La 5ª Conferencia del Episcopado de América Latina y el Caribe, es convocada para abril-mayo de 2007 en Aparecida (Brasil). Su Documento de Participación tiene como finalidad animar y orientar la participación de las comunidades eclesiales en la preparación de esta 5ª Conferencia, cuyo tema central es el discipulado y la misión. A partir de la visión de conjunto de sus contenidos, veremos cuál es su propuesta de fondo y su enfoque, su visión de mundo, de ser humano, de Iglesia; en resumen, cuál es su teología subyacente. El Documento de Participación presenta y ordena su contenido en cinco capítulos que conforman un todo, a partir de ciertas opciones teológicas previas con respecto al mundo, al ser humano, a la Iglesia y a la concepción de Dios, en especial a la cristología. Veamos: 1. El humano anhela la felicidad. 2. La Iglesia en América Latina y el Caribe es fruto de la acogida de Jesucristo, que responde a este anhelo. 3. El encuentro con Jesucristo lleva a ser discípulo y misionero. 4. La misión, hoy, se desarrolla en un mundo en transformación (en dolores de parto). 5. Para ‘que en Él nuestros pueblos tengan vida’, la Iglesia propone una ‘Gran Misión Continental’. La lógica del Documento parece ser esta: primero, y hoy más que nunca, dada la anemia espiritual de nuestro tiempo, hay gran hambre de sentido, de lo que la ‘irrupción de lo religioso’ es una confirmación incontestable. El sentido está estrechamente ligado a la cuestión de la felicidad, que en el seno de la modernidad, en gran medida, se traduce en el consumismo, prestigio y hedonismo (capítulo I). En el segundo capítulo, la Iglesia en América Latina y el Caribe tiene la respuesta a esta búsqueda de felicidad, recibida hace quinientos años, aunque en medio de contradicciones, que es Jesucristo y su Evangelio. El ‘substrato católico’ de nuestra cultura asegura ese encuentro con Jesucristo, propiciado por tantos misioneros heroicos (capítulo II). En el tercero vemos que, al igual que ayer, hoy es necesario tomar conciencia de que el encuentro con Jesucristo lleva a ser discípulo y misionero, o sea, desde la experiencia personal y comunitaria con el Cristo vivo, el encuentro lleva a convertirse en un misionero empeñado en que todos tengan esa misma experiencia, capaz de dar la felicidad (capítulo III). En nuestro continente, esa misión se desarrolla en un mundo marcado por transformaciones profundas: por un lado, por la globalización excluyente, que engendra excluidos; y, por otro, por el pluralismo, que engendra relativismo moral, principalmente en el orden de los valores morales (capítulo IV). Esas transformaciones, en gran medida, contradicen los ideales del Evangelio y apartan (hacen irse) a los fieles de la Iglesia. Por eso, es urgente que se convoque a todos los católicos para una ‘Gran Misión Continental’, a fin de que nuestros pueblos tengan vida en Jesucristo (capítulo V). Como se puede constatar, la lógica de la argumentación es esta: se parte de la sed de sentido; se va a Jesucristo, que es la respuesta de la cual la Iglesia es depositaria; de la experiencia de Jesucristo en la Iglesia, nace el discipulado y la misión; misión a ser llevada a cabo en un mundo en gran medida hostil a la Iglesia, por medio de una gran misión continental. Es un procedimiento deductivo en la medida en que la realidad solo aparece en el capítulo cuarto, y aparece como punto de llegada de la misión, no como su punto de partida. Al parecer, el punto de partida es el ser humano sediento de felicidad, que hallamos en el primer capítulo. Sin embargo, en el grado que ese ser humano no tiene rostro concreto, pues es tomado como categoría universal, el verdadero punto de partida es la ‘búsqueda de felicidad’. Pero, ¿no sería la felicidad algo concreto? Sí, si los anhelos tuvieran una referencia concreta, no obstante son concebidos también de manera genérica, caracterizados como hambre del amor y justicia, de libertad y verdad, sed de contemplación, de belleza y paz, ambición de plenitud humana, ansia por el hogar y la fraternidad. Desde allí es visto Jesucristo en cuanto respuesta a este anhelo, y la propia Iglesia en su ser y misión. ¿Y dónde está la Iglesia? Ella aparece en el segundo capítulo, por consiguiente antes de la realidad social, que es presentada en el cuarto. Esto lleva, por un lado, a ver al mundo desde la Iglesia, privándolo de su autonomía y especificidad propias, objeto de las ciencias sociales; y, por otro, pone a la Iglesia fuera del mundo, o mejor dicho, sobre él y no dentro de él y formando parte de él, como lo hace el Concilio Vaticano II (GS 40). Jesucristo, en tanto respuesta, se encuentra antes de la pregunta por la realidad, expuesta en el capítulo cuarto. Y es que, independientemente de la realidad, la respuesta del discípulo consiste en ser misionero, esto es, salir de la Iglesia para traer a las personas hacia adentro, ya que Cristo es la respuesta. Solo que, como veremos, se trata a su vez de un Cristo sin Jesús, en la medida en que su respuesta consiste en una ‘plenitud de vida’ meta-histórica, la felicidad de las personas de la Trinidad (n. 3). El enfoque metodológico y su incidencia en la comprensión de los contenidos Esta postura metodológica, evidentemente, incide sobre los contenidos. El método deductivo que atraviesa todo el Documento transmite una visión esencialista de la verdad, sobre la cual la historia no tiene incidencia. Se trata de una verdad que no pasa por la verificación, es decir, por su comprobación histórica. Como la Iglesia ya la posee, la revelación es más un ‘depósito’ a ser guardado y comunicado, que un misterio a ser continuamente profundizado. Es necesario no perder de vista que no es la Iglesia la que posee la Verdad, es la Verdad la que la posee y supera de manera infinita. De lo contrario, la misión consistiría básicamente en anunciar un kerigma ya comprendido, en lo que casi ayuda más el catecismo que la Biblia, pues esta, fuera de la instancia del magisterio, está a merced de las subjetividades y sus múltiples verdades. Desde esta perspectiva misionera, hay un movimiento ad extra, pero en vista de uno ad intra, un movimiento centrípeto, propio de la mentalidad de cristiandad, en lugar de centrífugo, que supera el eclesiocentrismo. Siguiendo el método de la racionalidad moderna, cuya recepción el Concilio Vaticano II apunta también al interior de la teología, en lugar de este procedimiento deductivo, siguiendo un camino inductivo el orden de los capítulos sería: partir de la realidad social y desde ahí, ver asimismo la realidad antropológica y de la Iglesia; ir a la revelación cargados de preguntas por la realidad, de modo que la Palabra de Dios ‘sea salvación para nosotros hoy’ como afirma la Dei Verbum; encontrarse con Jesús de Nazaret, plenitud de la Revelación y primicia del Reino de Dios, en tanto es el Cristo Resucitado; y, finalmente, ponerse en actitud de servicio y diálogo con todas las personas de buena voluntad, mediante una acción evangelizadora que contribuya a la edificación del Reino de Dios, que en su dimensión histórica, se representa en una nueva sociedad en América Latina y el Caribe.
Agenor Brighenti
