Es frecuente hoy señalar toda una serie de desplazamientos o aspectos de novedad en la concepción de un nuevo paradigma catequético. Teniendo presente de alguna manera el panorama actual de la reflexión catequética, intentamos resumir ahora, en forma sintética y ordenada, los que parecen ser los rasgos del rostro renovado de la catequesis, es decir, aquellos principales desplazamientos a realizar con vistas a forjar un nuevo paradigma catequético. Al presentarlos, subrayamos especialmente los aspectos de novedad, respecto al pasado, que contienen. Nueva visión de la identidad de la catequesis En un nuevo paradigma catequético (nuevo respecto al «paradigma tridentino»), será importante partir de la convicción de que, hoy, la catequesis tiene que ser «otra cosa». ¿Cómo podremos identificarla? Tres cualidades pueden resumir de alguna manera esta sonada nueva identidad: catequesis evangelizadora, catequesis iniciática, catequesis abierta. Concretamente: – Catequesis evangelizadora. La catequesis, siendo «momento esencial del proceso evangelizador» (DGC 63-64) , no podrá limitarse a fomentar el modelo tradicional del «buen cristiano» o del «fiel practicante», sino que se verá emplazada a promover ante todo verdaderos creyentes, de fe personalizada, suscitando la conversión, la opción por el Evangelio, la decisión y la alegría de ser cristianos. Se ha podido decir que necesitamos cristianos con esqueleto, ya que no tenemos -como antaño- el caparazón o coraza protectora que nos protegía contra los embates de los peligros externos. En la situación actual, estamos ante una «iglesia invertebrada»: el problema de fondo ya no es solamente la ignorancia religiosa, sino la falta de identidad, de fe, de «esqueleto»… Por eso necesitamos pasar «de la herencia a la proposición», de una catequesis que comunica una herencia transmitida a una que apunta a una transmisión personalizada. – Catequesis iniciática o «de iniciación» (DGC 65-68). Y para ello, premisa indispensable es redescubrir la verdadera naturaleza de todo proceso iniciático. La catequesis debe asumir con decisión los aspectos típicos de toda autentica iniciación: centralidad de la conversión como proceso de transformación y de inmersión en el misterio pascual de «muerte-resurrección»; atención a las personas y a la comunidad; relación vital entre la memoria, la tradición y la innovación; proceso de etapas que se suceden en el tiempo; experiencia fuerte de vinculación comunitaria. En esta catequesis «al servicio de la iniciación cristiana», a la prioridad de la enseñanza doctrinal (primacía del «saber» de la fe), sucede el descubrimiento de la importancia insustituible del proceso iniciático (prioridad del «ser» creyente). Esto implica normalmente la preferencia por una pedagogía de la «inmersión», del «contagio», de la «ósmosis» y, como consecuencia lógica, la urgencia del «primer anunció» y del catecumenado bautismal como instrumento de iniciación o re-iniciación en la fe cristiana. En esta línea, la opción por el catecumenado de adultos constituye hoy un imperativo prioritario. – Catequesis sobre todo de adultos y «adulta». De la tradicional catequesis infantil a infantilizante se debe pasar decididamente a la catequesis de adultos y «adulta». La preferencia tradicional por el mundo de los niños tiene que ceder el peso a la prioridad de la catequesis de adultos y verdaderamente «adultos», es decir, aquella que, sin abandonar la educación religiosa de niños y jóvenes, pone en el centro de la atención al mundo adulto y, sobre todo, trata cuidadosamente de respetar las reales condiciones y exigencias de los hombres y mujeres de hoy. Esto representa hoy, a no dudar, un gran reto cultural y pedagógico. En este ámbito de problemática, una catequesis que quiera ser de verdad «adulta» tendrá que reconocer la situación de crisis de la figura tradicional del «buen cristiano», y promover un nuevo modelo de cristiano adulto, de fe personalizada, actualizado culturalmente, activo y corresponsable, comprometido y critico. -Catequesis abierta, permanente, en movimiento. Es lo que algunos autores llaman «catéchèse décloisonnée» y «catéchèse de cheminement», que puede ser definida así: «La Catequesis del camino es un ponerse en marcha libremente personal de todas las edades y de todas las opiniones, que desean construir y vivir juntas en una comunidad fraterna. Se dirige a todos: pastores, adultos, niños y jóvenes. No esta limitada a un tiempo, ni a una franja de edad. Es una manera de vivir en comunidad pare quienes lo desean. Permite