Toda catequesis es inevitablemente misionera. Precisamente, la propuesta que voy a formular pone específicamente de relieve esta exigencia misionera de la catequesis: se refiere al acompañamiento catecumenal de los nuevos creyentes que caminan hacia el bautismo, como también al acompañamiento de aquellas personas que, a pesar de haber sido bautizadas, descubren o redescubren la fe en la edad adulta. La fe cristiana y la petición del bautismo son, cada vez más, el fruto del consentimiento personal, de la adhesión libre, de la convicción de que se trata de un acontecimiento salvador y bueno para la vida, convencimiento al que se llega, muchas veces, después de vacilaciones y rodeos, y de avanzar por un largo y tortuoso camino. El catecumenado se esfuerza en asumir esta condición peregrina de nuestros contemporáneos, poniéndose al servicio del engendramiento de esta fe libre y personal. Así pues, en el corazón mismo de la ciudad secular, el catecumenado se propone ofrecer espacios de encuentro, intercambio y diálogo para permitir a los ciudadanos que lo deseen, avanzar en la fe y hacia el bautismo, con el apoyo amistoso de cristianos. En este espíritu catecumenal, la catequesis de reiniciación es igualmente decisiva. Su finalidad es abrir de nuevo a los bautizados la posibilidad, bien sea de descubrir la fe cristiana, o bien de redescubrirla de forma diferente y nueva, más allá de las contingencias que eventualmente les hayan separado de la práctica religiosa o de la misma fe. Son muchas las personas, bien lo sabemos, que se han distanciado de la Iglesia, cansadas de un cristianismo que no les permitía vivir plenamente, y del cual se liberaron para crecer en humanidad. En virtud de la dignidad y la solidaridad bautismales, todas estas personas conservan el derecho inalienable a dar su palabra en la Iglesia. Con ellas debemos construir espacios para compartir –y, si fuere el caso, para el perdón– espacios donde juntos podremos redescubrir la frescura de la Buena Noticia, más allá de las sombras y las barreras que la hayan desvirtuado. Para nosotros y para todos los que estuviesen dispuestos a volver a emprender un nuevo camino en la fe, sería necesario, como lo escribía recientemente el obispo emérito español, Monseñor Rafael Sanus Abad, «aligerar el bagaje intelectual e histórico, desprendiéndose de muchas tradiciones, normas, falsas seguridades, teologías caducas, excesiva burocratización de estructuras, etc.». En realidad, el catecumenado de adultos y los espacios de reiniciación en la fe ya existen, aunque en forma embrionaria, rara, y no habitual de la catequesis. Por eso, el reto que debemos enfrentar, es convertir el catecumenado y la reiniciación en la fe, en la catequesis ordinaria, habitual y cotidiana. Para tal efecto, se pueden enunciar al menos tres condiciones. La primera, es promover una pastoral inserta en la cultura. El objetivo de esta pastoral consiste en hacer ampliamente accesible el tesoro de la tradición cristiana en el campo cultural (escuelas, universidades, medios de comunicación, artes, espacios de tiempo libre, etc.), para que dicho tesoro pueda ser conocido en estos espacios, para que allí se lo puedan apropiar libremente, y para que lleguen a hacer de él una “parte seminal” de su existencia, sea o no desde la fe. Esto implica la aptitud de acercarse a los demás, de mezclarse en la vida de la gente, de participar en su conversación, de compartir sus alegrías y sus penas con un sentido de hospitalidad recíproca y benevolencia mutua, dando tanto como se recibe. La segunda condición es hacer saber, públicamente, que es posible convertirse en cristiano y recibir el bautismo a cualquier edad. Finalmente, la tercera condición es la formación de los cristianos en el espíritu catecumenal para que sepan en qué consiste el catecumenado, su funcionamiento, sus etapas, su importancia para el mundo de hoy. Que los cristianos sean capaces de dar consejos acertados, de proporcionar las direcciones correctas, e incluso de participar en el acompañamiento de los nuevos creyentes o de quienes se reinician en la fe. Pero ha de saberse que es toda la comunidad cristiana la que está llamada a acompañar a los nuevos creyentes, a hacerse solidaria orando con y por ellos, participando en las celebraciones que marcan el ritmo de su caminar, recibiendo de ellos el testimonio de la frescura siempre nueva del Evangelio.