Llegamos a esta época del año con una particular mezcla de cansancio y expectativa. Cansancio del cuerpo y del alma, que cargan con el peso de lo hecho en estos meses. Expectativa ante la promesa del descanso de enero y el comienzo de un nuevo año en el que depositamos nuestra esperanza, con esa intuición ancestral de que todo tiempo futuro va a ser un mejor tiempo. Podemos reconocernos en el sentimiento del pueblo de Israel: esa mixtura de vivencias en las que se juega el cansancio de siglos de dominación extranjera con la espera ansiosa de un Mesías que los salve. En estos días, somos un pueblo que espera. ¿Y nuestra catequesis? ¿También se encuentra atravesando ese espacio que va del desaliento y la espera? En los espacios de participación que hemos compartido este año -las Jornadas, el aula abierta, el observatorio, los encuentros semipresenciales- se coincide en la vivencia de un tiempo de cambio, de tránsito entre los malestares de un tiempo viejo y los desafíos de otro nuevo. ¿Seremos los catequistas que espera este tiempo nuevo? ¿O nuestra Iglesia deberá seguir esperando a otros? Entre viejos y nuevos paradigmas, anhelos que van envejeciendo y esperanzas que se renuevan, hacemos nuestro tránsito de un tiempo a otro. Que nuestro Dios -el mismo que nos enseña a esperar lo inesperado- nos ilumine para comprender los nuevos tiempos y pensar nuestra catequesis. Gracias por acompañarnos en todo este año; crucemos juntos hacia el próximo.
Mariano Nicolás Donadío
