A lo largo de 29 años de contacto con millares de catequistas de toda América Latina una conclusión siempre me asalta: ellos, los verdaderos inculturadores de la fe, los hombres y las mujeres que soportan “el rigor del día y del calor”, son los últimos comensales de la mesa. Y ya sentados reciben frecuentemente sólo migajas. No faltan palabras de elogio y reconocimiento hacia ellos. Se habla en su nombre y se afirma que son los beneficiarios de los proyectos catequísticos. Los expertos y las burocracias dicen servirlos. En nombre de ellos se solicitan grandes ayudas económicas. Sin embargo, la realidad de estos hombros y mujeres esforzados, que a menudo lo dan todo sin apenas esperar nada, se levanta como un reproche silencioso y acusador. Su formación no es la de mayor calidad. Sus recursos no brillan por su abundancia. Su trabajo no siempre tiene carta de ciudadanía en la comunidad. A no ser que se tenga, necesidad de ellos. He podido observar que muchas veces ellos mismos tienen que pagarse sus cursos y sus materiales de trabajo, porque los responsables no consideran a los catequistas una inversión rentable. Y ellos, no obstante, allí están con toda la dignidad de su fe, dispuestos a compartirla aún arriesgando su vida en el martirio. Tentación frecuente de la catequesis, encarnada en muchos de sus responsables, es la burocratización de papel que la convierte en espacio de ideólogos que no se atreven a mirar el rostro de los catequistas ni menos a ensuciarse las manos y los pies con los polvos de sus caminos. No basta solo con hablar a los catequistas, ni siquiera hablar de los catequistas. Lo que se requiere es hablar con los catequistas. En un congreso nacional de catequesis en un país latinoamericano una religiosa protestaba. “¿Por qué en esta reunión no se ha hablado de los pobres?” Y una sencilla catequista le replicaba con la sabiduría propia del pueblo: ‘porque son los pobres quienes están hablando…”.

P. Francisco Merlos Arroyo