El Catequista es una persona creyente La catequesis es educación en la fe. Y para lograr eso es importante que nosotros, los catequistas, seamos los primeros protagonistas de ese crecimiento humano y cristiano. Cuánto más maduros seamos, desde el punto de vista humano y cristiano, más eficazmente seremos educadores en la fe. Una persona madura Cuando hablamos de “madurez” no nos referimos a una edad exclusiva, aunque esta es importante. La presencia de jóvenes en el grupo de catequesis ha sido importante. Aquí nos referirnos más a una madurez humana, a una manera de ser, a unas cualidades que, no necesariamente, están vinculadas con la adultez física y biológica, y que en cada etapa del desarrollo humano existe un nivel de madurez que permite pasar adecuadamente a la siguiente. Se trata de que, como catequistas, adquiramos una personalidad integrada por unos valores y unas actitudes que nos permitan ser “personas maduras” en el desarrollo de nuestra misión. Para todo catequista el “Paradigma” (modelo) en el camino de la madurez es Jesucristo. De carácter equilibrado: es exigente y radical, enérgico y provocativo. Pero al mismo tiempo es cercano y cariñoso, atento comprensivo y acogedor. Vive de forma nueva y radical unos valores que son los que configuran su personalidad: • Autenticidad: Su conducta es abierta y clara. No hay doblez en él, pues dice siempre lo que piensa, sin temor a nadie. Dice siempre la verdad sin acepción de personas. • Justicia: Se presenta como un hombre justo y defensor de la justicia. Pone a la persona por encima de leyes y bienes. Condena el abuso del poder, la opresión y el clasismo; • Libertad: Es libre ante la ley, los cultos, y los ritos vacíos, la familia, los ricos, los poderosos, las críticas y perjuicios. Respeta la liberad sin imponer ni aprisionar conciencias. • Solidaridad. Le preocupa las situaciones de las personas. Se compromete con todo lo que son y tiene para ayudarlos, sin hacer distinción de buenos o malos, de raza o nación. Los catequistas somos, querámoslo o no, un constante “modelo de referencia”. Un catequista ha de procurar ser una persona sencilla, de carácter y con personalidad, auténtica y abierta a los demás, cercana y dialogante, libre y equilibrada, capaz de comprender y perdonar, sincera y coherente, enérgica y adaptable, digna de confianza, optimista y llena de esperanza, responsable, equilibrada en sus sentimientos, con una gran seguridad interior Un Creyente En la tarea de la catequesis se trata de ayudar a otros a madurar en la fe. Esto no se logra si el catequista no es una persona con madurez cristiana. Nuestro paradigma es Jesús, así nos lo manifiesta a través de sus actitudes: • Opción clara por el Padre: Jesús manifiesta claramente que su opción es hacer la voluntad del Padre. • Ruptura clara con el pecado: Jesús está limpio de pecado. Ve el pecado como una realidad trágica que habita en el mundo y en el corazón de los hombres. Denuncia toda clase de pecado. • Vivencia de valores profundos: Su vida religiosa no está fundada en ritos y prácticas externas, sino en actitudes serias y profundas • Actitud profunda de oración: La oración esta continuamente presente en su vida. Dedica tiempo a la oración y con ella expresa su actitud de confianza e intimidad con el Padre. • Guiado por el Espíritu Santo: El es quien le guía, le apoya y sostiene en todo lo que hace. Como catequistas estamos llamados a conseguir una profunda y sincera adhesión de fe a Cristo, ser ejemplares en nuestro estilo de vida, una ruptura clara con los criterios y valores que son opuestos al evangelio, un profundo amor a los hermanos, una apertura y docilidad al Espíritu Santo. Lo importante es que nos pongamos en el camino de ir consiguiendo esta “adultez” poco a poco, tenerla como proyecto de vida. Por esto es necesario que los catequistas busquemos “espacios” donde podamos, junto con otros catequistas, madurar como personas y como creyentes. El Catequista es un adulto y un Maestro El catequista asume la tarea de iniciar a otros en la fe y en la vida cristiana, tal y como ya existen y se practican en la Iglesia. Para realizar esta misión hemos de “saber”. El Papa Juan Pablo I (Albino Luciani) en un pequeño libro destinado a ayudar a los catequistas en su labor (Nociones de Catequética) nos recuerda