una libertad de elección, de adhesión y de salida». Se trata, por tanto, de una experiencia catequética llevada a cabo en forma armónica y global por toda la comunidad cristiana en estado de formación permanente en la fe. Esta catequesis queda abierta a la libre participación de todos, sin separación de edades o condiciones, en una dinámica compartida de escucha de la palabra y de reflexión comunitaria sobre el camino de la fe. Por esta condición de libertad y apertura es llamada también «catequesis de proposición». Catequesis insertada vitalmente en el contexto global de la acción pastoral Ya hemos subrayado la pertenencia necesaria de la catequesis al más amplio contexto de la acción pastoral de la Iglesia, y en consecuencia la necesidad de superar toda forma de aislamiento de la acción catequética Hoy no es posible concebir una catequesis que no esté vitalmente insertada en la globalidad del proyecto pastoral de la comunidad cristiana. Dicho con otras palabras: la catequesis hoy no puede ser «sólo» catequesis. Y si el Directorio prevé que la catequesis en la Iglesia particular está organizada y coordinada globalmente por medio del «proyecto diocesano de catequesis» (DGC 274-275), no hay que olvidar que tal proyecto debe ser considerado parte de un proyecto mas amplio y global. Algunas puntualizaciones a este respecto: – Catequesis en clave, no de conservación, sino de transformación. La catequesis de «conservación», para perpetuar la situación eclesial existente, tiende a convertirse en catequesis de «transformación», al servicio de un modelo renovado de creyente, de comunidad, y de un proyecto convincente de Iglesia renovada, fraterna, diaconal (eclesiología de «comunión» y «servicio»). – Hacia una nueva relación entre catequesis y liturgia. Necesitamos repensar y acentuar más la relación entre catequesis y liturgia, que no siempre ha recibido la atención que merece. La catequesis debe conservar siempre una relación estrecha con la celebración eucarística dominical y con el curso del año litúrgico. Y para esto será importante cuidar bien la iniciación en la liturgia, a través de la educación para los gestos, símbolos y sentimientos propios del tejido celebrativo litúrgico. También se subraya hoy la importancia de la dimensión mistagógica de la catequesis, como profundización y explicitación de lo que se ha vivido en la celebración. De esta manera, la catequesis no solo precede la liturgia sino que en ocasiones le sigue, según la lógica de la exigencia hermenéutica: primero se hace experiencia, se vive; después se explica lo vivido. – En relación con el ámbito litúrgico, necesitamos también un modo nuevo de encarar el problema de la pastoral sacramental. De la catequesis de preparación a los sacramentos hay que pasar a la catequesis como educación de la fe (DGC 84), para superar el callejón sin salida de la pastoral sacramental y salvar la distancia hoy existente, a este respecto, entre «demanda» y «oferta» pastoral. A la tradicional orientación «devocional» de la catequesis debe suceder la preocupación prioritaria por la educación de actitudes de fe y de amor como «liturgia de la vida». Todo esto implica una revisión a fondo del procedimiento tradicional de iniciación cristiana, que debe ser repensado y transformado en clave de inspiración catecumenal. – Catequesis más claramente orientada hacia el signo eclesial de la «diaconía». De la preocupación por la practica religiosa, como punto de llegada de la catequesis, se pasa a la prioridad del compromiso, de la capacidad de entrega y servicio a los hermanos, de la disponibilidad a la acción transformadora de la sociedad. En lugar de tender, como ideal pastoral, a la promoción de «fieles practicantes», se siente ante todo la necesidad de poder contar con «creyentes comprometidos», enraizados en la fe y abiertos a la acción y al compromiso en el mundo. Dicho con otras palabras, a un talante más bien devocional sucede la preocupación por una catequesis liberadora y comprometida, atenta a la dimensión social e histórica de la fe. Necesitamos promover, también gracias a la catequesis, nuevos «practicantes», pero no tanto de las funciones sagradas, sino de la solidaridad, del servicio, de la justicia. – Catequesis abierta al diálogo interreligioso e intercultural. A una catequesis celosa por la defensa a ultranza de la propia identidad, debe suceder un talante abierto y dialogante, sensible al problema ecuménico y capaz de promover el entendimiento y la convivencia pacifica entre personas de creencias y opiniones diversas.