El mes de febrero es más importante de lo que parece. En estos días de tránsito que corren entre nuestras vacaciones y nuestro trabajo -“zona de proyectos”, como alguna vez lo llamamos- tenemos la oportunidad de situarnos frente a este año que empieza para proyectarnos y tomar decisiones. Es una oportunidad para no desperdiciar. El tiempo que utilicemos en planificar es una inversión necesaria. Si no decidimos qué queremos hacer con nuestro tiempo, el tiempo va a hacer lo que quiera con nosotros. Y seremos como niños, “que cambian fácilmente de parecer y que son arrastrados por el viento”. (Ef. 4, 14). La tarea de planificación es fascinante: se trata de reconocer nuestra realidad y sus desafíos, ampliar el horizonte de nuestros buenos deseos, trazar mapas en el tiempo. El que planifica hace marcas en el tiempo, coloca mojones, dispone ritmos. Es un trabajo que tiene algo de cartógrafo y de agrimensor. Pero no somos los dueños de este territorio que estamos demarcando. La acción libre de Dios va a sorprendernos durante este año. (“¡Cada vez pasan más cosas!”, decía alguien hace poco). “El apóstol es un colaborador de Dios. Al planificar racionalmente la pastoral o la catequesis, la comunidad cristiana no niega ni sustituye la acción libre de Dios, sino que realiza una mediación colaboradora entre ambas libertades. Secundando, del modo más racional y eficaz posible, la acción del Espíritu Santo” (Vicente Vindel Pérez, Nuevo Diccionario de Catequética, San Pablo 1999). No sería una buena planificación aquella que se cree la única voluntad, la que ve toda intervención externa como un obstáculo a sus planes. El catequista es un colaborador de Dios. La operación sobre la realidad es un diálogo entre dos libertades, la de Dios y la nuestra.
Mariano Nicolás Donadío