una frase de San Francisco de Sales: “Un buen catequista es aquel que tiene una copita de sabiduría, un barril de prudencia y un océano de paciencia”. El catequista es el que “sabe” qué es y qué significa ser creyente, y es también el que “sabe” ayudar a otros a recorrer ese camino. Un maestro es aquel que posee un “saber” y lo entrega pedagógicamente a otros para que también ellos participen de él. Jesús es Paradigma del Maestro en la fe: • Se presenta como un maestro: Afirma que sólo El merece ese título: “Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar Rabí, porque uno solo es vuestro Maestro: El Cristo” (Mt. 23, 10). • Le reconocen como Maestro: Mucha gente se dirige a él reconociéndolo como Maestro. El mismo acepta este titulo (Jn. 13,13) • Enseña con la autoridad de Maestro: No es un maestro como los demás. Enseña como quien tiene autoridad. Esta perspectiva de Jesús como Maestro nos ayuda a entender que como catequistas hay un aspecto importante en nuestra misión: Somos maestros en la fe. Los catequistas somos los que enseñamos a los demás el camino de la fe. El Catequista es un maestro en los elementos que constituyen su misión: Los catequistas tenemos que “saber” de la manera mejor y más precisa, qué pasa en el interior de la catequesis; tenemos que “saber” cuáles son los elementos que, bien utilizados, nos ayudan a suscitar y a madurar la fe. La vida La gente llega a la catequesis con su vida llena de experiencias, preguntas, problemas, actitudes, vivencias, etc. Los catequistas tenemos que ser maestros en: escuchar con atención y cariño todas estas situaciones; profundizar en ellas para que descubran los interrogantes más exigentes que tiene la existencia; saber leer esas experiencias a luz del evangelio para que adquieran su sentido cristiano. Para esto debemos estar en constante actitud de apertura y escucha. Nada de lo que se vive y acontece en la vida de los catequizandos nos puede resultar indiferente. La Palabra de Dios El eje central de la catequesis es la lectura de la Palabra de Dios hecha según el Espíritu que habita en Iglesia. Por eso los catequistas tenemos que ser maestros en abrir el corazón de los catequizandos a esa Palabra, en saber leer la Palabra de Dios en el grupo para que cada uno se sienta interpelado por ella; en descubrir los grandes núcleos del misterio cristiano; en ayudar a encontrar a cada persona las razones para creer. Los catequistas hemos de ser buenos conocedores de la palabra de Dios, porque esto es lo que permite iluminar la vida desde el evangelio. La Vida Cristiana El encuentro con la palabra de Dios motive en el catequizando la conversión. El catequista es el que ayuda en ese, proceso de conversión, para que desde la libertad se haga una clara opción por Jesucristo en el seguimiento y en la acogida de los valores evangélicos. Ayuda a presentar la vida cristiana como un tiempo de lucha y esfuerzo, que requiere constantemente la conversión. La Oración y la Celebración Lo que el catequizando va creyendo y va viviendo debe ser expresado en la oración y la celebración. La tarea del catequista será educar en el sentido de la oración y la celebración. De esta manera ayuda para que la participación en la liturgia de la Iglesia sea activa, consciente y genuina. El Catequista, debe ser maestro en la liturgia, así acompañará a los catequizandos en la expresión de su fe a través de las diversas celebraciones adaptadas a su situación de fe. El Compromiso Los catequistas hemos de ser maestros en suscitar y educar el compromiso de los catequizandos. Saber presentarles las exigencias que, como cristianos, pueden y deben asumir en la comunidad eclesial y en la sociedad en que viven. Prepararlos para que estén dispuestos a dar razón de su fe y de su esperanza en medio de los hombres y del mundo de hoy. Este oficio de maestro hay que ejercerlo con sencillez y humildad. Como catequistas somos personas creyentes que, convencidas de lo importante que es creer, ofrecemos a los demás nuestra sencilla experiencia de fe para que, caminando juntos, a ejemplo de los discípulos de Emaús, podamos ellos y nosotros, avanzar por el camino del seguimiento de Jesús. No olvidemos: a la vez que somos maestros, también estamos aprendiendo a ser creyentes.
Iván Darío Giraldo Departamento de Catequesis del ESPAC
