Intentaremos ahora profundizar en una visión integradora y orgánica de la iniciación cristiana. Esta visión integral de la iniciación abarca la evangelización y las diversas formas del ministerio de la Palabra en orden a suscitar la conversión y la fe de los catecúmenos y de los fieles. Esta mirada global e integradora que tiene su fundamento en el Nuevo Testamento, en los Santos Padres y en la liturgia de los primeros siglos nos permite reconocer que la celebración de los sacramentos es sin duda el momento descollante, el de una expresividad deslumbrante, que a la vez requiere de un proceso de preparación -catecumenado- y de una etapa de asimilación -mistagogia-. Es fundamental, a nuestro entender, superar el aislacionismo doctrinal y pastoral con que han sido tratados los sacramentos de la iniciación y procurar ofrecer una mirada articulada por la interrelación mutua de los sacramentos del bautismo, de la confirmación y de la eucaristía, sin olvidar que esta última y sólo ella, es el culmen de este proceso. El Concilio Vaticano II en uno de sus primeros documentos, nos permite advertir que la gran preocupación es y sigue siendo la íntima unidad que debe vincular a los sacramentos que componen la iniciación cristiana: “revísese también el rito de la confirmación, para que aparezca más claramente la íntima relación de este sacramento con toda la iniciación cristiana”. (SC 71) Entendemos que si recomienda el documento conciliar “que aparezca más claramente” es porque ciertos usos rituales no presentarían nítidamente aquella “íntima relación” y al concluir “con toda la iniciación cristiana”, percibimos que el peso de la proposición está puesto allí, en el reconocimiento del proceso global e integrador de la iniciación, en el que cada momento ha de estar articulado y en permanente referencia. Al referirnos entonces a la Iniciación cristiana como un gran sacramento, reconocemos que toda ella, considerada en su conjunto, es como un sacramento. Es decir que la IC revela y posibilita una participación humana en el misterio de Dios. Toda ella es un signo eficaz de la gracia, una acción simbólica dialogal; en la que admirablemente Dios interviene tomando la iniciativa, esperando una activa participación del hombre que le responda vitalmente, involucrándose en el acompañamiento y en la respuesta, la comunidad eclesial. La iniciación cristiana invita al hombre a participar del Misterio de Dios, a transformar su historia en historia de salvación. Le es propuesta una vida, la misma vida de Cristo , que solo se percibe desde la fe. La consideración respecto de la “edad” de quien sea invitado a participar del gran sacramento de la iniciación, no deja de ser un tema importante por entender que es uno de los temas disparadores de las alternativas pastorales. La Iglesia al preparar y celebrar los sacramentos no entrega cosas de las cuales se desentiende una vez repartidas, -no arroja perlas a los chanchos-, sino que a través del acontecimiento sacramental expresa su realidad más profunda: celebra un misterio por el que quienes intervienen son engendrados o renuevan en sí mismos por la gratuita iniciativa de Dios una Vida nueva, trascendente, eterna y se establece entre ellos un vínculo del que la Iglesia misma es responsable y ha de procurar que ése alcance su mayor eficacia, por el acompañamiento, por la reconciliación, por el crecimiento.
P. Fabián Esparafita
