridad es la relación que establece con los destinatarios, no el tipo de medios o de mensajes que utiliza. Es decir, una propuesta en la cual lo educativo no se resuelve en transmitir datos o en asumir al destinatario como si fuera un recipiente vacío, que se llena con nuestros mensajes; ni, mucho menos, se resuelve en un intento de persuasión a cualquier precio, como si lo comunicacional dependiera de cambiar conductas ajenas (Prieto). A partir de esas consideraciones, podríamos entender entonces, la comunicación educativa eclesial como aquella que: – reconoce un papel protagónico a sus destinatario – parte de la cultura, de las experiencias y de la situación social e histórica de éstos, con el fin de en y para el amor; – parte, por tanto, de sus conocimientos, percepciones y relaciones, tanto en lo cultural como en lógico; – ofrece instrumentos para localizar, procesar, interpretar e intercambiar información; – acompaña procesos de organización y desarrollo de las comunidades; – facilita la expresión de estas comunidades a través de distintos medios; – permite la sistematización y la divulgación de experiencias mediante recursos apropiados a diferentes situaciones; – articula las relaciones internas y externas de la Iglesia. Esta opción apunta a una mayor integración de todos sectores y las acciones de la Iglesia, con la finalidad que las comunicaciones que se hagan en ella y por ella se pongan al servicio de: • las personas y las culturas • el diálogo con el mundo actual; • la comunidad humana y el progreso social; la comunión eclesial y la Nueva Evangelización (Aetatis Novae, 7-11). Estamos, pues, ante un programa ambicioso y enorme, que ninguno de nosotros podría cubrir como individuo. Es por eso que, desde las labores concretas de la propuesta de comunicación educativa eclesial -previo proceso de planificación que aclare, en primer las necesidades a las que vamos a ofrecer solución-, podríamos definir acciones, jerarquizarlas y desarrollar procedimientos para llevarlas a cabo. Por supuesto, nos coloca ante un dilema: ¿si lo comunicacional es un proceso tan complejo, tiene sentido lo que hacemos? ¡Claro que tiene sentido! Pero eso significa que sea imposible replantearlo, aclararlo, perfeccionarlo. Para eso está la posibilidad de planificar nuestra propia labor. Pero hay más de una manera planificar la comunicación, dependiendo de cómo damos esa comunicación. Le estamos proponiendo una opción de “marco teórico” para entender la comunicación educativa eclesial. Pero es una opción entre otras, y por eso es conveniente sustentarla con algunos conceptos, aunque tengamos que limitarnos a la superficialidad de un vuelo de reconocimiento.
Gabriel Jaime Pérez, S.J. Luís Ignacio Sierra
DEPARTAMENTO DE COMUNICACIÓN SOCIAL – DECOS / CELAM. Comunicación, misión y desafío. Manual de Comunicación para la Pastoral.
Colección Documentos CELAM Nº 7. Bogotá, 1997. Págs. 300-305
