«El Reino de los Cielos se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su campo. En realidad, ésta es la más pequeña de las semillas, pero cuando crece es la más grande de las hortalizas y se convierte en un arbusto, de tal manera que los pájaros del cielo van a cobijarse en sus ramas». (Mt. 13, 31 – 32) Los catequistas conocemos bien la pequeñez de los comienzos. No es cualquier pequeñez porque está destinada a la grandeza del Reino: – esos grupos nuevos que no conocemos, en el que, a veces, intuimos una motivación débil e imprecisa para venir a Catequesis; – las propias limitaciones y las de los contextos complejos, que ponen obstáculos que intentan hacer agobiante cualquier inicio; – aquellos procesos incipientes, que parecen no encontrar el tiempo ni el espacio para echar las raíces para la convicción de la fe; – la hoja en blanco o el documento de word vacío en la computadora, cuando intentamos preparar un encuentro y no sabemos por dónde empezar; – esos momentos de aridez en los que, a veces, parece que se nos hace más difícil la oración… No se trata de cualquier pequeñez porque en ellas Jesús hace crecer el Reino, con nosotros y en nosotros mismos. Cada comienzo tiene un poco de la pequeñez de la semilla de mostaza. En este inicio del año 2009, Dios providente, paciente y compañero…vuelve a sembrar, con nosotros y en nosotros, muchas y pequeñas semillas destinadas a hacer crecer el Reino. Y, al mismo tiempo, hace más fecundo todo el trabajo que venimos realizando, desde hace tiempo, en el quehacer del día a día. Con Él, nos disponemos a seguir caminando a lo largo de un itinerario, al que fuimos convocados desde hace algún tiempo. No se trata solamente de hacer nuestro trabajo, sino de encarnar una identidad. Y, como el descubrimiento de la verdad acerca de uno mismo es un camino lento y trabajoso, según hemos dicho en más de uno de nuestros encuentros, ahí está Dios para ayudarnos a crecer con el mismo dinamismo de la semilla de mostaza.
Ana María Cincunegui
